Patriotas de días nublados

 

En primer lugar, destaca entre ellos la figura de Rodrigo Rosenberg.

 

En el segundo, nos son héroes en estos días nublados los
jóvenes espléndidos que han organizado las manifestaciones de los
últimos días sin apenas recursos y en su escaso tiempo libre de
verdaderos estudiantes.
 
En el tercero, esa gran mayoría silenciosa de los
guatemaltecos que trabajan disciplinadamente, cumplen con sus
contratos, cuidan de sus hijos y no se venden por una bolsa  de esa
“cohesión” social que Doña Sandra regala a discreción suya, con el
dinero nuestro.
 
En el cuarto, los medios escritos y radiales masivos de
comunicación que han mantenido a la población informada y que no han
sido parte del silencio cómplice que le compraron los diputados al
monopolista de la televisión abierta, Ángel González, el día que le
redujeron sus impuestos.
 
En el quinto, todos aquellos que han hecho pública su
indignación, movidos por el hambre y la sed de justicia que algún día,
espero, les serán saciadas, a pesar de las bravuconadas y
provocaciones del Presidente y su esposa.
 
Pero que no esperen un gesto digno de entre los
conductores de BANRURAL señalados por Rodrigo, ni tampoco del
Procurador General de la República, ni de los diputados de la UNE,
cuanto menos del Presidente del Congreso, y se evitarán así desengaños
ulteriores.
 
El choque del presente no es entre clases sociales, ni de
partidos políticos, ni de ideologías, ni de grupos de presión. Es un
choque, llanamente, entre dos lados de una misma naturaleza humana: la
decencia más elemental y la desvergüenza más descarada. A esto nos ha
acostumbrado la “democracia” electorera y su cauda habitual: gobiernos
ineptos, voraces y clientelistas, según el triste dicho “el tiburón se
empapa pero salpica”…
 
Es un fenómeno casi universal porque así se transparenta
la condición humana cada vez que queda expuesta a incentivos perversos
como los que entierra la mayor parte de las legislaciones vigentes.
 
La dimensión ética en la vida pública la hemos sepultado
de hecho entre todos de la mano de innumerables Maquiavelos. También
en las iglesias, en los sindicatos, en los gremios empresariales,
profesionales y académicos.
 
Eso se ha revelado en las diferentes vivencias históricas del
“Terror”, el inquisitorial, el  jacobino, el anarquista, el de los
socialistas de izquierda y derecha, o el de los cárteles de los
vicios…
 
¿Cuándo aprenderemos que la conducta individual responde a las reglas
que previamente hubiéremos internalizado? ¿Cuándo aceptaremos que
ciertas virtudes como las que necesitamos para respetar el derecho
ajeno, tales la veracidad, la honradez y el control de sí mismo,
también en la vida pública tienen su peso decisivo?
 
Por “patria” entendieron los romanos la fidelidad a la herencia de sus
padres. Por ella, “dulce et decorum est propatria mori”, dulce y
hermoso es morir por la patria.
 
En el mundo globalizado y mestizo de hoy el concepto se ha
transformado: “patria” es más bien lo que habremos de mejorar en
nuestra herencia antes de pasarla a nuestros hijos.
 
Las personas decentes construyen patria; las desvergonzadas la destruyen.
 
El poder coactivo que tiende a depravarnos seduce al corto plazo, o no
contaríamos con  tantos depravados en la vida política.
 
La voluntad de servir, en cambio, al largo plazo ennoblece, o no
serían los íntegros tan inspiradores.
 
A finales del año 1776 la causa de la independencia de las colonias
inglesas en América parecía perdida. Un expatriado, Thomas Paine,
arremetió por escrito contra los “sunshine patriots”, aquellos que se
dicen “patriotas” sólo cuando brilla el sol. A sus palabras,  los
ánimos decaídos de los independentistas reaccionaron, y reanudaron su
lucha de días nublados hasta la victoria.
 
Aquí se trata ahora de un enérgico regreso a ese espíritu de
patriotas en días marchitos.
 
Rodrigo Rosenberg nos lo acaba de confirmar con su muerte.

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