Madre Iglesia

¡Madre Iglesia!
Por: Armando de la Torre
            ¡Se acerca el domingo de resurrección y tu rostro, empero, se me antoja mustio y sonrojado!
            ¿Por qué, si por milenios nos has entrenado a prepararnos para celebrar la pascua, lo más triunfal del calendario cristiano,  de la manera más digna?
¿Por el reciente escándalo de la pederastia de algunos de tus servidores? ¿O será por los avances de la cultura de la muerte que no has logrado detener? ¿O quizás porque durante esta semana que llamas “santa” afluyen los creyentes a las playas más que a las iglesias?…
            Empero, sin ti no habría conocido la humanidad la exaltante vivencia del corazón  de veras contrito, más allá, mucho más allá, de ese simple sentimiento de la vergüenza que compartimos con los paganos.
            Además todavía nos enriqueces por medio de ese sistema sobrenatural de vasos comunicantes, llamados sacramentos, a través de  los cuales se nos derrama la gracia divina.
            Encima nos deleitas y alientas con la música y la poesía de tus ritos, los colores vivos de los vitrales en tus templos, y todos los cantares de los cantares de Salomón a San Juan de la Cruz, que nos hinchan el corazón  mientras damos nuestros pasos inseguros de peregrinos  tan fácilmente abrumables, cuesta arriba, desde este valle de  lágrimas.
            Permaneces nuestro modelo de la paciencia que todo lo alcanza para los innumerables que de cerca o de lejos te seguimos, incluso para quienes a la inversa te han atormentado en las arenas de los circos romanos, o te han aplastado bajo los escombros amontonados por sus guerras ideológicas, o aun han intentado exterminar hasta el último de tus hijos en rincones ignotos, digamos, del Japón de los Shogún, o de la China de Mao, o del Africa islamizada del norte,…  sin olvidar, porque sería pecado, a tantos silenciados tras los barrotes  y alambradas, interminables como los bosques de la Rusia, por los que Stalin desparramó su Gulag soviético… o Castro su comunismo chá chá chá.
Más hiriente, aun cuando menos sanguinario, tu paciencia de más que adulta al oír  las risotadas de los Voltaire de todos los tiempos o los intervalos burlones del Zaratustra de Nietzsche.
            Gracias a ti pudimos tropezar con lo que sin ti nos hubiese sido para siempre  invisible, nuestro hombre interior, que nos gobierna con más eficacia que todos los gobernantes de la historia juntos, porque acoge la admonición perentoria de Aquel que nos invitó a tomar sobre nosotros su yugo y aprender de El, que era “manso y humilde de corazón”. 
            Por milenios has educado a nuestros hijos, restañado las heridas de nuestros padres, enterrado a nuestros abuelos, y a todos perdonado por igual  nuestra ingratitud y nuestra mortal indiferencia.
            Tú, Cuerpo Místico de Cristo, has erigido para nosotros, hijos pródigos de hijos pródigos, ejemplos de vida a seguir tras cada caída,  y nos has untado con las bienaventuranzas, mejor aún, con el amor capaz de devolver bien por mal al compás de un desprendimiento corajudo hacia las vanidades del dinero y de la gloria.
Y al final nos llamas de regreso a un  hogar alegre, donde habrá “más júbilo por un sólo pecador que se arrepienta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión”.
            Tu Espíritu despertó al de Saulo de su letargo farisaico e hizo que a partir de ese punto consagrara el resto de su vida a una perpetua vigilia hasta por los rincones del Mediterráneo que le habían sido inéditos, siempre  al servicio indiviso de la Buena Nueva. También elevó el de Agustín de Hipona, disueltas las amarras del hechizo femenino, hasta el Amor increado, y confesó lo uno y lo otro. Amansó la rudeza de Carlo Magno y sus bárbaros;  hizo circular como un suave viento, por  los largos corredores de tus monasterios medievales la sabiduría de los clásicos y la de sus comentaristas árabes. Suministró sus motivos más conmovedores a los artistas del Renacimiento. Presidió sobre la cuna de América, y aun se atrevió a dialogar con el misticismo panteísta de la India y el genio práctico de la China de Confucio.  También   evangelizó el origen africano de la raza humana, y nos advirtió que la entera naturaleza del Cosmos yace a nuestros pies, a la espera de que la hagamos nuestra con las armas de la curiosidad intelectual y del sudor de nuestras frentes.
Y nos encierras en ella no sólo el universo que nos es accesible sino el que se aleja de nosotros aceleradamente y roza las galaxias más primitivas y lejanas, a punto de transformarse en pura energía cósmica en un futuro apenas bosquejable.
            Tú nos conscientizaste de las raíces divinas de lo humano y, con ellas, de nuestros derechos inalienables.
Pero también has aceptado errores “humanos, demasiado humanos”. Aquellas forzadas conversiones en masa de los sajones, por ejemplo, o ésa indiferencia secular tuya ante la esclavitud, o tu fanatismo inquisitivo a la hora de transitar a la modernidad, o la mordaza con que quisiste disminuir a Galileo, o tus  prejuicios injustificados ante lo nuevo. Al fin y al cabo, no más que ropaje manchado de lo humano con el que has aceptado revestir lo eternamente santo e impoluto. 
            Con tantas y tamañas vivencias, ¿por qué te afliges? ¿No nos anticipaste con la oración del Padre Nuestro a pedir que se nos “perdonen nuestras ofensas como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”? ¿Acaso unos cuantos indignos ministros tuyos son diferentes del Judas que el mismo Cristo escogió?
            No desmayes, Madre: aun la confianza mutua, la corona de la libertad individual, que nos ha cementado contigo, se recupera rápido si tu prioridad reside en resarcir a las víctimas, no en velar por el nombre de sus victimarios…
                       
 
 
 
            
            

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