¿Para què una Semana “Santa”?

¿Para qué una Semana “Santa”?

Por: Armando de la Torre

Ciertamente no para que los estudiantes universitarios de cualquier parte del mundo puedan tener un desenfrenado “spring break”. Tampoco para que nuestros asalariados gocen de una pausa en la playa; ni siquiera para que algunos turistas disfruten con la piedad ajena de quienes cargan imágenes en procesiones coloridas y vistosas.

La Semana “Santa” consiste, y ha consistido siempre, en una conmemoración afectiva del evento más trascendental de la historia: el “linchamiento” por parte nuestra del Verbo hecho carne. Burla cruel del hombre caído ante la inocencia expiatoria de Jesús de Nazaret.

Es una semana, por tanto, para una mayor intimidad con nosotros mismos. Toda una semana para reflexionar, siquiera por momentos aislados, en torno al evento cumbre de toda la Creación: nuestra inmerecida redención por el sacrificio de quien se hizo Hombre para servirnos de cordero expiatorio y de ideal ético para el así redimido.

En aquellos días previos a la Pascua judía del año 29 de la era hoy universalmente común, ocurrió tal portento: el cierre definitivo de mil ochocientos años de profecías y alusiones simbólicas proferidas por los atormentados profetas del pueblo semita escogido por El: Israel, desde aquel primer atisbo entre miedos y temblores de un patriarca llamado Abraham. La culminación la constituyó ese remoto heredero suyo,  nacido en Belén de Judá en tiempos del primer emperador romano, Octavio Augusto.

Acontecimiento único, inaudito, sin posible paralelo a lo largo de estos cuarenta mil años de historia que llevamos a cuestas desde que emergió el primer hombre Cro-Magnon.

Eternamente irrepetible. Punto final a todos los sacrificios de animales en el Templo de Jerusalén, porque con Aquel sacrificado cesó toda otra necesidad de algún sacrificio expiatorio.

Ejemplar, además, para todos los que intentamos, sin mucho éxito, seguir sus pasos. Suprema lección de que lo que más vale entraña un mayor costo, sólo que en este caso único la factura fue pagada íntegramente por ese mismo Uno.

Revelación, encima, totalmente inesperada por la mera razón del hombre.

Recordatorio, de paso, utilísimo de la suprema importancia que juegan los principios en la conducta justa al largo plazo.  Pues aquella generosísima entrega a la voluntad del Padre le fue connatural, como también debería serlo para nosotros. El solo tema a meditar durante esta semana merecidamente llamada “Santa”.

Un llamado estremecedor a nuestros corazones, a nuestro sentido del deber, a nuestra hambre de justicia, a nuestra compasión, como ninguno otro.

Una certeza para nosotros de una eternidad plenamente feliz, sin pausas, porque está fuera del tiempo, y sin arrepentimientos porque beberemos de la fuente de gozo inexhaustible. Nuestro inmerecido premio por la cruz de Jesús el Cristo, nuestro Mesías. El Misterio más allá de todo misterio, la Verdad más allá de toda verdad, la Bondad más allá de toda bondad, la Belleza que tanto hizo llorar a San Agustín de Hipona por haberla conocido “tan tarde”.

La Semana de todas las semanas.

Son los días óptimos para contemplar y pedir mil, diez mil, cien mil perdones…

La Semana máxima para el propósito de la enmienda, cualquiera que sea. La Semana de la reconciliación con el hermano o el amigo herido. La Semana apropiada para la gratitud sin fronteras, sin razas, sin etnias, sin clases sociales. La Semana, por lo menos esa Semana, de la reconciliación universal.

La Semana, siquiera esa, cuando vivimos la verdad de que “mejor es dar que recibir”. Cuando secamos nuestras lágrimas para enjugar las ajenas. Cuando reconocemos nuestros errores y agradecemos las verdades del otro. Cuando regresamos a ser niños de nuevo, como le recomendó Jesús a Nicodemo. El tiempo ideal para todas las bienaventuranzas, ese que concentra en un instante toda la bondad posible de una entera vida…

¿Y nos aturdiremos en el entre tanto? ¿Utilizaremos esos pocos días para el olvido de nuestras deudas y de nuestros deberes? ¿Despilfarraremos las horas en el alcohol o en la cocaína? ¿Perjuraremos y engañaremos, incluso al ritmo de más carcajadas, que durante otros “fines de semana”? ¿No nos detendremos en nuestros afanes para consagrar unos minutos al recuerdo reverente del mayor de los heroísmos y la más esperanzadora de las promesas? ¿Hemos devenido al final tan inconscientes?…

Vivamos, más bien, al máximo la más esplendorosa de las noticias: ¡Cristo ha resucitado!

Que eso solo nos baste para esta Semana…

 

 

 

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