“Paz firme y duradera”…

“Paz  firme y duradera”

Por: Armando de la Torre

            …nos prometieron mendazmente los políticos aquel 29 de diciembre de 1996.

            El acicate para esta reflexión mía me lo proveen repetidas columnas de prensa del psicólogo Raúl de la Horra en elPeriódico, el último de los cuales, bajo el título de “Vergüenza” fue publicado el pasado 12 de junio. Lo escribió de un tirón, sin puntos ni comas, como para dar a entender que el desorden nacional que tanto le deprime no merece un comentario con el orden ni siquiera de su habitual sintaxis castellana.

            Lo comprendo.

            Aunque probablemente no compartamos las premisas que nos llevan a conclusiones iguales.

            Para mí, la raíz última de este deplorable hoyo ético colectivo en el que estamos sumidos en nuestra vida pública es de carácter ético. Resumido al máximo, diría que es el principio universalizado entre nosotros de que el fin justifica los medios. De una postura tan simple se derivaron aquellos “acuerdos” políticos, que no jurídicos ni mucho menos morales, sobre los cuales se afirmó la promesa mentirosa que encabeza esa nota.

            La gente tiende a ser cortoplacista y, por lo mismo, aficionada a improvisar a tontas y a locas sin miramiento para los posibles efectos al largo plazo. Héctor Rosada, Gustavo Porras y, manejando los hilos tras el telón, Eduardo Stein, aspiraron a plenitud en aquel entonces las fragancias del triunfo. Mediatamente, también Vinicio Cerezo, Jorge Serrano, Ramiro de León y Alvaro Arzú se pudieron congratular a sí mismos de su miope gesto del apaciguamiento.  Pero desde entonces la realidad no cesa de pasarnos factura. Y, sin embargo, no parecemos entenderlo aún.

            Aquel violentamiento de las normas más elementales de la convivencia civilizada que fueron los treinta y seis años de sedición intermitente barrieron con todos los únicos criterios sobre los que podría haberse erigido un genuino Estado de Derecho.

            Los tales “acuerdos”, inconstitucionales, nocivos e innecesarios han sido la causa de que Guatemala se halle hoy de rodillas ante el salvajismo. Lamentablemente, la impunidad que tales acuerdos garantizaron a los delincuentes de ambos bandos también la ha ampliado hasta ahora la crítica histórica criolla a los responsables que mencioné más arriba. En consecuencia, toda una generación de jóvenes ha crecido a la sombra de la deformación moral, intelectual y social derivada de los mismos. Y después nos preguntamos el por qué de nuestro Estado fallido.

            Es verdad que nuestro país todavía cuenta con una amplia reserva moral en la mayoría silenciosa de sus ciudadanos y en algunas figuras públicas entre las que sobresalen mujeres que dejan a muchos hombres a nivel de pigmeos morales. También es verdad que se inquieta una juventud espléndida que quiere cambiar desde las consciencias de los individuos el actual orden de cosas. Pero ni la una ni la otra han podido penetrar lo suficiente a través de las torcidas reglas del juego político que nos impone la Constitución vigente de 1985.

Todos los intereses creados a su sombra reaccionan con ferocidad ante cualquier intento, por inteligente y bien informado que sea, de retirarle la razón de ser a sus privilegios. Lo acabamos de ver en sus reacciones frente a una sensata propuesta de reformas a la Constitución presentada al Congreso por setenta y tres mil ciudadanos. Elocuentemente, los mismos que se han opuesto a ese intento de reformas son quienes aprobaron entusiastas aquellos disparatados “acuerdos de paz firme y duradera”. Muchos siguen sin caer en la cuenta de que las hodiernas tempestades se remontan a aquellos vientos ante los que capituló el Estado. ¿O será que más bien no quieren entenderlo?

            Marx sostuvo que lo que él llamaba “superestructura moral” se da en función de la estructura “material” que le subyace. Hace ya poco más de un siglo Max Weber, en su célebre análisis sobre La Etica Protestante y el Espíritu del Capitalismo, ofreció la primera refutación de tal aserto.

Pero buena parte de los forjadores de criterio desde las cátedras universitarias o los púlpitos de ciertos templos no parece haberse enterado. Y han arrastrado consigo a la masa de los “pragmáticos”. 

 

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