La oportunidad del milenio

 

Hace mil años, entre los habitantes que ocupaban este espacio físico que llamamos Guatemala no podía obviamente existir lo que hoy entendemos como un “Estado de Derecho“.

 

Ya no regían los ordenamientos políticos de la cultura maya clásica, emigrados a otros rincones de Yucatán y Chiapas, o simplemente perdidos al calor de guerras fratricidas en un “hábitat” cuyos suelos por demás estaban exhaustos.

 

Ni menos pudo darse durante el régimen colonial establecido a principios del siglo XVI por las autoridades imperiales españolas, y ni aun siquiera lo tenemos hoy al cabo  de casi dos siglos de independencia nacional.

 

La posibilidad, entonces, de erigir por primera vez en esta tierra un sabio sistema institucionalizado que combine la máxima libertad de cada cual con una justicia pronta de veras igual para todos, toca a nuestras puertas a través del proyecto de reforma parcial de la Constitución vigente, presentado con toda legitimidad ante el Congreso de la República por 73000 ciudadanos.

 

Su aprobación sin cambios por los diputados, y el plebiscito ulterior que también le habría de ser mayoritariamente favorable, significarán un mayúsculo salto cualitativo hacia ese magnífico ideal de perfeccionamiento cívico.

 

Es un esquema avanzado de reformas, reflejo de las conquistas fehacientes de las sociedades más prósperas y pacíficas, y fruto de las reflexiones de algunos de los más ilustrados y sagaces pensadores contemporáneos. Además, reúne las experiencias concretas acumuladas por personas respetuosas de las leyes y distinguidas a un tiempo por logros personales incuestionables.

 

Precisamente por tan excelente calidad ha despertado los usuales automatismos en algunas personas condicionadas por la mediocridad de su propia formación y, por qué no decirlo, también por cierta incapacidad para  imaginar cualquier cosa que vaya más allá de los estrechos límites de su rutina cotidiana.

 

La primera sorpresa para los enclenques cívicos, pues, consiste en que la mencionada propuesta no viene de “partido” político alguno.

 

Algunos, sin embargo, que han despotricado contra la ausencia de democracia al interno de los partidos, así como contra lo ruinoso de sus clientelismos burocráticos y lo denigrante de sus hábitos nepotistas, y que, encima, han condenado una y otra vez la obvia y corrupta ineptitud administrativa de los detentadores del poder público, igual que sus evidentes carencias de visión de largo plazo y de planes efectivos de desarrollo, adversan sin fundamento ese cambio que nos posibilitaría llegar a algo mucho mejor de lo que durante mil años hemos tenido.

 

La propuesta surge desde abajo, no desde el “arriba” partidista, respaldada por millares de conciudadanos “de a pie” que piden convocar a una consulta popular según la legislación vigente, bien razonada y estructurada, además, realista, para asegurarnos el logro de lo que todos decimos querer. No se les ocurre, empero, a quienes la adversan, otra reacción que de conceptuarla de “elitista, excluyente y hasta de racista”.

 

Es posible que en nuestro caótico subdesarrollo la magnífica iniciativa acabe por ser ahogada entre aullidos de impotentes y barricadas callejeras. Eso explicaría lo perdurable de nuestro atraso colectivo y privaría de paso a nuestros hijos aun de la esperanza de vivir una Guatemala a tono con las civilizaciones más avanzadas del siglo XXI.

 

Me permito sugerirle, apreciado lector, que primero se familiarice con el texto de la propuesta. La más avanzada tecnología digital nos lo hace fácil e instantáneo: diríjase al portal del Comité ProReforma (www.proreforma.org.gt)

 

Para una aproximación inicial, lea cuidadosamente la propuesta de creación de una segunda cámara legislativa, la gloria de la otrora república romana y el rasgo distintivo hoy de las naciones líderes.

 

También lo que apuntala la independencia del poder judicial, del contralor general y del fiscal general.

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