Patria, terrena y celestial

Patria, terrena y celestial.

Por: Armando de la Torre

¿Qué es para ti “patria”?, pregunté a mi amigo francés hace años, a comienzos de la  globalización. “Dondequiera me halle a gusto”, respondió. 

Así entendida, patrias hay “provisionales”, cual lo entraña la condición humana, y la hay  definitiva, que a todos espera según nos lo revelan los Evangelios… Punto, por cierto, muy apropiado sobre el que meditar en este tiempo de Adviento.  

Toda patria, de tejas abajo, se hilvana de figuras que impactan nuestra memoria colectiva. También de traumas, pero sobrellevados juntos. Y de esos instantes preciosos que hacen nuestro peregrinar más llevadero. Incluso de lenguajes  para los que no requiramos de traductor. Sin olvidar tampoco tantas esperanzas compartidas, tantos proyectos comunes…

La juventud en especial está urgida de parámetros que admirar.

La guatemalteca no ha de ser menos, aunque hoy algunos la sobrelleven con cierta indiferencia. Son los nombres y apellidos que  mantienen ante nuestros ojos sin pausa los medios masivos de comunicación, empeñados en subrayar los ejemplos no gratificantes sino los casos que más nos repugnan.

Sé que no es dable atribuir  al mensajero  lo desalentador  del mensaje.  Sin embargo, también creo que ya es hora de que cambiemos el rumbo, y de que  desplacemos el acento crítico hacia quienes hacen que valga la pena vivir sobre este suelo: hacia la bondad, por ejemplo,  de tanta de su gente, hacia su legado monumental, lo espléndido de su naturaleza circundante y hasta hacia los héroes y heroínas anónimos que nadie canta.

            Ahora que salgo del otoño de mi vida para entrar  a su inevitable invierno, retengo aún, agradecido, entrañables recuerdos de mis andanzas  por estas tierras que otrora acogieran tan generosamente a mi coterráneo, José Martí.

          

Paso revista mental, y al azar me surge la imagen de Juan José Arévalo, anciano modesto, cortés, sabio de sinsabores y traiciones, con el texto en la mano de su todavía inédito Despacho Presidencial, que venía a someterlo a la aprobación de la editorial recién fundada por un grupo de amigos, y gerenciada por el dinámico y visionario Santos Pérez, Rector entonces de la universidad Landivar.

            O la del por mí tan admirado  Rodolfo Herrera Llerandi, puntual, risueño, disciplinado, exigente, y con sus ojos relucientes de su esprit de finesse.

            Y  la de don Salvador Aguado, el erudito sentencioso, el maestro de maestros, el aguijón brillante que supo despertar en tantos adultos la curiosidad por las riquezas de la literatura universal.

            O la de aquel caballeroso Jesús Amurrio, inmutable, respetuoso de todos, tolerante de quienes disentían de sus juicios de valor, que volcaba con tanta sencillez y claridad en sus disertaciones sobre ciencia y filosofía políticas.

            Y, por supuesto, la de Manuel Ayau, la columna vertebral del espíritu liberal contemporáneo  a nivel de las Américas, en ocasiones burlón, siempre genial  y revolucionario, y de una generosidad  humana inaudita  y sin límites.

            Así como la de aquel Jorge Carpio, eterno soñador con lo imposible, o las de aquellas  grandes personalidades del mundo empresarial, Alberto Habie, Luis Canella, Ramiro Castillo Love, Tomás Rodríguez Briones, y demás meritorios prohombres de la creación de empleos. Por no explayarme sobre los santos laicos  de esa época, Imrich Fischmann, Luis Beltranena Sinibaldi, Francisco Bianchi, Renán Quiñonez,  Rodolfo Cofiño, Elisa Molina de Stahl,  y más aún sobre aquellos religiosos por votos perpetuos a los que su humildad resguardó invisibles al gran público, como el Padre Mariain, santo vivero de jesuítas santos, o el pacientísimo hermano salesiano Joe Keckeissen, el sorprendente portavoz de la “escuela austríaca de economía” entre nosotros.

            Y ¡cómo olvidar las plumas estimulantes de César Brañas, David Vela, Irina Darlée, Margot Alzamora, Emilio Maza, Pedro Julio García… y de tantos otros creadores ya idos!

            Y en contraste con el panorama actual de la vida pública guatemalteca, recuerdo  las siluetas gigantes al servicio desinteresado de los demás de un  José Azmitia, o de un  José Mata Gavidia, un Alberto Herrarte, Jorge Arias de Blois, Enrique Peralta Azurdia, Arturo Herbruger, Jorge Lamport, y hasta de ciertos equivocados respetables como Manuel Colóm Argueta, Alfonso Bauer Paiz, Mario Solorzano, y el inimitable y  talentoso artista Marco Augusto Quiroa. 

            Bajo el cielo de Guatemala, se han dado, pues, prominentes conjunciones de ramilletes de flores integrantes de la entera condición humana. He sido y soy testigo de tanta hermosura y fragancia. Y contemplo con gozo el emerger de colores nuevos.

           Por eso  Guatemala  es verdadera “patria” para mí.  

            ¿Y la celestial?

            Básteme, esperanzado, la realidad de su promesa cuando a ella me haya mudado.

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