LA “REBELIÓN DE LAS MASAS” EN TIEMPOS DEL “CORONAVIRUS”

Armando de la Torre

 

            Fue el genio analítico de nadie menos que de José Ortega y Gasset quien nos obsequió a todos el descubrimiento de este nuevo fenómeno sociológico que él dio en llamar “La rebelión de las masas”, allá a principios de la década de los treinta del siglo pasado.

Sobre tal hecho social se ha especulado desde entonces mucho y con evidencia crecientemente más exacta. Aunque también de la tal rebelión no hayan faltado otros comentarios de poca altura y hasta pedestres.

Diría que irónicamente el “hombre-masa” y tal como lo interpretó Ortega no menos se siente con derecho a juzgar sobre ese mismo evento del que forma parte, de nuevo la más elocuente prueba de “la rebelión de las masas”.

Pero, ¿qué tipifica a tal “hombre-masa”, según Ortega fenómeno recurrente en la historia moderna, aunque hasta un futuro no discernible por muchos como tal?

Desde un principio, Ortega insistió en que su interpretación del “hombre-masa” en absoluto coincidía con cualquier otro calificativo que denotase “clases sociales”, pues se da en todas ellas, tanto entre las de arriba como entre las de abajo, lo mismo entre ricos como entre pobres, tanto entre los asalariados de cuello blanco como entre los de cuello azul.

Pero siempre en correlación íntima con la presencia tanto de minorías como de las aplastantes mayorías humanas. El hecho del “lleno”, como lo calificó Ortega, para aquel entonces empezaba a evidenciarse progresivamente en los medios de transporte masivos y en la vida pública de todos los países del Occidente.

Aun cuando tal “hombre-masa” nos ha sido no menos novedoso e identificable dentro de esta nuestra sociedad crecientemente industrializada. Así nos lo interpretó Charles Chaplin en su ingeniosa denuncia fílmica semi sonora “Tiempos modernos” (1936).

Resulta así que ese “hombre-masa” ya sabe de sus derechos, aunque poco o nada de sus obligaciones correlativas hacia los demás. Por esto la célebre frase de otros tiempos “la nobleza obliga” le resultaría del todo ininteligible.

Pero en nuestros días, encima, nos tropezamos con él mismo en cada rincón y a cada paso, si es que nosotros mismos no somos sus mejores prototipos.

Incluso ya compartimos con él tantos mismos tópicos a los que por otra parte nos empujan simultáneamente los medios masivos de comunicación a propósito de tantas escogencias que las hemos creído muy candorosamente  “democráticas”.

Y que asimismo suelen coincidir con alguna simpatía colectiva favorable a la agitación laboral, o a la expansión corporativa o, lo peor aún, de alguna figura mesiánica, como lo supo interpretar con genialidad artística Leni Riefenstahl en su prodigiosa creación cinematográfica “El triunfo de la voluntad” (1934), con la que glorificó y consolidó definitivamente la figura en aquel entonces emergente de Adolfo Hitler.

Nuestro “hombre-masa” de hoy se nos ha hecho por estos días no menos obvio una vez más, aunque de manera demoledoramente violenta en esas multitudinarias manifestaciones tan destructivas que han tenido lugar primero en la ciudad de Minneapolis, y después por contagio emocional en numerosas otras ciudades a ambos lados del Atlántico. Hipotéticamente, sea dicho de paso, contra la injusticia racial de otros tiempos en los Estados Unidos.

El detonante lo ha sido la cruel injusticia que entrañó el asesinato deliberado de un hombre negro por un sádico policía blanco. Aunque esas masas no parecen conscientes de su propia injusticia al demoler tantas propiedades y tantos sitios de trabajo de personas del todo ajenas al mortífero incidente.

Una vez más, lo típico del supuesto “hombre-masa”.

Un prototipo, también, de los mimados estudiantes universitarios para quienes en la vida diaria casi toda negación les resulta muy fácil y hasta divertido.

Y así, cada “hombre o mujer masa”, termina por hacer añicos a esa misma colectividad que lo hizo posible el ser sujeto de derechos pero también, muy importante, de obligaciones.

Lo que comprueba una vez más que ciertos prejuicios sociales de raza o de otras creencias muy variadas han servido y sirven políticamente de pretexto para llevar con eficacia, a veces irresistible, a la ceguera colectiva y, por supuesto, no menos asesina.

Solo la persona y exclusivamente en su individualidad puede evitar tal desenlace violento con una sola condición: que se haya decidido a juzgarlo todo desde premisas exclusivamente éticas.

Lo demás es pura pose o retórica del todo vacía, como lo han comprobado otros tantos  movimientos sociales desde aquellos días aciagos del Terror de la Revolución Francesa bajo Robespierre hasta los recientes del fascismo de Mussolini o del nacismo de Hitler, y por supuesto, de los totalitarismos de Stalin, Mao o Castro.

Cabe aquí recordar que nuestra incorporación emocional a cualquier evento destructivo en grupo ha sido siempre la coraza más efectiva a la hora de violar cualquier norma legal o moral.

Y por eso también, Ortega nos habló en contraposición al “hombre-masa” de un hombre “selecto” de su tiempo, es decir, aquel que se sabe siempre sujeto a su consciencia moral y responsable de cualquier consecuencias de sus actos.

¿Lo lograremos entender algún día también quienes equivocadamente nos suponemos superiores por el mero hecho de haber obtenido un título universitario?…

Y si no lo lográsemos, sería porque habríamos tropezado con el “hombre-masa” oculto en cada uno de nosotros mismos.

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