“La situaciòn”

La “situación”

Por: Armando de la Torre

Gracias al dúo Pérez-Baldetti acabamos de recibir otro puntapié: la calificadora crediticia Fitch Raitings ha rebajado el status de Guatemala de “estable” a “negativo”.

Este consecutivo gobierno social-demócrata ha acelerado nuestra marcha hacia la bancarrota, ya de por sí bien ensayada desde el primero (Colóm-Espada).

Algunos sufridos hombres y mujeres de a pie clamamos en contra de tanta estupidez, mientras otros grandes tatascanes del sector privado se mantienen en un silencio cómplice. 

Resulta obvio que la Constitución “desarrollada” (de 1985) ha sido otro completo fracaso.  Y por la misma razón que las anteriores: durante 28 años nos ha servido del equivalente a la receta clásica de Federico Bastiat: justificación para que unos guatemaltecos expolien  legalmente a los otros. La tragedia contemporánea, sea dicho de paso, de la Europa meridional no menos que la de algunos países americanos del sur…

Lo peor de todo ello es la infame injusticia que entraña para las generaciones por nacer. Es el equivalente colectivo a esa deserción vergonzosa que hacen los malos padres de sus hijos inocentes.

Nuestro problema, entonces, es el de la total ausencia del sentido de responsabilidad en nuestra vida pública, en nuestro caso tras décadas de predicación clasista, que parece haberlo  contagiado todo.

Se evidencia en el énfasis con que se nos aturde sobre nuestros “derechos” sociales, mientras se dejan en el total olvido nuestras obligaciones individuales.

El resultado está a la vista: Presidentes de la República, mediocres e ignorantes;  diputados al Congreso que a nadie representan y que, por lo mismo, a nadie rinden cuentas; magistrados y jueces injustos; y para guinda del pastel “social”, fiscales del Ministerio Público delincuentes e impunes.

Y todo, disfrazado tras aquella promesa falaz de “orden”, bajo el embuste muy deliberado de “mano dura”…

Lo poco que nos queda de integridad ética en lo público se halla relegado a unas pocas  iniciativas cívicas empresariales y a otras movidas por la fe religiosa. Creo que,  porque nunca se nos ha enseñado a saber administrar nuestra libertad personal.

En conclusión, nos malogramos una y otra vez a nosotros mismos. Porque con demasiada  frecuencia no hemos actuado con responsabilidad ni siquiera en nuestros asuntos privados. Los contratos que  no respetamos, por ejemplo, o las promesas que no cumplimos, las verdades que callamos o la pereza que ocultamos, y las mentiras con las que nos justificamos o la ignorancia que, cual adictos alcohólicos, rehusamos reconocer.  Tanto enanismo personal descargado en “lo público”…

Nos asemejamos demasiado a esos jóvenes adultos de hoy que cada vez con más frecuencia se aferran a permanecer parasitariamente bajo el techo paterno porque los asusta tener que competir en la calle bajo reglas iguales para todos.

Incluso se nos ha bombardeado hasta la saciedad con las ventajas de lo “gratuito”. Sandra Torres, recuerdo, puso todo su poder al servicio de tal infundio. Y sus homólogos en otras latitudes, igual han envenenado las mentes de muchos con campañas parecidas.

Pero… muy bien nos advirtió Milton Friedman de que no hay almuerzo gratis. 

No tenemos derecho alguno a que otros nos alimenten o nos provean de techo.  Tampoco a que  nos eduquen o nos condonen nuestras deudas.  En cambio, sí tenemos la gravísima obligación de afanarnos con el sudor de nuestras frentes por nuestro diario sustento y el de quienes de nosotros dependen.

Por otra parte, todo gobierno democrático históricamente se ha establecido para aquellos que ya saben gobernarse a sí mismos, no para los que aún necesitan de tutela.

Ningún pueblo ha progresado a base de “pan y circo”. Quienes han logrado mejorar su suerte ha sido gracias a sus esfuerzos disciplinados y reiterados. Mantener lo contrario, es intentar darnos a comer paja destinada al ganado…

Cuando nada de eso se piensa, el “Estado” se convierte en una máquina odiosa que  distribuye privilegios a unos y castiga con la ley a otros.  Y así, todo lo “público” entre los privados lo pagamos, ya sea la energía eléctrica, el agua o la Universidad…

En estos días de la comunicación instantánea y global, somos testigos de “indignados” en otras latitudes porque algunos gobiernos se han atrevido a recortarles privilegios de los que han vivido cómodamente a costa del prójimo.

Por eso la vida pública anda tan mal, porque los ilusos de FLACSO o de la USAC, con recursos públicos, quieren gobernarnos sin pretender que hayamos aprendido previamente a gobernarnos a nosotros mismos.

No somos los únicos; al contrario, la mayoría de la humanidad vegeta bajo idéntico sofisma. 

En las poquísimas ocasiones en que de veras queremos desinteresadamente hacer el bien a otro,  en realidad hacemos una declaración de amor.

Pero  la vida pública no es amorosa, sino prosaicamente contractual y utilitaria. Por eso intentamos basarla en el mayor de los contratos colectivos posibles: una Constitución política, sin privilegios para nadie.

¿Cuántos políticos lo saben?…

 

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