Manuel Ayau: La Diferencia

Manuel Ayau: La Diferencia

Por: Armando de la Torre

            Hablar de Manuel Ayau  Cordón al año de su muerte y de la diferencia que hizo en las ciencias sociales me resulta todavía algo prematuro. Porque su verdadero impacto en las generaciones futuras se hará más patente, estoy seguro, para las próximas décadas. Pero igual creo que se puede anticipar un balance aproximado de los efectos de su trayectoria personal y de su pensamiento cuestionador para las generaciones posteriores.

            La historia, dijo Thomas Carlyle, la hacen, para bien o para mal, sus grandes protagonistas. Manuel Ayau fue un hombre de inteligencia extraordinaria, como lo reconocía de inmediato cualquiera que tuviera la oportunidad de tratarlo. Su educación humanística fue algo deficiente, pues desde muy joven se orientó más bien hacia la mecánica,  que coronó con su título de ingeniero emitido por la Universidad de Baton Rouge, en Louisiana, los EE.UU. Sin embargo, al término de su vida había escrito profusamente, y con creciente maestría lingüística, sobre temas profundamente humanos relacionados con la superación de la pobreza, el buen gobierno de los Estados nacionales y la honesta cooperación a través del comercio de veras libre.

            ¿De dónde le pudo haber venido esa ampliación de sus horizontes?

En primer lugar, de una extraordinaria mujer que le fue su esposa por más de medio siglo, Olga García de Ayau, comprensiva, amplia de criterios y filosóficamente afín.

En segundo lugar, de su empresarialidad innata,  que le hizo afrontar riesgos en campos muy diversos de ocupación, de la industria textil a la del gas propano, también del debate ideológico ininterrumpido en toda clase de foros a una curul de diputado en el Congreso de la República, de financista escarmentado y prudente a recaudador de fondos para fundaciones no lucrativas, alternando en cada uno éxitos y fracasos, para los que, además, siempre procuró indagar sus razones con brutal franqueza.

En tercer lugar, del medio social en el que nació, entre lo mejor de la sociedad guatemalteca de su tiempo pero mucho más aún del creciente círculo de sus amistades intelectuales, sobre todo en los EE.UU. y a lo largo y ancho de nuestra América hispanoparlante, que lo empujó, finalmente, a una especialización del todo inédita para él, la de fundador y primer rector de una universidad en extremo original y muy adelantada a su época: la Universidad Francisco Marroquín, punto de confluencia mundial para pensadores radicales, tanto clásicos como contemporáneos, que han hecho de la libertad individual su primera premisa.

            Aunque empresario logrado, al estilo del que fuera su admirado y gran amigo Pierre F. Goodrich – el fundador de Liberty Fund de alcances planetarios-, descubrió su más genuina vocación en una etapa de su vida adulta que Eric Ericsson llamaría “de la generatividad” (1), en el estudio de la economía, que no menos le llevó a profundizar en las naturalezas divergentes del derecho y la legislación, de la filosofía y la historia.

            Todo ello, empero, no hubo de ser lo más marcado y hondo en la diferencia que él significó para el horizonte de las ciencias sociales de la segunda mitad del siglo XX: lo fue su intrépida fuerza de carácter.

            “El Muso” (como le llamaban coloquialmente familiares y amigos), casi seguramente sin saberlo y ciertamente sin alardear de ello, se hizo hombre auténtico de virtudes heroicas. Su entereza frente a las dificultades, incluidas las repetidas amenazas de muerte provenientes desde círculos de fanáticos marxistas, o las incomprensiones muy dolorosas de parte de amigos y colegas patrones de empresas, fue proverbial. Su capacidad de trabajo disciplinado imponente y, sobre todo, tenaz. Su menosprecio por las convenciones superficiales del  momento, y su correlativa lealtad bien razonada a sus propios principios éticos, resultaron para casi todos nosotros, paradigmáticos. El tipo de hombre, en fin, que David Riesman (2) hubiera catalogado de “inner directed” – orientado hacia adentro-, en contraposición a la mayoría de sus contemporáneos “orientados hacia los demás” (other directed). O “el hombre selecto”, en la tipología propuesta por Ortega, en oposición al “hombre masa” (3). Al extremo muy encomiable de saber armonizar con firmeza un ¡No! a sus más queridos allegados -igual que frente a cualquiera autoridad humana-, para de inmediato regresar a su habitual trato afectuoso, sereno y cordial, siempre cercano a su agudo sentido de un humor seco, a la Chesterton.

            ¿Qué aportó, pues, Manuel Ayau, al estudio de las ciencias sociales entre nosotros?

            En primer lugar, el individualismo metodológico, punto de partida para los razonamientos de la Escuela Austriaca de economía (Menger, Mises, Hayek) que mucho le impresionó, así como el de la llamada Escuela monetarista de Chicago, encabezada por Milton Friedman, pero con figuras ilustres que lo habían antecedido como Frank Knight.

            En segundo lugar, esa secuencia tan lógicamente hilvanada propia del revolucionario análisis marginalista, que ha terminado por imponerse definitivamente en los enfoques académicos de la economía desde antes de la segunda guerra mundial, y que entraña el principio sobremanera valioso, en contra de Ricardo y Marx, del valor subjetivo del trabajo.

            En tercer lugar, su insistencia en la necesidad de la cooperación pacífica, como condición ineludible para la creación de la riqueza, como lo había adelantado Adam Smith a finales del siglo XVIII (4) bajo su celebrada metáfora de “la mano invisible” en el mercado, apoyada o complementada por otros pensadores escoceses de su tiempo (Hume et alii), y por los no menos grandes pensadores historicistas de la era del romanticismo en  la Alemania de la primera mitad del siglo XIX (Wilhelm Dilthey et alii), así como por ciertos sociólogos alemanes posteriores   (Ferdinand Toennies, Max Weber, Georg Simmel).  También los darwinistas sociales anglosajones (Herbert Spencer y William Graham Sumner) le hicieron su aporte teórico. Pero indudablemente los de más peso en él fueron, los economistas de la Escuela Austríaca, principalmente Carl Menger, Eugen von Boehm-Bawerk, Luwig von Mises y F. A. von Hayek). 

            En cuarto lugar, la función que viene a ser subsidiaria de las normativas morales, la de las leyes positivas, siempre y cuando se legislen en armonía con la Ley Natural y con la evolución espontánea de las costumbres de los pueblos, como lo abogaron John Locke y los escolásticos tardíos españoles agrupados en la Escuela de Salamanca (siglo XVII).  Más cercanos  a nuestro tiempo, Alexis de Tocqueville, Federico Bastiat, Bruno Leoni, F. A. von Hayek, y Leonardo Liggio le sirvieron de guías intelectuales por el ancho océano de la filosofía del Derecho.

De ahí su lectura profundamente republicana en la tradición de James Madison y de los demás “founding fathers” de la democracia en América (incluido, sea dicho de paso, el argentino Juan Bautista Alberdi), que hubo de llevar al siempre inquieto Manuel Ayau a su último audaz paso cívico, lamentablemente inconcluso: una reforma bien trabada, en el espíritu de todos esos predecesores, de la Constitución Política de Guatemala vigente desde 1986. Su objetivo final era la consolidación de un sistema verdadero de justicia en nuestro país, donde casi nunca la ha habido, o, como lo hubiera formulado Karl Raymond Popper, completar un sistema de reglas que al menos disminuya las injusticias. Otro de sus legados, traspasable al resto de Iberoamérica, con sus inevitables variantes coyunturales, pero también logro principal integrante de lo que nos dejó por tarea.

            En quinto lugar, sus propias conclusiones respecto a la conexión entre la pobreza de los pueblos y el autoritarismo arbitrario de los gobernantes, crónicos en Iberoamérica, en particular en Guatemala, que tanto contrastan con el imperio de la ley y la libertad de emprender, proporcionalmente florecientes en los mercados que operan sin restricciones arbitrarias en esos países que llamamos “desarrollados”, y de los que tenemos en particular los ejemplos exitosos del norte de nuestro hemisferio: los Estados Unidos (aunque menguante) y Canadá.

            Manuel Ayau, por su parte,  nunca mostró un especial aprecio por la sociología, disciplina que consideraba demasiado propensa al colectivismo imperante en la mayoría de las universidades del Occidente atlántico tras la primera guerra mundial. Por eso retenía al inicio de su gestión académica (1971) una cierta desconfianza hacia el gremio profesoral universitario en su conjunto, como la han tenido,  y todavía conservan con razón, muchos adalides del mundo empresarial. Pero con el tiempo moderó tal  desconfianza, en parte influído por figuras del ambiente universitario de las que él mismo quiso rodearse, aun del clero católico que ya se le había antojado años antes sospechoso por la influencia desmesurada en ellos de los “teólogos de la liberación”.  A ello le ayudó  su  lectura de Lord Acton, o el testimonio de personajes al alcance de su mano como, el  Dr. Joseph Keckeissen, el Dr. Angel Roncero, y el padre Robert Sirico. Su hija Inés, encima, de idénticas convicciones libertarias, fue fundadora y abadesa de un monasterio. Todo eso parece haber borrado casi del todo sus prejuicios de unos años antes  hacia académicos y clero católico.

Con los años se hizo progresivamente más consciente de la falibilidad humana en general, incluida la de sus mismos grandes mentores históricos del Liberalismo clásico tales  como John Stuart Mill, Ludwig Erhard, Leonard Reed, Henri Hazlitt, y los “Chicago Boys” en Chile. De ahí su famosa manera deprecatoria de hablar de su propia falibilidad, que lo hacía a su vez más atractivo y convincente a los ojos de quienes lo escuchaban y admiraban.

            Al término de cinco décadas de vida madura dejó una herencia bibliográfica notable en libros, artículos, cursos universitarios, foros de debate, charlas,  y conferencias que lo dieron a conocer internacionalmente en el vasto marco de la comunidad atlántica que le fue contemporánea.

            Como “nadie es profeta en su tierra”, Guatemala todavía lucha por emerger del subdesarrollo del pensamiento, pero, en el entretanto, la luz de Manuel Ayau sirve cada vez más de fermento reconocidamente fructífero allende las fronteras de su tierra natal.

            A su espíritu pionero,  a su generosidad de sí mismo, a su espléndido coraje, a su humildad del que la sencillez de su trato siempre fue espejo, a su genio militante y al ejemplo mayúsculo de originalidad que lo distinguió en todo lo que emprendió y, por encima de todo, al valor supremo al que siempre “el Muso” rindió culto, a ése de la libertad de toda persona en cuanto fin en sí misma y nunca un mero medio para los fines de otros, rindo hoy aquí el más profundo y conmovido de los homenajes.  

Guatemala, 10 de agosto del 2011

    

 

 

 

 

20 thoughts on “Manuel Ayau: La Diferencia

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