El mejor lema electoral: Cumplamos con la ley

EL MEJOR LEMA ELECTORAL: ¡CUMPLAMOS CON LA LEY!

 

Armando de la Torre

 

            Guatemala, amigos, continúa en su ascenso, pese a tantos lamentos y reproches, incluidos en primera línea, por supuesto, los infames de la CICIG tanto los que propalan en el extranjero como los que aúllan su jauría local.

            La libertad de expresión que hoy nos permite a todos opinar tan libremente en pro o en contra de cualquier cosa, es un bien social que inevitablemente conduce al largo plazo al progreso tanto el general como el material de todos. Es decir, en nuestro caso particular, de quienes habitamos en esta ubérrima tierra. Incluso creo poder afirmar que es quizás lo más importante que todos hemos podido derivar de la Constitución de 1985.

            Por otra parte, sostengo que la CICIG, amén de entrañar muchas injusticias y corruptelas, ha logrado por estos años relentizar al mismo tiempo el desarrollo económico y social de todos menos, por supuesto, el de ellos mismos en lo particular.

También es verdad que ciertos “señoritos” guatemaltecos vegetan con sus arteras hipocresías de siempre validos ahora de esa misma CICIG y de sus grandes financistas internacionales.

No es menos verdad, repito, que Guatemala se mantiene de pie en un difícil equilibrio de sello moral, lo que implica no haber sido todavía doblegada del todo. Aún nos queda algunos magistrados y servidores públicos probos, entre ellos el tan vilipendiado por Helen Mack mi amigo personal Conrado Arnulfo Reyes.

Permanecen muy lamentablemente, empero, unos doce mil guatemaltecos en prisión “preventiva”, al margen de todo debido proceso jurídico según lo establecen tanto la Constitución vigente de la República como el Código Procesal Penal.

Entre ellos por ya seis años el coronel Juan Chiroy porque así le plugo en su inicio a Francisco Dall’Anese, un despreciable costarricense al frente de esa misma corrupción multimillonaria llamada CICIG, y el que tramó cobardemente desde aquí con Claudia Paz y Paz el bochornoso “juicio” contra Erwin Sperisen en el cantón “rojizo” de Ginebra, Suiza.

No menos indigna el caso de un honorable empresario sin tacha alguna, Max Quirin, al igual que la de un abogado de mi personal conocimiento, Moisés Galindo, así como los de otros altos oficiales del ejércitoguatemalteco, ahora vilipendiados por el capricho de ese sospechado exguerrillero colombiano del M-19, Iván Velázquez, y de sus compinches aquí nacidos como el politicastro Edgar Gutiérrez o el dudoso Eduardo Stein, y un largo etcétera rojizo ya por todos nosotros bien identificados.                

            Pero Guatemala progresa aun cuando siga bajo la asfixia económica derivada de las acciones criminales de tales extranjeros, con algún apoyo estratégicamente cobijados en Washington, Nueva York o Bruselas.    

            Pero con vista a la ya muy próxima convocatoria a elecciones aquí, podríamos todos responder de pie y así continuar con nuestro avance colectivo pacíficamente y a velocidades supersónicas con solo que todo aspirante a puestos de elección popular escogiera como divisa suprema el respeto sin excepciones a la ley vigente.   

            Porque un respeto que fuera universal a las leyes vigentes ha sido hasta ahora nuestro máximo déficit nacional, como también ha sucedido en Colombia, en Costa Rica, en España, en Bolivia, y en el resto del mundo de habla castellana, con la excepción posible de la República de Chile.   

            Es verdad que cada uno de los que aquí vivimos tenemos razones más que suficientes para objetar la observancia de tal o cual norma o decreto legal, incluidas hasta las constitucionales. Pero en tanto no sean reprobadas o alteradas por la autoridad legítima, es decir, la libre y mayoritariamente preferida por una mayoría electoral, habrían de ser respetadas y acatadas por todos siempre, desde el Presidente de la República al último de los recién llegados a la edad de la razón.    

            Incluso esto nos podría ayudar a explicarnos los mal entendidos y choques culturales reiterados entre las autoridades y pueblo norteamericanos y los respectivos de nuestra América ibérica, como, por ejemplo, el tan encendido debate en torno a la migración ilegal.  

Pues la gran ventaja de los Estados Unidos sobre nosotros desde su nacimiento no menos entre lágrimas y sangre, siempre ha sido que allá la obediencia y el respeto a la ley vigente ha sido una constante casi universal, mientras que entre nosotros ha ocurrido tradicionalmente lo contrario. Ellos se glorían de ser un país de leyes; nosotros de “revoluciones”.  

Tal diferencia en actitudes es observable aun desde el tráfico vehicular diario. Y así todo mexicano, o centroamericano, se cree con el derecho “humano” a migrar hacia el Norte cuando le plazca, por encima de cualquier legislación allá vigente. Lo cual, como también sabemos, ha conducido a tantas tragedias personales y familiares tanto al norte del Rio Grande como al sur.    

            ¡Dura lex sed lex!, nos enseñaron los romanos.

            Es más, se podría encima pensar que ese respeto a la ley se podría tomar como el punto de eclosión para toda vida verdaderamente civilizada.   

            Y así, ese escudo retórico de la “revolución” ha sido esgrimido una y otra vez indiscriminadamente entre nosotros como lo verdaderamente laudable, lo cual es una falsedad.

Porque el concepto de “revolución” es y será siempre inevitable en cualquier ámbito de cualquier cultura, pero en cuanto a equivalente a evolución acelerada, no a derramamiento de sangre. Por ello, saltospolíticos hacia atrás jamás habrían de camuflarse bajo la etiqueta mendaz de “revolucionario” hacia adelante.

Tales han sido los casos, por ejemplo, del despotismo “ilustrado” de Robespierre, o de la instauración del Gulag soviético, o hasta de los infames campos de concentración nazis, así como del genocidio perpetrado por Pol Pot.

Fue también este, sea dicho de paso, la esencia del mensaje subliminar que nos transmitió tan elocuentemente “George Orwell” (pseudónimo de Eric Arthur Blair), a partir por la sólida formación humanista recibida por él en la celebérrima escuela de Eton, no muy lejos de Oxford.  

La CICIG es esa misma verborrea de bárbaros disfrazada de búsqueda de la justicia.

Y quienes no lo quieren ver pecan, adicionalmente, de ausencia de toda solidaridad humana hacia quienes gimen por la injustamente, es decir, por el irrespeto a la ley.

El eterno pecado de cualquier Judas de la historia.

De ahí que el respeto irrestricto a la ley habría de tornarse lema universal de la vida política. Y que cuando nos parezca que la ley ya es obsoleta, dentro de la misma ley cambiarla por otra.

En eso descansa todo Estado de Derecho.   

La raíz de muchos de nuestros dilemas: Los Señoritos

LA RAÍZ DE MUCHOS DE NUESTROS DILEMAS: LOS “SEÑORITOS”

 

Armando de la Torre

 

            Desde hace tiempo he rastreado por todo nuestro mundo iberoamericano el prototipo del “señorito”, ese personaje tan pernicioso brotado de aquella prosperidad inesperada que derivaron en su momento de la plata y del oro de América los Conquistadores y también sus nietos y bisnietos.    

Un rasgo que históricamente vino a tipificar la decadencia imperial española, notable ya con toda fuerza por allá del Atlántico y por acá de la América desde del siglo XVII.

Aquel “señorito” español del Barroco tuvo mucho de heredero, y poco a su turno de hacedor, de soñador mucho, aunque de previsor muy poco, gentil y refinado, pero siempre hipercrítico de todos los demás y muy alejado de la experiencia sudorosa del trabajo manual. Para ello siempre les bastaron los esclavos africanos y la servidumbre de los indígenas.  

Tampoco fue un fenómeno social deliberado sino que muy espontaneo (o “dialéctico” según Hegel como por primera vez lo estereotipó en su “Fenomenología del espíritu” nada menos que en pleno auge napoleónico, hacia 1807).  

Una treintena de años más tarde otro joven, de nombre Karl Marx, se habría de sentir por ello tan atraído e iluminado que le sirvió de cierre a su esquema dialéctico sobre el “amo” y el “esclavo”.

Por otra parte, entre los países germánicos del norte de Europa, por los que se movió el joven Marx, no había trazas del tal fenómeno retrotraíbles del “señorito” a ninguna “Conquista” militar hecha por sus antepasados sino a aquella otra revolución pacífica y artesanal que hoy solemos calificar de la “primera revolución industrial”.

            Tema por cierto observado y abusado hasta el cansancio por casi todos los socialistas de los últimos dos siglos. Pero que por la escasez de espacio aquí rehúso a ampliar.    

            El “señorito” satisfecho, pues, según la acepción corriente que además a él aplicó el modernismo español después de aquel año del “Desastre” (1898), cuando fueron barridos los últimos baluartes imperiales de la Conquista (Cuba, Las Filipinas y Puerto Rico), vino lamentablemente a encarnarse en muchos de los indolentes burguesitos “mimados”, que gozaron no menos de las ventajas del trabajo ajeno aunque esta vez los que sudaban y gemían era los inmigrantes libres aunque muy pobres llegados desde la vieja Europa al “Nuevo Mundo”.

            Y así, también el arte del Occidente, muy en especial a ratos el de la música clásica y con más frecuencia el de la romántica que les fueron coetáneos, supo recoger e idealizar con gran belleza las frustraciones existenciales de semejantes herederos ociosos. Por ejemplo, la de los estudiantes “bohemios” en el París de la” Belle Époque”, que habían esbozado por escrito Flaubert, Víctor Hugo, Emilio Zola o León Tolstoi o la de los muy plebeyos toreros y sus amantes, que entre muchos otros enalteció al máximo George Bizet y a su turno adornaran con dulces melodías y ritmos vocales también Verdi y Puccini, y que perdura hasta el día de hoy, aunque retadas más   recientemente por la de los “blues” de Nueva Orleans, el Rock de “Elvis Presley” y los ritmos que se tornaron tan populares de los “Beatles”.

            Pero el “señorito” se proyecta también bajo otros enfoques, el del perpetuo “revolucionario”, por ejemplo, que tanto sedujo para sí mismos a Fidel Castro y a Ernesto Guevara, o la del escritorzuelo hipercrítico, como lo rezuman hoy con frecuencia algunas de las redes sociales. 

            Pero lo que aquí quiero subrayar de nuevo es lo muy contradictorio y hasta lacerante de muchas de sus imitaciones romantizadas: las de Oscar Wilde y Teddy Roosevelt por ejemplo, que fueron en su momento arquetipos contemporáneos entre sí y antagónicos de otras formas del “señorito”, testigos ambos del traspaso del poder imperial y global de Europa a América.

Ortega y Gasset se opuso a esa “nobleza de sangre célebre” tan cacareada en los nostálgicos medios de masas de hoy, precisamente cuando apenas ya quedan monarquías.

O un Fernando Botero o un “Timochenko”, polos irreconciliables en nuestra vecina Colombia. O también en Cuba, como el en Guatemala tan poco conocido contraste entre un Julio Lobo y un Fidel Castro, cada uno no menos “señorito” que el otro. Pero uno conservador y el otro permanente “revolucionario”.

            Fidel se me ocurre como el mejor exponente del “señorito” destructivo: privilegiado previamente en todos los sentidos, sin mérito alguno de su parte, pero bañado, encima, del oro que heredó de su tosco pero muy emprendedor padre inmigrante y semianalfabeta. Implacable, además, como suele comportarse todo aprendiz de “señorito”, también aquí y ahora, en esos juicios tan simplistas y condenatorios de todos.

Pues Fidel jamás trabajó en su oficio de abogado ni supo ganarse salario alguno, mimado, empero, tanto por algunos otros acomodados muy ignorantes como por el torrente de los hombres-masa de su tiempo.

            El “señorito” perfecto como estímulo para todos los de aquí y que como tales aplauden la presencia de la CICIG.  

            Pues en Guatemala tenemos ahora sobra de tales ejemplares que, típicamente, piensan a la moda del extranjero y por eso gesticulan hacia la izquierda y hasta se creen la parte más encomiable de ella.   

Por ejemplo, en nuestro caso, desde hace medio siglo, desertaron de sus “estudios” en la Universidad de San Carlos para incorporarse al terrorismo urbano o al predominantemente rural. Mas hoy solo insultan, desde el anonimato como otros “peladeros” más, y aun a la parasítica espera de su “resarcimiento” por parte de quienes laboramos todos los días y no nos hemos declarados “resarcibles”.  

Así entiendo los campos antagónicos entre quienes se solidarizan con la CICIG, casi todos “señoritos” tan críticos como ignorantes, y quienes nos oponemos a ella, adultos al menos apoyados en una más larga experiencia de trabajo y estudio, y por lo tanto templados por una mayor dosis de sentido común.

(Continuará)      

 

                

Click here to ReplyReply to all, or Forward

Embajador Arreaga: A quién sirve usted?

EMBAJADOR ARREAGA: ¿A QUIÉN SIRVE USTED?

 

Armando de la Torre

 

            Lo he observado desde lejos durante los ocho meses que ha fungido en Guatemala como Embajador de los Estados Unidos de América.

No quiero juzgarle por anticipado con dureza porque creo que su presencia ha sido todavía demasiado breve para ello. Pero tampoco acepto con benevolencia algunos momentos de su trayectoria seguida por usted luego de su regreso a esta su tierra natal, Guatemala, dada la complejidad de los hilos legales que han tejido tanto su presencia en la vida pública como la mía privada.

Lo mismo pienso desde la óptica del país que lo vio nacer como desde el de su adopción en cuanto adulto pleno. La verdad, me tiene algo confundido si tengo en cuenta la complejidad del momento político tanto en los Estados Unidos bajo el liderazgo de Donald Trump como en Guatemala bajo el equivalente de la CICIG.  

Las razones para mi cautela me las sugieren, además, lo raro de sus breves apariciones públicas, entre las que sobresale la publicación de ese gesto pueril de una foto suya con un letrerito junto a su pecho que reza “I love CICIG”.

            Y esto me anima a llamarle públicamente la atención porque tras casi un año de residencia como Embajador del Presidente Donald Trump en este suelo ya debería haber caído en la cuenta del peso crítico que en este momento encierran cualquiera toma de posiciones suya relacionada con ese el problema de Guatemala más lacerante de todos: el intento por ciertos extranjeros apátridas de someter el soberano poder judicial de este país a sus prejuicios hostiles. Que han terminado evidentemente por enderezarse contra la impartición de justicia propia de todo Estado de Derecho y aun de la decencia en toda sociedad civilizada.  

            En teoría, usted es el representante legal de su país adoptivo entre los que aquí legalmente residimos, ciudadanos guatemaltecos o no, en cuanto de la cabeza democráticamente electa de los Estados Unidos de América.  

En concreto, sin embargo, me lo ha hecho dudar y muy en especial, esa arista que apunta a una posible conducta suya de irresponsabilidad en cuanto diplomático: la de la publicación de una foto de usted junto a Iván Velázquez, como una disimulada adhesión de su parte al grupillo de funcionarios del Departamento de Estado que todavía tratan tercamente de frustrar la voluntad del electorado tan plenamente puesta en evidencia en las últimas elecciones de su país adoptivo.    

Es decir, que lo entreveo cada vez más como parte rezagada, pues no menos afín a la política exterior periclitada de Barack Obama, y de los demás detractores de hoy del Presidente en ejercicio, precisamente quien le ha hecho su embajador suyo aquí. Empero, por eso mismo, concluyo que tal vez usted pueda que no sea la expresión más idónea de su política oficial hacia Guatemala.   

            Esto cobra más importancia ante de la inminente visita anunciada del Vicepresidente de los Estados Unidos, Mike Pence, a quien hipotéticamente usted habría de contribuir a entender este momento crítico que vive Guatemala.

            Las relaciones entre nuestros dos países que nos son a ambos tan queridos reclaman de usted y de mí la máxima neutralidad que nos sea dable. Y en su caso particular, dado el peso político de su persona, también fuera del ámbito local.      

            Porque ya su predecesor inmediato, Todd Robinson –recién expulsado de Venezuela por su intromisión en los asuntos internos de ese país– se atrevió a hacerse merecedor en su momento de igual sanción en Guatemala por el Presidente Morales, aunque que no lo hiciera efectivo dado que previamente a ello –como sucede con ese otro más reciente del embajador de Suecia, Anders Kompass–, el Presidente se tropezó simbólicamente con una mina terrestre encarnada en una  misma saboteadora, la Magistrada Gloria Porras, nadie menos que una integrante de la Corte de Constitucionalidad nombrada por el Congreso como su representante por presión ilegal de ese mismo Todd Robinson.    

            Y todo ello como torcido apoyo en favor de otro aprendiz de dictador en el presente guatemalteco, el colombiano Iván Velázquez, ex-miembro en su país del movimiento guerrillero M-19, y hecho ahora árbitro supremo aquí por un absurdo y muy autoritario respaldo por parte de dos Secretarios Generales consecutivos de las Naciones Unidas. Herramienta, que lógicamente, ha auspiciado y todavía auspicia con fervor el ex Secretario General de la Internacional Socialista, el portugués Antonio Guterres, ahora a su turno el Secretario General de las Naciones Unidas.   

            De resultas de todo esto, en Guatemala todos nos hallamos sometidos como ningún otro pueblo en el entero orbe a los dictados de remotos extranjeros que ni siquiera han puesto el pie en este país ni por supuesto aportado centavo alguno de sus impuestos.

Y así, irónicamente, ahora resulta que nos hemos adelantado a todos los demás pueblos en hallarnos sometido a un Big Brother de cariz totalitario, como lo vaticinara hacia 1948 el perspicaz George Orwell en su obra pretendidamente profética “1984”. 

Y todo, sea dicho de paso, también enderezado a frustrar la estrategia legislativa de este último Jefe de Estado guatemalteco que ya los partidarios de tal gobierno mundial adversaran desde el primer momento de su elección, entre otras razones por evangélico, pro militar y pro israelí.  

Y usted, don Luis Arreaga, ¿se dejó retratar públicamente con ese letrerito en el pecho que rezaba “I love CICIG”, o sea, I want such a Big Brother para Guatemala?

¿Es ésta una sugerencia “diplomática” como la de ese mismo predecesor inmediato suyo cuando ordenó que ondeara al ingreso de la Embajada de los EE.UU. en Guatemala la bandera del movimiento gay internacional?

¿Y para colmo, en su caso personal, en esta noble tierra de los antepasados de usted?…

Cuidado, don Luis, porque de tales fibras invisibles se han tejido los murales de todos las traiciones a lo largo de la historia.   

Y porque está a punto de incurrir en otra omisión culposa acerca de la verdadera situación actual en Guatemala en vísperas de la visita de Mr. Mike Pence, a quien usted está obligado a informar con la máxima imparcialidad posible. Por ejemplo, el recordarle el hecho de que ese súbito flujo de emigrantes ilegales desde Guatemala, vía México, que tanto nos preocupa allá y aquí, es solo atribuible a la todavía menos conocida verdad en el extranjero de los atropellos crueles y empobrecedores a los que están sujetos nuestros habitantes de las áreas rurales, dígase en San Marcos o en el Polochic, por manos de los ilegales grupillos desprendidos hace una veintena de años de la matriz terrorista “Unión Revolucionaria Nacional Guatemalteca” (URNG).

Por lo tanto, señor embajador, ¿a quién entiende usted haber servido al final durante esta su breve experiencia diplomática?  

 (Continuará)

  

Lo mejor y lo peor de nuestro momento

LO MEJOR Y LO PEOR DE NUESTRO MOMENTO

 

Armando de la Torre

 

            Empiezo con lo peor por lo que ha entrañado de tanto horripilante sufrimiento humano: la erupción del Volcán de Fuego.

            Las tragedias personales derivadas de ese fenómeno telúrico aún no se han contabilizado del todo y dudo que alguna vez pueda lograrse. Lo más horripilante en todo ello: lo seres humanos calcinados vivos, para llorarlos sin consuelo particularmente cuando nos referimos a tantos niños y adolescentes afectados.   

            Pero también ha asomado en esta tragedia algo de lo mejor de lo humano: la solidaridad tan generosa por parte del resto de la población laboriosa y en lo personal no afectada. Y así, la compasión cristiana de muchos se nos ha vuelto bálsamo ejemplar para todos. Para edificación propia y del resto de los pueblos del mundo que nos han sido testigos.   

Y así lo peor, por otra parte, ha dado vía para lo mejor y doy entusiastas gracias a Dios por el corazón inspirado de este tan noble y tan sufrido pueblo guatemalteco.

            De nuevo de regreso a lo peor: esa terca corrupción que persiste en nuestra vida pública, ahora agravada exponencialmente por la corrupción adicional que nos es del todo ajena de la CICIG. Que exacerba, y no puede curar, nuestras debilidades consuetudinarias, y encima importada desde el extranjero por los cálculos perversos de algunos hijos descarriados de esta ubérrima tierra, acompañados siempre del aplauso de un montón de ignorantes cortoplacistas.

            Por otra parte, retrotrayéndonos a aquella esperanzadora expresión de civismo que aquí se destapó en abril del 2015, una verdadera insurgencia del todo pacífica, todavía nos inspira y mantiene en alto nuestro espíritu combativo.

Luces y sombras, que nos certifican de nuevo la vieja verdad de que “el precio de toda libertad es siempre una eterna vigilancia”.

            Guatemala, has dado un salto exponencial hacia lo mejor precisamente porque lo has acometido bañado en las lágrimas del engaño y de la traición.  

Me atrevo a creer que hemos progresado en estos últimos tres años mucho más que en los tres decenios que los precedieron.

Y todo ello nos ha sorprendido por el arribo de esa revolución tecnológica inesperada que son las redes sociales. Gracias a ellas, han quedado rotos los oligopolios en la radio, la prensa escrita y la televisión abierta, y la voz del ciudadano común y corriente se ha dejado oír con más fuerza que nunca antes.     

            Salto imponente al mismo tiempo para una mayor libertad individual y no menos, para una acrecentadaresponsabilidad.  

Lo bueno y lo malo, como siempre, íntimamente entrelazados cual propio de la condición humana.

            Este regalo sorprendente que nos ha renovado en el espíritu cívico, influye en esa renacida lucha contra la corrupción que paradójicamente nos la ha hecho más difícil ese adefesio de la prepotente y extranjerizante CICIG.  

            Renovemos, por tanto, nuestro firme compromiso con el rescate moral de nuestras instituciones y de nuestra vida pública pero sin esos tutores ni esas dádivas de otros que nos son del todo ajenos. Pues ningún pueblo ha logrado jamás su grandeza sino a base de su sudor, de su sangre y de sus lágrimas, como lo atestiguara felizmente Winston Churchill en la hora más negra de la historia de su pueblo.    

            Las estratagemas dolosas de ese engendro único en el entero planeta que se llama “CICIG” se han concentrado en el “sector justica”, que hipotéticamente habrían venido a ayudar, para chantajearnos y extorsionarnos a todos sin piedad.    

El resultado ha sido y será catastrófico para la moral de todos los que aquí habitamos. La injusticia se ha vuelto más venenosa y selectiva, más enconada y más dañina que nunca antes entre nosotros. Y el nivel moral de la Corte de Constitucionalidad, de la Corte Suprema de Justicia y, hasta hace más o menos un mes, del Ministerio Público, se ha venido estrepitosamente abajo.   

Pero a su turno este triste aporte de la CICIG lo podemos retrotraer a otro que le fue precedente y ya viejo de más de medio siglo: la creciente perversión de la formación de los juristas en la Universidad de San Carlos (y consiguientemente en las demás “privadas” sujetas a su influjo), muy en particular por esa irresponsabilidad colectiva de su Consejo Superior, al igual que de algunas de sus decanaturas sujetas a su autoridad, en particular la de la Facultad de Derecho desde principios de la década de los setenta del siglo pasado.

Por ejemplo, ¿acaso se ofrecen todavía cursos de ética profesional? ¿O de Derecho Comparado? ¿O hasta del análisis económico del derecho?, que muy bien le hubiera venido, por cierto, a la Magistrada Gloria Porras y a otros más.  

            Ya sé que se me va a objetar lo que acabo de decir con alusiones a los hombres y mujeres beneméritos egresados de esa entidad tricentenaria. Pero yo hablo del hoy o del más reciente ayer. Y ni se me alegue con los nombres de sus muchos mártires de la represión estatal. Hablo de los todavía vivos y activos, los únicos que todavía podrían haber hecho esa diferencia ética en el Poder Judicial.

            Pues en la Universidad, como en cualquier otro ambiente humano, la putrefacción moral se vuelve más terca cuando minorías inescrupulosas han copado los resortes del poder retórico (o demagógicos) en ellas.

A ellos, por supuesto, no los investiga la CICIG, como tampoco al CUC, ni a CODECA, ni a FRENA, ni a CALDEH, ni a la Fundación Mirna Mack o la de Guillermo Toriello, ni tampoco al partido de la UNE…

            Y, ¿de dónde les llegan entonces sus repletas bolsas de dinero? Ya lo sabemos ampliamente: de muy lejos de las costas guatemaltecas.

            Lo mismo sabemos hasta de algunos francotiradores en el Departamento de Estado de los EE.UU., como también de la Secretaría General de la ONU, o de algunas Cancillerías nórdicas de Europa, o hasta de la Iglesia Luterana de los países escandinavos, o del refuerzo tangencial a todos ellos por parte de las dictaduras de Cuba, Venezuela o Nicaragua.

            No menos de muchos nombres y apellidos de los vergonzosamente “resarcidos” que todos conocemos a costa de los impuestos que pagamos ingenuamente los demás. ¿O será que los sobrantes de lo recaudado por la URNG con tantos secuestros y chantajes también todavía alcanzan?

            Y sobre todo lo cual guardan los verdugos de la CICIG hermético silencio.

            Precisamente por estos días también se mueve frenéticamente por los corredores gubernamentales de Washington nuestro corrupto dictador importado desde Colombia, Iván Velázquez, para que la administración de Trump no les corte el torrente de miles de millones de dólares de los contribuyentes norteamericanos que hasta ahora ellos han ahorrado en sus cuentas personales para días nublados…

            Lo mejor y lo peor de este momento: la solidaridad generosa con los hombres y mujeres libres y los atropellos tan injustos contra los inocentes por medio de un Poder Judicial todavía más corrupto gracias a la cortina de humo con que los protege la CICIG. 

            ¿Despertaremos alguna vez?…

            (Continuará)

TODO UN HOMBRE

TODO UN HOMBRE

 Armando de la Torre

Tuve el privilegio de presenciar desde una discreta distancia la maduración extraordinaria de la persona de Álvaro Arzú. De un joven funcionario entusiasta y algo pendenciero al frente del Inguat hasta sus últimos años de estadista serenamente consagrado. Una transformación mayúscula que pocas veces he visto durante mi larga, muy larga, experiencia docente.  

De un polo a otro polo, del egocentrismo propio de todo aquel que irrumpe en la mayoría de edad a la serenidad reflexiva del adulto al final de una carrera exitosa. Es decir, en palabras de Erick Ericsson, de la etapa inicial de la autoafirmación y de la intimidad a la inevitable final de la integridad con todo su pasado o de la desesperación por haber fracasado, al momento en que todo ser humano vuelve la vista hacia atrás porque sabe que el tiempo futuro ya se agota y acepta lo vivido o lo rechaza por entero y desesperado.

Álvaro Arzú murió plenamente integrado.

Al precio, eso sí, usual de sacrificios, decepciones, derrotas y de logros felices al tiempo de un creciente dominio de sí mismo.

Así lo vi madurar ya pleno adulto.

Al final, lo reencontré gastado pero sabio, herido pero seguro de sí y nada petulante, incluso de regreso a la pureza de sus ideales juveniles, pero esta vez enriquecido por mucha más experiencia.

Nunca lo atrajo, eso sí, lo muy teórico y especulativo. Fue enteramente un hombre de acción, mejor un constructor, pero también un guerrero, y sin embargo no menos bondadoso y preocupado por lo más enaltecedor: la felicidad ajena, sobre todo la de los más pobres y sufridos. Y en una forma más auténticamente cristiana, es decir, sin ruido y sin altisonantes anuncios de lo bien hecho.

Lo anterior, y sus vivencias del INGUAT, nos ayuda a entender su permanente embeleso por la bella tierra que lo vio nacer y por los innumerables hombres y mujeres  de su terruño natal que se confiaban a su guía y protección. Por eso nunca necesitó el despliegue de un gigantesco aparato propagandístico como ha sido lo usual con otros caudillos de la vida pública. Simplemente fue electo y reelecto una y otra vez para la Alcaldía Metropolitana y la presidencia de la República a despecho de tantas almas enanas que lo adversaron y que lamentablemente se propagan por los medios masivos de comunicación, porque al mismo tiempo se saben mal retribuidos y he injustamente poco reconocidos.

Tuvo grandes aciertos y algunas equivocaciones, aunque estas últimas siempre debatibles desde el ángulo particular de cada cual.

Por ejemplo: los Acuerdos de Paz han sido copiosamente aplaudidos y elogiados por casi todos los políticamente correctos. No me encuentro entre ellos. Pero Álvaro también estaba sinceramente convencido de este logro suyo, encima para casi todos mayúsculo: para la Iglesia, por ejemplo, para todos los partidos políticos, para casi todos los órganos de opinión escrita, para los diplomáticos, para los empresarios, para los dirigentes sindicales… Yo, en cambio, me permití y no me arrepiento objetarlos, por las mismas razones por las que hoy me opongo radicalmente a la presencia y funcionamiento de la CICIG en Guatemala: desde la nada popular perspectiva ética, que incluye inevitablemente una visión de muy largo plazo.

Pero no quiero aquí argumentar de nuevo sobre este punto. Solo recordar que Álvaro tomó mis reiteradas críticas al proyecto y a su liderazgo con hidalga serenidad durante toda una veintena de años.

En estos sus últimos años reflexionaba con una madurez propia de quien sabe que ha superado sus crisis intimas y también las exteriores que le sobrevienen a su conciencia. Logro raro y Maravilloso.

Tampoco necesitará monumento alguno: la entera ciudad capital ya le es pedestal. La “tacita de plata” de antaño fue traída de regreso a la realidad por él. La municipalidad, en extremo degradada (y me consta) en los tiempos de Leonel Ponciano León, y a penas convaleciente bajo Abundio Maldonado, se volvió bajo la égida de Álvaro modelo de excelencia de gestión municipal como lo han sido otros centros urbanos como Curitiba, en Brasil, o Medellín, en Colombia.

Al tiempo, empero, que casi un tercio de la población del Altiplano se volcaba sobre ella y sus escasos recursos presupuestarios, en plena fuga del caos destructivo desatado por la violencia política a instancias de la URNG.  

Y así, hoy, en el ancho espacio que corre desde el Distrito Federal de México hasta Santa Fe de Bogotá, y gracias excepcionalmente a la gestión de un Álvaro Arzú electo cinco veces consecutivas, no hay otra urbe que se le pueda comparar en belleza, cuido ecológico y opulencia tanto cultural como económica.

No quiero dejar de mencionar de paso aquí a José Ángel Lee, culto alcalde interino ajeno al liderazgo de Álvaro, pero que, sin embargo, por casi tres años también aportó a la rehabilitación de esta ciudad, así como al no menos brillante Fritz García Gallont, que supo complementar tecnológica y arquitectónicamente todos los grandiosos proyectos de Álvaro.

Una vida, pues, la de Álvaro, de incesante trabajo bajo el escrutinio diario de la opinión pública que aprobó una y otra vez su espléndida gestión municipal y no menos la presidencial que liberó la red de comunicaciones del entero país, al tiempo que dejaba todas las comunicaciones terrestres en muy buen estado, por no hablar de las reservas económicas que dejó a los gobiernos sucesivos.  

Su última batalla no tuvo tiempo de coronarla con una victoria más: la de la recuperación de la soberanía nacional perdida a manos de guatemaltecos mezquinos que aún pululan entre las ONG´S y las cancillerías de los países nórdicos. Su erradicación queda para las generaciones futuras.

Muy querido Álvaro: supiste superar estoicamente casi todos tus desafíos. Supiste ser fiel a tus promesas, supiste honrar a tu linaje y a tu espléndida patria, supiste ser todo un hombre.

En nombre de la inmensa muchedumbre de tantos beneficiados por tu gestión pública, y de tantos otros alentados por el ejemplo de tu lucha incansable, te deseo de todo corazón que descanses al fin en los brazos del Altísimo, que ya te habrá perdonado las debilidades de tu naturaleza caída, comunes a la de todos nosotros que hemos sido tus testigos, que hago extensivo a la no menos admirable doña Patricia, y a todos tus hijos.

Has peleado una buena batalla, has acabado tu carrera, guardaste la fe. Por lo demás, te está reservada la corona de justicia, la cual te dará el Señor, juez justo, en aquello día; y no sólo a tí, sino también a todos los que aman tu venida.”  (2 Timoteo 4:7-8)

Amen.

Efraín Ríos Montt

EFRAÍN RÍOS MONTT

 

Armando de la Torre

 

            Mi contemporáneo, al igual que Fidel Castro.

            Como lo afirmó muy bien Alfred Kaltschmidt, “se fue libre”, pero enormemente lacerado, añadiría yo. Aunque para este momento ya Dios le habrá suturado esas heridas para siempre.

            Y en esta ocasión, confieso que me ha intrigado que todos aquellos que escriben artículos de opinión para la prensa diaria y formados previamente en una academia militar, suelen mostrar un respeto muy laudable hacia sus enemigos caídos.

Pero que, en cambio, la izquierda casi siempre vociferante, con muy aisladas excepciones, atropella y mancilla la memoria de cualquier militar que se hubiese destacado en combatirlos. Tal es este caso, uno más, del General Efraín Ríos Montt. El hombre más controvertido de la historia reciente en Guatemala. Un mérito adicional, paradójicamente, porque significa que hizo de veras una diferencia más para mejor que para peor en las vidas de los guatemaltecos.

Pues como todo ser humano, su trayectoria personal arrojó luces y sombras, victorias y derrotas, aciertos y fracasos, pero con una característica constante muy excepcional en la vida pública de los notables: la sinceridad. Eso es lo que siempre más admiré en él, sobre todo porque se movió en el más embustero de los mundos, el de la política.  

            Por eso, reitero, que los vituperios enderezados a su persona ya después de muerto, tanto en la prensa escrita como más groseramente en las redes sociales, me resulta muy repugnante. Se han dado algunas honrosas excepciones, la más notable, para mí, la del talentoso Raúl de la Horra, intelectual de la línea de izquierda.

Este agudo, y a ratos muy sarcástico pensador, formado en la Alemania Oriental de la posguerra, y a quien admiro por sus ingeniosas críticas a lo Bertold Brecht de la sociedad de su entorno personal, publicó un artículo en este mismo diario que considero respetuoso hacia la persona de Ríos Montt aun cuando lo reitera “genocida”. Su tono es sereno y en alguna forma considerado hacia los familiares sobrevivientes al General a pesar precisamente del profundo abismo que en vida de ambos los separó ideológicamente.   

Quizá todo ello, una expresión adicional de la calidad humana de esos enfrentados entre sí: unos, más respetuoso del adversario caído, otros, por el contrario, despectivos.

El General nunca fue enteramente de mi simpatía. Su abnegada esposa, y su muy brillante hija, sí del todo.

De él supe más de oídas que por contacto personal. Aunque yo ponderaba mucho en su favor el hecho de que los jóvenes idealistas del ejército que tanto habían arriesgado  al protagonizar el golpe de Estado del 23 de marzo de 1982, por iniciativa propia, una vez logrado su cometido, espontáneamente indagaran por él y una vez hallado le encomendaran la conducción de la República, junto al también General Horacio Maldonado Shaad y al coronel Francisco Luis Gordillo, este último más tarde de mi conoscencia y aprecio personal por su limpia hoja de servicio a la patria.

Todo fue en aquel entonces para mí sorpresa total. Y también me contagió la sensación de alivio generalizado entre toda la población guatemalteca.

Meses más tarde, algo me empezaron a irritar sus prédicas dominicales (“Usted, papá… Usted, mamá”), pero esa era una superficial. La calma y sentido de seguridad personal subsiguientes me parecieron dones del cielo.

A ello se sumaron mi reconocimiento por algunas de sus iniciativas más importante: la derogación de la Constitución de 1965 producto de otro golpe de Estado y de su sustitución por un Estatuto Fundamental de Gobierno. Además por decretar una amnistía general, y de perseverar en la lucha contra la subversión violenta por parte de quienes no quisieran acogerse a ella (como lo hiciera inteligentemente, entre otros pocos, Mario Solórzano). De implementar adicionalmente un programa contrainsurgente “Frijoles y fusiles”, y de crear un Consejo de Estado que lo asesorara. Sobre todo me satisfizo la creación de patrullas de autodefensa civil que les permitiera a los sufridos campesinos, como a las diferentes etnias, defenderse de los desmanes de aquellos señoritos universitarios que se arrogaban imperialmente el monopolio a ser sus portavoces. Además de instalar un Tribunal Supremo Electoral, prenuncio de un regreso a la paz democrática, y todo bajo el lema de intensión universalizadora: “No robo, no miento, no abuso”.  

También alimentó mi esperanza por una Guatemala mejor el hecho de que a su gobierno se sumaran personalidades distinguidas que yo tenía en muy alto aprecio por su honradez acrisolada y su idealismo cívico tales como Harris Whitbeck, Francisco Bianchi, Renán Quiñones, Fernando Leal, Álvaro Contreras, Guillermo Méndez y muchos otros en su mayoría evangélicos, fenómeno hasta entonces completamente inédito, que merecían y merecen mi total respeto de católico, apostólico y romano.

De aquel entonces también recuerdo un proyecto magnífico de Ley del Servicio Civil redactado por Harris y que el gobierno siguiente se negó a implementar.

Con el paso del tiempo me enteré de pasos y de crisis personales del General que me lo retrataron como profundamente humano y por tanto falible.

Por ejemplo, a raíz de haber sido democráticamente electo por una abrumadora mayoría Presidente de la República en las elecciones de 1974 como candidato del partido Demócrata Cristiano y de haber sido despojado humillantemente de esa su legítima presea por otros colegas militares, entró en una depresión psíquica que lo empujó momentáneamente hacia el alcoholismo, y del cual salió durante su posterior exilio en Madrid, España, gracias a la ayuda de un pastor evangélico, lo que lo llevó a dejar su natal Iglesia católica (en la cual tiene un hermano Obispo) y abrazar el culto relativamente novedoso de la Iglesia Verbo, a la que se dedicó a servir con el mismo espíritu de entrega con el que había servido cuando años antes había sido Director de la Escuela Politécnica.

Todo un hombre, por tanto, humanamente exitoso según las normas y expectativas del juego político y, sin embargo, después cruelmente agredido en su integridad personal por una juez muy sectaria y con el apoyo de una despreciable cuña que la amparaba desde el extranjero y que conocemos como CICIG.

Después de su regreso a Guatemala tuve el honor de conocerlo personalmente gracias a su corajuda hija Zury, alumna mía por unos años en la Universidad Francisco Marroquín.

Un día se presentó inesperadamente en mi casa y me espetó crudamente, a su estilo militar, una pregunta: ¿Qué aconsejaría usted a un Presidente de la República para que la Universidad de San Carlos supere su profunda crisis moral y filosófica en la que creo que se encuentra? Me hizo reflexionar por unos minutos, y al cabo le respondí: colocarla en el mismo plano legal que las demás Universidades que aquí llamamos “privadas”. ¿Y qué entiende usted por eso? Me preguntó en su forma habitual tajante y franca. “Suprimir” –le respondí– “todos los privilegios que les son tradicionales desde cuando era la única”.

“Por ejemplo, a no involucrarla en la elección para altos cargos públicos. También el ser financiada ella por un monto fijo del presupuesto nacional, rinda o no rinda.

Creo que en lugar de todo eso, el Consejo Superior Universitario debería convocar cada año a exámenes de admisión para todos aquellos que aspiren a accesar a tal nivel académico superior y, dependiente de los resultados de tales pruebas, reservar los fondos de los contribuyentes en un porcentaje determinado para ayudar a aquellos que, previamente superados tales exámenes, se haya comprobado su insuficiencia de recursos económicos para tal fin. A ellos en lo individual, por lo tanto, y no a la Universidad corporativamente, se debería enderezar con exclusivamente los fondos de los contribuyentes, y así reconocer a todos el derecho igual a escoger la Universidad de su preferencia”.

Por supuesto, nunca resultó así, pero me impresionó tal amplitud de miras del General.

Su mayor desacierto en cuanto político lo creo el haber descartado de un día para otro la posible candidatura a la presidencia de la República de Francisco Bianchi para apoyar en su lugar la de Alfonso Portillo.

Así he visto sus luces y sus sombras. Ya el Dios que todo lo sabe le ha hecho justicia eterna.

Que descanse en paz.   

 

¿Por qué la Cicig es tan corrupta?

¿POR QUÉ LA CICIG ES TAN CORRUPTA?

 

Armando de la Torre

 

            Era de esperar.

Porque ningún monopolio improvisado de la coacción puede resultar limpio al final de cuentas.  

La CICIG es un engendro producto de mentes culturalmente muy limitadas y de intensiones demasiado retorcidas. A resulta de lo cual, al concentrar en sí misma el muy efectivo recurso de la denuncia penal, ha terminado por congelar la vida cívica del país y sembrado por doquier un mensaje de odio oportunista y de incertidumbre legal a un tiempo, que se hace obvio en la paralización de las inversiones y el crecimiento del desempleo.    

Encima, en manos de extranjeros que jamás habían puesto pie en Guatemala y mucho menos preocupados por el futuro de nuestros hijos y nietos. Peor aún, arribados con prejuicios muy arrogantes sobre la realidad chapina producto de su mayúscula ignorancia y la de las autoridades internacionales que los escogieron.

Y por todo eso, desde el momento que fue puesta a discusión pública en el 2007, lamenté tanto esa iniciativa y hasta apoyé públicamente la demanda interpuesta por tres distinguidos juristas para declarar inconstitucional su aprobación: Humberto Grazioso Bonetto, José Luis González Dubón y Carlos Humberto Rivera Carrillo, en los días en que la CICIG todavía no pasaba de ser a mis ojos un mero proyecto insensato.   

            Reitero, ninguno de los privilegios otorgados a un monopolio estatal que no sean de los constitucionalmente especificados ha sido recomendable. Tal prevención ha quedado profundamente enraizada en nuestra naturaleza animal tan predatoria.

Y todo se vuelve peor aún cuando se concentran en las manos de extranjeros prejuiciosos y despectivos hacia la población local, y contaminados por la contienda ideológica de nuestros días.  

Forrados, eso sí, de privilegios e inmunidades como ningún otro funcionario público que hubiere nacido aquí o en cualquier otro rincón del planeta: inmunidad de por vida, salarios suculentos, acceso indiscriminado a escuchas telefónicas de los ciudadanos, mal uso de testigos “protegidos”, muchos de ellos, por demás, falsos y, sin embargo, mal llamados “eficaces”; fabricación indiscriminada y embustera de pruebas, reclusión indefinida hasta por años de cualquier acusado sin juicio previo condenatorio a las que se les niega el derecho constitucional a la presunción de inocencia, sin pruebas, como sucede en algunos de los “peladeros” de la prensa escrita. Peor aún, sin obligación efectiva alguna a rendir cuentas ante las autoridades guatemaltecas que, ni siquiera a ese mínimo que es el Ministerio Público para todos los demás y que, a la inversa, han reducido a mera herramienta de un “dictador” extranjero e improvisado.

Dotados de una caja de resonancia mundial y al mismo tiempo de acceso ilimitado a todos los medios de comunicación guatemaltecos al tiempo en que ellos mismos se mueven entre las sombras, arrogantes, ingratos a la hospitalidad que los guatemaltecos les han brindado, arbitrarios y hasta crueles.

Así lo fueron por siglos los traficantes holandeses de esclavos, los colonialistas belgas en el Congo, los asaltantes vikingos por todo el Mar del Norte y el Mediterráneo, los asesinos en masa nazis tan favorecidos por los suecos que hicieron fortunas con el hierro y el níquel comercializados en favor de Hitler, o no menos esos suizos indignos de la tierra de Guillermo Tell que hasta intentaron quedarse con los depósitos bancarios de los judíos masacrados en Auschwitz y Bergen Belsen.

Aquí en este mundo, amigos de lo ajeno, todos nos conocemos.

Por lo tanto, esa descabellada iniciativa llamada CICIG, maquinada por Edgar Gutiérrez –colega mío en estas mismas páginas–, ex-miembro confeso del PGT y quien fuera Ministro de Relaciones Exteriores de Alfonso Portillo, a su turno el único Presidente de la República que ha confesado haber dado muerte a tiros a dos jóvenes desarmados y quien, por añadidura, asimismo el único mandatario nacional retenido en prisión en los Estados Unidos por lavado de dinero, fue  “legitimada” por otro personaje no menos singular, el Vice-Presidente de Oscar Berger, Eduardo Stein. Y por eso creo que el grave error de la CICIG es de la responsabilidad histórica primaria de esas cuatro figuras.

            Pero ha resultado que Iván Velázquez, por su parte, tampoco tiene nada de ingenuo, ni mucho menos de escrupuloso: al fin y al cabo, también ha sido propuesto como compañero de fórmula por el candidato terrorista a la presidencia de Colombia Gustavo Petro, dirigente hasta hace muy poco de la terrorista organización colombiana “Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC)”.

También por eso he llegado penosamente a la conclusión de que estamos aquí ante un caso más de colusión entre esos rufianes colombianos sigilosamente agazapados en el M-19 y las FARC, entre los que veo a Iván, y hacia quien, para mi gran sorpresa, han expresado últimamente su aprobación algunos miembros notables del sector productivo de Guatemala. Dios los cría y ellos se juntan…    

Y también de todo ello concluyo que gracias a esos tan frívolos “ciudadanos”, incluidos los repentinos “compañeros de ruta” del sector productivo del país, aunados, además, a algunas cancillerías europeas impertinentes, y entrometidas en todo lo guatemalteco, han concluido por sumergirnos a todos en ese golpe de estado técnico a la Constitución de esta República, con esa su tan notoria, repito, instrumentalización de la Corte de Constitucionalidad. Y, a través de ellos, de la no menos inconstitucional subordinación simultanea de la Corte Suprema de Justicia.   

¿Y no fue precisamente para ayudar a Guatemala en el sector “justicia” el pretexto para montar esta monstruosidad corrupta que ha resultado ser la CICIG?

¡Despierten, guatemaltecos!

(Continuará)

La Huida hacia adelante de Iván

LA “HUIDA HACIA ADELANTE” DE IVÁN

 

Armando de la Torre

 

            Como Nabucodonosor en su tiempo, también Iván en estos nuestros sabe leer los signos misteriosos en la pared.

            Pero a diferencia de aquel, huye despavorido hacia adelante, no hacia atrás, y así arremete contra Álvaro Colom y su Gabinete de Gobierno (aunque Sandra excluida), precisamente por saber leer los signos ominosos en una pared.  

¿Qué leyó, pues?        

Su cada vez más cercana caída junto a su babilónica CICIG.  

Porque tales misteriosos signos le recuerdan que Barack Obama y Hilary Clinton ya no gobiernan en Washington sino Donald Trump. Y que su diabólico paracaídas, el escurridizo Todd Robinson, suda y gimotea en Caracas rebajado a mero Encargado de Negocios ante el neurótico y grosero antiyankee Nicolas Maduro. Que su otro paracaídas de relevo, Thomas Shannon, ha sido retirado del Departamento de Estado. Y que Jimmy Morales acaba de regresar feliz y triunfante después de haber sido excepcionalmente bien acogido y agasajado en público en Washington D.C. por nadie menos que el mismísimo Trump a cuenta de su  gesto de trasladar la Embajada guatemalteca de Tel-Aviv a Jerusalén. Que el escepticismo europeo sobre la CICIG empieza a filtrarse hasta el gobierno de Angela Merkel, y en la misma proporción sus fondos en dinero sonante y constante se tambalean.

¿Y qué? Pues que los cimientos para su insolente prepotencia que lo lleva a inmiscuirse una y otra vez en los asuntos internos de Guatemala que en absoluto le competen, no se hundido hallado aquí sino muy lejos de estas costas, por ejemplo, en Washington D.C., o en Nueva York, o en Bruselas.

Y también de este lado de la ecuación en un grupúsculo de políticos en puestos claves de la USAC o del sector justicia como Edgar Gutiérrez, Gloria Porras o, en agrupaciones políticas desprestigiadas, tal el caso de Mario Taracena. Amén de esos lobos feroces vestidos con piel de oveja cual Daniel Pascual, del CUC, o Francisco Sandoval, de CODECA, y asímismo hasta de algunos ingenuos columnistas de opinión.  

La “huida hacia adelante” (“Flucht nach Vorne” en su idioma original) a la que me refiero ha derivado en una redada indigna contra Álvaro Colom para despejar ahora el camino hacia su blanco ulterior más urgente: Álvaro Arzú, y de esa manera protegerse por anticipado mediáticamente de la sospecha de seguir una agenda política exclusivamente de izquierda.

Para entender algo más a fondo la profunda crisis de Guatemala cuya expresión más dramática lo ha sido esa intermitente y atolondrada intervención neo-colonialista a la que tanto he aludido, y cuyas secuelas negativas lamentaremos por décadas, vale la pena reflexionar sobre otro fenómeno también identificable hoy entre algunos guatemaltecos: un complejo de inferioridad que me resulta obvio, y del todo injustificado, frente a todo lo extranjero.   

            Es un rasgo con frecuencia asociado con el hombre así calificado por Ortega y Gasset, de “masa”. Este último concepto a su turno precisa de una mayor clarificación:

            Hombre-masa quiso llamar Ortega a todo aquel sin la suficiente confianza en sí mismo para atreverse a diferir de los demás, en especial si son muy numerosos y más fuertes.

            Puede extenderse a cualquier hombre inteligente de cualquiera raza o nación, eso sí, incluidos hasta algunos muy bien instruido o portadores de un linaje ilustre. Pero, al final, siempre demasiado acomodaticios y poco dados argüir por su cuenta, ni aventurarse por un emprendimiento inusitado o riesgoso, que son, a su vez, las condiciones previas para la emergencia de caudillos despóticos y sin escrúpulos.

              También hasta de aquellos que pudieran ser considerado decentes, puesto que se comportan de acuerdo a los cánones sociales vigentes en la sociedad de la que forman parte. Así, por ejemplo, aconteció en los últimos cien años con tantos y reiterados liderazgos atroces.

En otras palabras, hombres-masa que, “como Vicente, siempre concluyen por sumarse a donde va la gente”.     

            Su opuesto son los hombres y mujeres, “selectos”, es decir, aquellos que primero deciden según su mejor y más leal entender, y se arriesgan a emprender hasta lo más desconcertante para otros. La confianza en sí mismos es su coraza más efectiva. Por supuesto, lo que implica no menos la virtud de la prudencia y la de saber oír consejos. Sin embargo, la responsabilidad por sus actos libres siempre la asume por entero, le hayan merecido aplausos o condenas. A tal independencia tozuda también se le conoce como “carácter”.

            El “carácter”, a su turno, es la esencia de aquello que popularmente llamábamos “hombría”. Y son ellos los grandes rompedores de moldes tras los cuales nos agolpamos los demás entusiasmados.

Guatemala, como cualquier otro conglomerado humano, siempre ha contado y contará con tales ejemplos señeros. Aunque el reconocimiento, con demasiada frecuencia, les haya llegado, y les continuará llegando demasiado tarde.   

Entre estos últimos aquí y ahora cuento a esos que sufren prisión por meses, y hasta por años, sin haber sido hallados culpables tras un debido proceso judicial y en violación de todas las normas constitucionales y ordinarias de justicia en todo el planeta.

Esa presencia de la CICIG he concluido por atribuirla a la ausencia de hombría en algunos actores políticamente poderosos que lo hubieran podido impedir desde su inicio de cuajo.  

En otras palabras, cuestión de principios, amigos.

De lo contrario, no olvides que siempre “mal paga el diablo a quienes bien le han servido”.

(Continuará)

Si usted todavía cree que la CICIG nos hace bien…

SI USTED TODAVÍA CREE QUE LA CICIG NOS HACE BIEN…

 

Armando de la Torre

 

            Moisés Galindo es un abogado que se especializa en la defensa de militares injustamente hostigados y encarcelados y en total violación de todo debido proceso penal posible.

            Tan solo tal rasgo de su especialización laboral lo hace blanco favorito para la furia ideológica del exterminador colombiano que nos vino a paralizar a muchos –no ciertamente a mí– incluidos además esos posibles inversionistas que tan urgente y desesperadamente necesitamos aquí para la creación de empleos.

Iván Velázquez, cuya mente enfermiza lo tiene transportado hipnóticamente y fuera de toda realidad a la Venezuela de Nicolas Maduro, también ha arrastrado consigo una vez más a su consorte política local, la por él previamente chantajeada Thelma Aldana.        

            Galindo ahora guarda prisión en silencio junto a otras más de doscientas víctimas de esa vesania obsesiva de Iván. Y todo, una vez más, en repetida violación de la presunción constitucional de inocencia de sus víctimas, como el tan llorado Flavio Montenegro, es decir, sin que todavía hubiese sido comprobada la culpabilidad de cada una de ellas por juez competente.

O sea, según ese extranjero, los constituyente chapines de 1985 se equivocaron de plano: ahora en Guatemala, a priori, todos hemos de ser tenidos por culpables mientras no probemos ser inocentes.  

            Para mí, aberración única en el mundo de hoy, y que nos lleva de regreso a la barbarie de muchos siglos atrás. Inclusive la aquiescencia de las autoridades judiciales guatemaltecas me recuerda las repugnantes acciones de sumisión de Herodes para con sus amos imperiales romanos a costa de su propio pueblo o, peor aún, en días menos remotos a los nuestros, la del noruego Vidkum Quisling, hacia quien simultáneamente le pisoteaba su patria otrora independiente, un tal Adolfo Hitler…

            Iván continúa acumulando pólvora para la explosión que lo expulsará de esta sufrida tierra y, muy de lamentar, junto con él a muchos más, por haberse comportado estúpidamente estos últimos como ciegos que guiaron a otros ciegos.

            Permítanseme otras acotaciones:

A Moisés Galindo no le han podido arrebatar su libertad personal pues se mantiene enteramente firme en sus convicciones. Tan solo lo han despojado por el momento de disponer de sus bienes y de moverse a voluntad. Pues cuatro paredes solo le son límites a su movilidad física, pero no a la digna aserción de los principios morales y jurídicos de su espíritu. Es más, él tiene por un honor el ser visto por Iván como pieza clave en la defensa de tantos otros que sufren injustamente prisión y, mucho más, por su férrea determinación con muchos otros de nosotros a liberar a Guatemala de este oprobioso ensayo neo-colonialista que se llama CICIG.

Encima, se mantiene firme en su caso acerca del respeto incondicional al secreto profesional que ha de regir siempre y sin excepciones entre abogado y cliente, y que le fue violado perversamente por la CICIG en un momento muy sensible: cuando la que había sido pareja sentimental de Byron Lima se presentó a su despacho para pedirle asesoría profesional en un caso de una propiedad discutida de un automóvil. Lo que no sabía él era que la tal posible cliente llevaba consigo una pulsera en la cual la CICIG había insertado ilegalmente una grabadora. Práctica usual del comisionado Iván que arrastra desde su nativa Colombia y sobre la cual nos había prevenido públicamente su connacional, el ex Presidente Álvaro Uribe.

Precisamente por algo similar, a otro Fiscal igual de venenoso, al español Baltasar Garzón, le fue impuesta por la Audiencia Nacional en Madrid una suspensión por once largos años de la práctica de la abogacía. Pero en la Guatemala de Gloria Porras, en cambio, eso le gana a Iván un apoyo incondicional por parte de la inepta y corrupta Corte de Constitucionalidad y de la no menos ídem Corte Suprema de Justicia, habituadas ambas como lo están a no cumplir ni siquiera con los plazos de ley, pésimos ejemplos para toda la judicatura del país. Pero, ¿no fue precisamente para curar tales prácticas infames que se ha  fabricado ese engendro único en el mundo llamado CICIG?

Al margen de esta nueva violación descarada del Derecho, la conversación de esa señora con Moisés Galindo se ciñó al tema de ese automóvil cuya propiedad había sido legítimamente trasladada al capitán Byron Lima en pago de una deuda personal de un tercero.

Esa escucha ilegal de conversaciones privadas, sobre todo entre abogado y cliente, ha sido vicio de siempre de esbirros despreciables. Y hasta hemos oído repetidas veces a Iván aludir en público a sus “escuchas” secretas, lo que se complementa con otro hábito suyo no menos ignominioso: la fabricación de pruebas. Y, aunado a todo esto, también la compra de testigos falsos por medio de promesas de reducción de penas. Tácticas, sea dicho de paso, que de igual manera empleó el Fiscal Yves Bertossa, en el Cantón de Ginebra, contra Erwin Sperisen, y que sumada a otras igual de perversas, le valió por la Corte Federal de Justicia la anulación del entero proceso seguido allá pero urdido aquí.

Entre nosotros, en cambio, parece aceptable o al menos de escasa importancia, a los ojos de nuestros magistrados de la Corte de Constitucionalidad y de la Corte Suprema.

¿Y acaso, precisamente por tanta ineptitud y corrupción evidenciadas tan repetidamente entre las máximas autoridades del “sector justicia” de Guatemala -como se transparentó asímismo en el caso aún no resuelto de otro hombre digno, Max Quirin-, que se pretextó la creación de la CICIG?…

(Continuará)

La Tiranía de los Jueces

 

 

Armando de la Torre

 

El martes 9 de enero publicó Phillip Chicola una aguda reflexión, como acostumbra, sobre el momento actual de la justicia en Guatemala, bajo el título: “El árbitro de última instancia dentro del sistema político”.  

Con respecto a esa observación querría recordar primeramente a mis lectores aquel concepto sui generis de los “Ilustrados” franceses del siglo XVIII sobre la “tiranía de los jueces”, contra la que reiteradamente reclamaron antes de la Revolución, y encabezados por Voltaire, que creyeron haber resuelto de una vez por todas con la Constitución de 1789 por ellos mismos redactada.

Por su parte, según parece sugerir Chicola, en Guatemala la tradición caudillista de otros tiempos derivó hacia una identificación del papel del ejército como último árbitro vigilante del poder político constituido. Y para ilustrarlo, se vale de un término recientemente acuñado para el léxico de la reflexión filosófica en torno a la política y los políticos por Samuel Huntington: el del “Pretorianismo”.  

Lo que a su turno se reduce a una alusión a la historia de la progresiva decadencia de la República romana, así como más tarde hubo de suceder lo mismo, y más cruentamente, con el Imperio, y siempre por la misma razón: la ascendencia en el poder público de un puñado de “pretores” o guardianes militarizados a cargo de la protección de la persona del César de turno.    

De estar en lo correcto Chicola, y siempre dentro del marco guatemalteco, los militares, por lo menos desde la revolución liberal de 1871, han fungido aquí a esa manera “pretoriana” hasta hace muy poco, en cuanto árbitros últimos capaces de poner o quitar gobernantes a su antojo, con lo que concuerdo en parte aunque la halle una interpretación demasiado simplista para mi gusto.

Porque del ejército profesional de Guatemala, es decir, de aquel derivado de las reformas liberales de la Revolución e iniciado y moldeado desde 1873 por Justo Rufino Barrios, sólo se podría decir que empezó a “pretorianizarse” de veras desde el gobierno del General Orellana cuando puso fin al prometedor movimiento unionista de su tiempo, y muy en especial otra vez desde la elección del coronel Jacobo Árbenz Guzmán, aunque en lo sucesivo entre matices alternativos de mayor o menor profesionalismo y de injerencia en la cosa pública hasta desaparecer este fenómeno del todo a partir de la Constitución Política de 1985.   

Aunque al precio del consiguiente desgaste de cualquier institución (que no sea el Poder Legislativo) que se haya tornado progresivamente “partidista”, léanse, también la USAC, las confederaciones gremiales de todo tipo tanto las de los asalariados (sindicatos) como las de confederaciones patronales (CACIF), o aun la misma Iglesia.

Pero también, según se desprende de lo dicho por Chicola, ahora ese supuesto gobierno “pretoriano” en las sombras se ha desplazado ilícitamente hacia la Corte de Constitucionalidad, pero en cuanto idea que plenamente comparto como de algo verdaderamente insólito y hasta monstruoso.  

Por otra parte, el domingo 7 de enero también leí otro serio artículo de opinión de Cesar García que lo intituló: “El valor de la coherencia”, el cual creo poder utilizarlo como respuesta a otro no menos enjundioso, aunque algo burlón, de Ítalo Antoniotti, del 10 de enero, y que contradice en parte, probablemente sin saberlo, lo afirmado por Cesar García. O sea, precisamente, este último sin esa coherencia como principio moral absoluto a la que había aludido García.

Todo ello armonizado me permite entender un poco mejor lo trágico de esa “pretorianización” de la Corte de Constitucionalidad, verdaderamente eco deplorable de aquella tiranía consuetudinaria de los jueces de antaño.  

Un ejemplo: la Magistrada de esa Corte, la licenciada Gloria Porras, inconstitucionalmente se auto recetó un “bono revolucionario” en el mes de octubre del 2016 (y que después hizo extensivo a los otros cuatro Magistrados titulares así como a los cinco suplentes y al resto del personal con el obvio propósito de ganarse su apoyo) pero que fue denunciado por dos de sus colegas honorables en cuanto una violación a la Constitución vigente y un abuso injustificable en el manejo del presupuesto asignado a la Corte.

Tal actuación permaneció impune porque la Contraloría de Cuentas, a su turno, tampoco cumplió con su deber constitucional de hacer el reparo respectivo.

Más tarde, esa misma Magistrada se arrogó de nuevo inconstitucionalmente el poder de inmiscuirse en la conducción de la política exterior del país que la Constitución vigente reserva con exclusividad para el Poder Ejecutivo, cuando este último había decidido declarar, con todo derecho, “persona non grata” al abusivo Comisionado de la CICIG, Iván Velázquez.

De paso ya había mostrado doña Gloria su quasi-analfabetismo económico con su disparatada orden de cierre de la mina “San Rafael”, que dejó sin empleo y sin sustento a 17,000 familias campesinas. Un buen curso del contemporáneo “análisis económico del Derecho” le vendría profesionalmente como anillo al dedo…   

 Y así se ha revelado ella como una tuerca más de ese engranaje “tiránico” montado por Iván, con el respaldo de los extranjeros enemigos de Guatemala de siempre (y de algunos acólitos locales), como por ejemplo esa vociferante representante por el Partido Demócrata de California, Norma Torres.

Todo muy parecido a aquella muy corrupta persecución penal de Erwin Sperisen organizada desde aquí por Claudia Paz y Paz y Francisco Dall’Anese y ejecutada servilmente en el cantón de Ginebra por su “compañero de ruta” Yves Bertossa.

¿Acaso también ya se nos olvidó que la Secretaria General del Ministerio Público, Mayra Veliz, encabezó las manifestaciones de masas para impedir que se izara la bandera nacional nada menos que el día conmemorativo de la Independencia y en la Plaza llamada “de la Constitución” para mayor sarcasmo?

La “tiranía de los jueces” ha regresado a Guatemala, o sea, un retroceso judicial de más de dos siglos que ha acabado por “pretorianizar” la Corte de Constitucionalidad.

Gracias, Iván, por ese tu nefasto aporte a lo mismo. Algún día lo habrás de pagar, o en suelo guatemalteco o en el colombiano que te vio nacer.

Sea dicho de paso, ¿a qué vino entonces celebrar una vez más la Independencia el pasado 15 de septiembre?…  Por simple incoherencia, amigo César.   

(Continuará)