La ira de los justos V

La ira de los justos (V)

Por: Armando de la Torre

 

            “Ver a un ser” – escribió I. Kant – “no dotado ni de un sólo rasgo de pura buena voluntad, mientras goza, empero,  de una prosperidad ininterrumpida, jamás  podrá ser un espectáculo placentero para un observador racional e imparcial” (Fundamentación  de la Metafísica de las Costumbres, 1785).

            Aquel comentario de Kant confirmó la muy peculiar sensibilidad en el Occidente para la injusticia a raíz de nuestra herencia colectiva de  los  reclamos de los profetas de Israel, en especial  desde el siglo X al V antes de Cristo.  Por ella,  las controversias y diferencias de opinión sobre lo justo y lo injusto han tendido a ser zanjadas desde la óptica  al largo plazo en favor del bando o partido que mejor  haya  probado que procede desde el terreno moralmente superior (“the higher moral ground”).

            Por otra parte, la misma experiencia histórica resalta que la percepción de lo más justo  ha tendido a ser el último argumento de cualquier causa, religiosa, política, militar, étnica, académica o económica.

            El repudio, por lo tanto,  a lo que nos parece injustificado es de la esencia de lo que aquí entiendo por “la ira de los justos”. Lo cual, sea dicho de paso, en absoluto entraña que tengamos la razón de nuestra parte cada vez que esgrimimos la supuesta justicia que nos asiste en contra de una pretensión ajena. Pero es un hecho a la hora de explicarnos los vaivenes, tantas veces extremos,  de la historia.

            Karl Raimund Popper aconsejaba en una nota al pie de su magistral análisis de “La sociedad abierta y sus enemigos” que el objetivo de todo Estado de Derecho habría de ser más bien la disminución de las injusticias que el aumento del número de fallos “justos”, por su naturaleza casi imposible de constatar.

            Por estos días corre en Francia un librito de un autor para nosotros  desconocido  Stéphane Hessel, con el título  “¡Indignez Vous!”. Simultáneamente, los medios masivos de comunicación nos traen a diario las protestas que alzan  en las plazas de las ciudades españolas  multitudes de jóvenes desempleados. El motivo común para Hessel y para los parados es la cólera por lo que perciben como frialdad inhumana por  parte de los prósperos y bien instalados en la sociedad establecida.  Se trata de la misma sensación de injusticia que tantas veces  ha sacudido al Occidente durante cuatro mil años desde los ángulos más diversos.

            Tal refinada sensibilidad  hacia lo injusto es lo más precioso del legado de los profetas bíblicos: Natán,  Eliseo, Amós, Miqueas, Oseas, Isaías, Jeremías, Ezequiel… Bajo forma contractual, también el genio romano.  Pero algo así  no es discernible en el Oriente, por otra parte más paciente en sus hábitos de aceptar y resignarse a lo que parece inevitable.

            Aquí en Iberoamérica siempre  nos ha ardido en el alma la impunidad de los poderosos cuando se muestran  arbitrarios y caprichosos. No otra cosa se castigaba con tanta severidad durante la colonia en los famosos juicios de residencia.  Hoy, en cambio, la absolución de Alfonso Portillo nos hace añorar esos antecedentes de la vindicta pública.  Y como el suyo, innumerables ejemplos semejantes más.

            Frente al terrible flagelo social que es  “el impune” no hay remedio más civilizado que la observancia, la más estricta posible, del principio de la igualdad de todos ante la ley. Es lo mismo  que siempre ha entendido la tradición británica por “the rule of law”, y que los alemanes a su turno tradujeron  como el “Staatsrecht”, o  Estado de Derecho.

            La igualdad ante la ley no significa la igualdad de condiciones entre los hombres sino la igualdad de las sanciones para delitos iguales.

            En estos días me resultó irónico  observar la evidente molestia en algunos círculos políticos franceses sobre el apresamiento del Director Gerente del FMI en Nueva York, Dominique Strauss-Kahn, acusado de intento de violación de una infeliz empleada africana en el lujoso hotel en el que se hospedaba. Para esos herederos de la Revolución de 1789, contemplar a tamaño personaje esposado como un vulgar delincuente se les ha antojado  una afrenta nacional. Para el común de los mortales, en cambio, ha sido  una gloriosa reafirmación del principio de la igualdad de todos ante la ley,  más estricta en la América del Norte que en la Vieja Europa.

            ¿E Iberoamérica?

            Con variados matices, el principio constitucional de una genuina  igualdad ante  la ley aún nos es utopía. Mucho contribuye a este lamentable estado de la justicia la politización creciente de nuestros sistemas judiciales, impulsados por la filosofía del positivismo jurídico que impera en casi todas nuestras facultades universitarias de Derecho.

            Guatemala, bajo la Constitución vigente de 1985, se ha deslizado cada vez más en esa dirección. De ahí tanta “ira de los justos” que se evidencia repetidamente en cada campaña electoral, pero sin efecto positivo alguno. Es difícil a este respecto identificar nuestro peor momento, pero todo parece indicar que con el gobierno de Alvaro Colóm hemos tocado fondo.

            El nepotismo desenfrenado, el robo descarado de  fondos públicos para comprar votos de miserables en favor de la candidatura ilegal de su esposa Sandra, su recorte inepto de  los recursos presupuestarios del Poder Judicial, de la Fiscalía General, de la policía, de las  demás fuerzas de seguridad,  han tenido como cauda los triunfos hasta ahora inéditos  del crimen organizado, de los insolentes capos del narcotráfico, de las “maras”, de los políticos corruptos, que nos tienen a todos de rodillas.

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