OTRA LECCIÓN PARA TODOS DESDE AMÉRICA (LA DEL NORTE)

OTRA LECCIÓN PARA TODOS

DESDE AMÉRICA (LA DEL NORTE)

 

Armando de la Torre

 

            De nuevo otra lección de talla histórica que nos llegó a todos, guatemaltecos o no guatemaltecos, desde allá hace tan solo tres semanas: la elevación a la Corte Suprema de Justica de los EE.UU de un pensante objetado por las masas impulsivas que nada relevante para la dispensación de la justicia equivocadamente lo juzgaban. Error típico, por otra parte, de tantos analfabetas en materia de principios y que suponen alocadamente que cada uno de sus alarido es un argumento lógico.  

En realidad, el más hondo significado de este hecho histórico, por otra parte, no se da entre nosotros, los humanos, nada tan sublime como el logro acertado de la dispensación de la justicia.   

Y que por eso mismo, nos habría de ser siempre el más deseado, aunque también el más arduo, de los emprendimientos humanos, al contrario de esa ligereza que habitualmente mostramos al respecto.     

            Los Estados Unidos de América todavía nos son el experimento social y jurídico más grandioso, aunque no menos el más incomprendido hasta por ellos mismo, del mundo moderno.

Sus inicios fueron poco promisorios y más bien ominosos, primero en Roanoke y después en Jamestown, hacia fines del siglo XVI y a los comienzos del XVII respectivamente. Pues por aquellos años la dinastía reinante de la Inglaterra de los Estuardo era muy débil militar y financieramente en comparación a las de los Habsburgos en Austria y España y a los Borbones en Francia, que monopolizaban los primeros el oro y la plata de América. Nada beneficioso, por tanto, para aquellos primeros colonizadores anglosajones, desharrapados, que pusieron pie por primera vez en el continente americano. Ello forzó a la corona británica a valerse de recursos ajenos mediante contratos con sociedades privadas y autónomas que colonizarían en nombre del Rey esas nuevas tierras.

Ventaja monumental en su momento no reconocida para aquellos primeros grupúsculos de aventureros que se lanzaron a la colonización sucesiva primero de Virginia y después de Massachusetts, abrumadoramente de religión o anglicana o puritana que hubieron de aprender así muy dolorosamente el noble saber del autogobierno.  

Por eso, el primer grito de independencia contra la autoridad imperial de algunos de los reyes del Occidente de Europa brotó entre esos mismos pioneros, que habrían de ser imitados medio siglo más tarde por nuestros antepasados hispanoamericanos con poca o ninguna preparación para el autogobierno.

            Una interesantísima eventualidad, comparable con la de los siglos clásicos de Grecia y Roma, pero muy en lo especial de aquella de la Atenas comerciante y librepensadora del siglo V antes de Cristo de la que también se alimentan todavía nuestra memoria histórica.

            Y así, la América del Norte aún permanece como el prototipo del autogobierno moderno, no siempre el de los más ilustrados pero sí el de los más innovadores y productivos. Aún más, asímismo permanece como la punta de lanza desde las revoluciones industriales y también políticas del entero planeta, incluso cuando ya algunos anticipaban creerla en los primeros pasos de una supuestamente inevitable decadencia imperial.  

            Pero todo esto confirma una vez más que, las sorpresas y los logros de la libertad individual nos son siempre al final imprevisibles y por lo tanto inesperadas. Ellos mismos son quienes nos aleccionan sobre que la justicia inevitablemente importa porque es la piedra angular para el enérgico progreso de toda sociedad de hombres y mujeres libres.

            No esa “justicia positiva” del Gran Hermano; tampoco la que imaginan las turbas en las calles, sino simplemente la más propia del pueblo: la del sentido común. Ya nos sea transmitida localmente por la costumbre o estimulada por las reflexiones lógicas de los mejores conocedores de nuestra naturaleza humana.

De regreso a nuestro mundo contemporáneo: el nombramiento en cuanto juez asociado para la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos de América del jurista BrettKavanaugh acaba de constituir una vez más un ejemplo para lo que aquí quiero reiterar: que no hay mayor injusticia desde el inicio que la de negarle a cualquiera la presunción de inocencia mientras no se le haya probado lo contrario.

Como precisamente entre nosotros ha procedido con total impunidad, ¡y por once años!, esa banda de ineptos llamada CICIG, y de la que hemos sido indirectamente chivos expiatorios todos quienes habitamos en este territorio.

            Porque la justicia, pues, se ha demostrado como lo que humana y divinamente más importa.

Y también, por eso mismo, lo que nos es más difícil de alcanzar.

Por eso mantengo que constituye un crimen de lesa humanidad entregar a ciegas su impartición a cualquier leguleyo simplemente porque se halle en posesión de un diploma universitario otorgado por otros en el fondo no menos leguleyos. Porque la probidad en un juzgador supone muchos sacrificados años de estudios y de otras no menos interminables renuncias públicamente verificables al propio bienestar.

            La justicia así deviene la joya y la corona suprema de todo lo meramente humano, en cuanto reflejo incluso de lo divino.     

Su menosprecio siempre conduce al Gólgota, y para mí hoy constituye el supremo argumento de por qué todos, tarde o temprano, nos hallamos necesitados del apoyo de un Absoluto, el único que no necesita de evidenciación alguna porque constituye precisamente el criterio para corroborar cualquiera verdad.      

            Y así, el juez Kavanaugh acaba de ser formalmente instalado en la Corte “Suprema” de Justicia de nuestro vecino del Norte, a pesar de la rabiosa oposición en las calles y hasta en el mismo capitolio, la Casa supuestamente por excelencia del Pueblo, y por parte de aquellos Padres Fundadores de una “más perfecta Unión”, explícitamente eran los que más temían: “the mobe rule”, traducible como la justicia desde la calle o por la plebe.

De ahí también la ventaja que se nos comparte gratuitamente de escarmentar en cabeza ajena.

Y en este sentido, nosotros muchas veces ni siquiera hemos podido aprovechar de esas experiencias porque no estamos expuestos a tales eventualidades dado que la “administración” de la justicia ha quedado reservada con exclusividad (pretextada en esa filosofía altanera e inhumana del positivismo jurídico) a un grupillo de funcionarios del Estado identificables como “Magistrados, Jueces y Fiscales”, sin posible participación alguna del pueblo llano, como sí, por cierto, ocurre en esas otras partes con la institución del Jurado.

            Y así ha venido a resultar que aquella otra “dictadura de los jueces consuetudinarios”, de la que tanto se quejaron a su turno nuestros tatarabuelos del siglo XVIII, ha sido reconstituida por nosotros mismos, sus tataranietos, en la forma de la monopólica dispensación de la justicia por unos pocos y mal formados funcionarios del Estado.

            Con total olvido de aquel otro llamado sapientísimo del Profeta: “Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide el Señor de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios.” (Miqueas 6:8).   

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