Luis Beltranena Valladares (in memoriam)

Por Armando de la Torre

 

Un nuevo vacío ha quedado abierto en el horizonte humano:
el del espacio que ocupó por ochenta y siete años el Dr. Luis
Beltranena Valladares.

Tuve la fortuna de interactuar con él por más de treinta
años en su calidad de abogado, de intelectual y académico.

De él retengo, por sobre todo, su don de gentes, el del
siempre completo caballero, sereno, cortés, comprensivo, leal, “a man
for all seasons”…

Padre ejemplar de familia, esposo solícito para una dama de recia
integridad de carácter, Renée Orive, y padre de tres hijos hechos a su
imagen.

En contra de lo que muchos piensan, esa ventaja de su habitual
adaptabilidad y acomedimiento me la explico por haber sido miembro de
una familia numerosa, el primogénito entre nueve hermanos.

Su actitud, así lo entreví, fue la del hombre celoso de
preservar su independencia ante los poderosos en los círculos en que
se movió, pero sin alardear de contestatario. Su doctorado en la
Universidad de Notre Dame fue el fruto de una beca que se había
gestionado todavía  muy joven por propia iniciativa.

Perfil a imitar por la esforzada juventud de hoy, la de
una vida disciplinada y por eso mismo exitosa.

Supo hacer honor a su prestigioso apellido tanto en
Guatemala como fuera de ella, en puestos diplomáticos o  en el
ejercicio de responsabilidades de árbitro.

Su gran afición a la historia desde sus años de estudiante
en la Universidad de San Carlos le llevó a adentrarse en el
significado más relevante de ciertas etapas de nuestra historia, como
aquellas de Rafael Carrera o de la caída de Manuel Estrada Cabrera a
manos del Unionismo emergente. Por esa razón, el tópico para su tesis
doctoral (1947) lo fueron los intentos fallidos a lo largo del siglo
XIX por mantener y rehacer la unión centroamericana.

Testigo presencial, además, del gobierno de Arbenz, y de la subida al
poder de Fidel Castro en Cuba, de lo que supo derivar sabias
reflexiones en conversaciones informales.

Se involucró en numerosas aventuras agrícolas, bancarias y
de seguros, así como en la fundación de facultades de Derecho en las
universidades Landívar y Marroquín, de las que en ambas fue Decano
inaugural.Su lista de publicaciones reflejó sus variados intereses y
experiencias, inclusive en aquellas editadas en Cuba por las
universidades de La Habana y Villanueva.
Todas llevadas adelante con esa sencillez y sentido de la
tolerancia propia de un hombre generoso y culto.

En lo personal, le agradezco sus eficaces gestiones como
abogado de mi familia y con anterioridad de mis suegros, en las
huellas de su no menos ilustre progenitor.

Creo que hubiera sido un excelente Ministro de Relaciones
Exteriores si nuestros funcionarios electos durante el período
contemporáneo de su vida madura hubieran tenido mejor olfato para los
talentos públicos. Pero Luis, o “Pilín” como le llamaban sus
allegados, nunca fue  hombre de fieros sectarismos políticos y, por
eso, tampoco del favor de los sucesivos gobernantes, más bien
propensos al olvido de su representatividad simbólica de la unión
nacional.

Sus dos últimos años fueron difíciles, confinado por sus
achaques a permanecer inactivo.  Pero no era quejoso; al contrario me
pareció intuir en él un alma estoica, de fácil sentido del humor, y
nunca fue renuente a mostrar su aprecio por las dotes o talentos de
otros.

Chapín elegante de pies a cabeza, trabajó las tierras del
Petén aun en los momentos más difíciles de la violencia guerrillera.

De él guardo recuerdos imperecederos de altos logros
profesionales que en parte expresan  su sólido anclaje en el derecho
natural y en el romano.

Comparto la soledad de Renée, igual que la de sus tres
hijos Luis, Juan Manuel y Rodrigo, así como la de aquellos de sus
hermanos que he tenido el honor de tratar, Fernando, María Luisa y
Margarita. Hago extensivas mis condolencias a su sobrino, mi inquieto
colega Pancho.

Y me gozo en el descanso bienvenido para una vida tan fecunda.

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