La pluralidad electoral

La pluralidad electoral

Por: Armando de la Torre

            Para las próximas elecciones generales las opciones partidistas superarán, otra vez, la docena. Algunos lo lamentan a gritos, pues preferirían un sistema más rápido a elegir entre dos,  tres, o a lo sumo cuatro, como suele ocurrir en los países más industrializados. De momento, me permito diferir de tal apreciación.

            Nuestro sistema constitucional – incluida la ley Electoral y de Partidos Políticos -, favorecen el caudillismo semifeudal que nos caracteriza y que tanto nos daña. Mientras no se reformen tales normas “constitucionales”, el régimen electoral seguirá igual de pobre por muchos años.

            En el entretanto, esa exagerada pluralidad de candidatos es, paradójicamente, una medicina correctiva, no un síntoma de agravamiento. Porque, ¿de qué otra manera podrían darse a conocer quienes aspiren a un “cambio de veras en las reglas del juego  y no meramente a un mero cambio de rostros entre las autoridades electas?

            Además, en el régimen vigente desde 1985 apenas se rastrea un mínimo de respeto a las leyes vigentes por parte de todos. Mientras más opciones electorales se nos ofrezcan, mejores oportunidades para que surjan individuos y agrupaciones que nos pidan nuestro voto con una retórica no-tradicional de cumplimiento incondicional de la ley.

Por ejemplo, para las elecciones del 11 de septiembre hasta ahora se perfilan punteros Don Otto, Doña Sandra y Don Manuel Baldizón. Ninguno promete ese cambio de las reglas del juego tan ansiado sino la repetición de las tácticas politiqueras de siempre, para también perpetuar a “los sempiternos dueños del país”, de la  izquierda, centro y derecha del espectro ideológico. Es decir, nihil novi sub sole o, para expresarlo en los términos marciales de Erich María Remarque, “sin novedad en el frente”.

            En cambio se disciernen promesas más fecundas entre los candidatos más o menos novatos. Eduardo Suger, Harold Caballeros, Juan Guillermo Gutiérrez, en binomio con Carlos Zuñiga, y, aparte,  Adelita de Torrebiarte, se presentan con hojas políticamente limpias y hasta con ideas originales que nos podrían acercar a lo que la población pensante espera: reformas constitucionales bien meditadas.

            Lo mismo ocurre a nivel municipal, sobre todo en la ciudad-capital, en la persona de Roberto González Díaz-Durán. Y otro tanto entre jóvenes candidatos al Congreso, como Luis Pedro Álvarez.

Pero, ¿por qué habríamos de temer continuar con los mismos sistemas disfuncionales de los últimos dos siglos de nuestra historia? Porque los “constituyentes” de 1985, al igual que en ocasiones similares anteriores, entregaron a sus conmilitones políticos las llaves del monopolio del poder coactivo, y las arrojaron a la espesura. Hoy, por eso, no nos son asequibles y nos enfrentamos una vez más a la realidad humana de tener que acarrear con políticos que, por supuesto, no estarán dispuestos a aceptar recorte alguno de sus prerrogativas, ventajas, privilegios que de ese monopolio se derivan. Tan simple como eso.

            En países con tradiciones bipartidistas serias, su estructura jurídica distas mucho de reconocer  privilegios sectarios a granel, como ha  sido nuestra costumbre “legalista”.  El artículo mas violado de nuestra constitución por Presidentes, Diputados y Magistrados ha sido el número cuatro, aquél que estatuye la igualdad de todos ante la ley en dignidad y derechos.  Por eso, cada vez que surge en nuestro horizonte un fiel observante del espíritu y la letra de esa cláusula constitucional, se le procura borrar de ése horizonte empezando por nuestros mezquinos medios masivos de comunicación.

            Sin embargo, esas nuevas caras en la contienda electoral me hacen esperar que en el futuro podrán ser más numerosas, al punto de sobrepasar el equilibrio entre lo viejo y lo nuevo.

            La tendencia internacional, por esta vez, nos favorece. La crisis económica mundial reciente se ha convertido en Europa en una sentencia de muerte para los estados benefactores más populistas de la periferia europea. La India y la China, por otra parte, continúan en Asia su avance hacia sociedades más respetuosas de la propiedad privada y de las iniciativas individuales. Y la llamada “primavera” árabe parece sugerir un renacer liberal en la cultura islámica. Hasta el Perú posible de Ollanta Humala parece haber disminuido muchísimo su apetito estatizante. A todo ello hace eco, en Guatemala, el fracaso evidente del inepto régimen “social democrático” inaugurado por Alvaro Colóm y Sandra Torres. 

            Nos dejarán endeudados como nunca y con una moral pública desvencijada. Pero el vigoroso sector privado del país parece haberse sobrepuesto a este último zarpazo de la guerrilla, como lo hizo ya en dos ocasiones distintas, a comienzos de las décadas de los setentas y de los ochentas del siglo pasado.

            La reserva moral de Guatemala está viva y en pie de guerra. Si le reforzamos la virtud de la constancia para perseverar en sus loables empeños, acabará por imponerse a todas esas fuerzas malévolas encarnadas, paradigmáticamente, en la debilidad de carácter de Alvaro Colóm y en la absoluta ausencia de criterio en Sandra Torres.  

            Y entonces se abrirán de nuevo nuestros jóvenes a la esperanza.

           

 

 

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