Oneroso legado de Marx

 

Por: Armando de la Torre

            Marx murió en 1883, pero en su versión leninista  no se le enterró hasta 1991. Hay, sin embargo, otras versiones aún a la espera de ser sepultadas. 
            Es fácil identificar a qué me refiero: se hace evidente en gobernantes, en cátedras universitarias, en púlpitos eclesiásticos y hasta en columnas de opinión de la prensa diaria: el enfoque colectivista.
            Karl Marx fue un liberal que por influjo de ciertos pensadores pospuso en su esquema la libertad individual para aquella nebulosa etapa de la sociedad sin clases en la que “cada uno aportaría libremente según su capacidad y recibiría según su necesidad”. Hasta llegado ese momento, ese lapso indeterminado para la reeducación del hombre como preparación inmediata a su ingreso al paraíso comunista constituiría el período llamado socialista, el de toda clase de “colectivos”, los genuinos protagonistas de la historia, inevitablemente enfrentados entre sí.
            Tales  “colectivos” tan del gusto de quienes se identifican “a la izquierda”, cuentan entre sus fuentes otras corrientes y ensayos, pero indudablemente la de Marx ha sido la más determinante.
            Cualquier “colectivismo” puede entrañar cierta ventaja, decisiva para quienes lo hacen suyo: la de la responsabilidad individual que se diluye, al extremo de equivaler a una garantía de  impunidad. Deviene así, por ejemplo, un incentivo eficaz para el reclutamiento de “mareros”,  de lo que son muy conscientes otros grupos contestatarios, los sindicatos, los gremios étnicos, políticos, militares, religiosos y hasta corporativos.
            Pero la dialéctica al trasfondo de ello se evaporó bajo la perspectiva del evolucionismo social que Eduardo Bernstein fue el primero en integrar  nada menos que al esquema teórico del propio Marx. La objetividad , por otra parte, atribuida por Marx (herencia de Ricardo) al valor de los bienes y servicios en el mercado, fue barrida por la revolución conceptual “marginalista” del último tercio del siglo XIX, y contundentemente constatada en el fracaso del mercado centralmente dirigido. El congelamiento, además, de las “clases” sociales se evidenció caduco tras la revolución industrial, por el surgimiento universal de la “movilidad vertical” (hacia arriba y hacia abajo). Su último supuesto equivocado, la dependencia unidireccional de la “superestructura” espiritual de la “estructura” material de los medios de producción, falseado por lo menos desde Max Weber.
Por todo eso y más cayó el Muro de Berlín, y en su derrumbe arrastró el entero bloque del socialismo eufemísticamente llamado “real”.
Pero también parece que hay quienes todavía no quisieran darse por enterados…
Lo infiero del “Dictamen sobre el proyecto de Reforma del Estado y de la Constitución Política de la República de Guatemala de la Asociación pro Reforma”, elaborado por el Lic. Alfonso Bauer Paiz y el Dr. Jorge Murga Armas, por encargo del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la Universidad de San Carlos (IIES) y a petición de su Consejo Superior.
Ahí se hace obvio el problema recurrente en toda argumentación que se erige sobre la premisa de la “dialéctica de  clases”: la falaz argumentación “ad hominen”.
Ello se tradujo a numerosas fisuras, choques, conflictos, hasta guerras civiles, a lo largo de la historia  y a lo interno de las organizaciones marxistas. Porque resulta prácticamente imposible mantener un debate racional entre dos o más personas inteligentes cuando se cuestionan recíprocamente y sin cesar las intenciones, la honestidad, el desinterés o la inocencia de las respectivas trayectorias públicas y privadas, (peor aún si además se incluyen las de sus antepasados muertos).
Un libro de Carlos Sabino se intituló “Todos nos equivocamos”.
De sabios sería empezar por esa premisa y emprender juntos entonces, quizás, el camino hacia la verdad de la que todos acabaremos por beneficiarnos.
Tal fue el espíritu con que se redactó la propuesta pro reforma parcial de la Constitución vigente.

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