PENSANDO EN VOZ ALTA…

PENSANDO EN VOZ ALTA…

 

Armando de la Torre

 

            Durante una casi ya asfixiada y muy corta campaña electoral en Guatemala, me permito hacer un pequeño aporte heterodoxo pero al mismo tiempo desinteresado.

            Hay puntos de vistas de particular importancia que siempre he querido ver debatidos a nivel nacional y que rara vez lo han sido públicamente. Haciendo uso de mi derecho humano, que no político, a la libre expresión, me permito hoy excepcionalmente someter al escrutinio público algunas ideas no muy populares entre los aficionados a todo lo colectivo:

1.      Que se privatice el subsuelo del entero país.

Para algunos, pienso, esto les podría sonar a blasfemia social; para mí, en cambio, el equivalente a un espléndido salto liberador. Porque lo que predomina hoy en nuestras repúblicas iberoamericanas al respecto lo creo más bien un atraso propio de nuestro simplismo político. Me explico:

Ese monopolio del subsuelo por el Estado lo entiendo como un anacronismo que heredaron nuestros forjadores de repúblicas independientes al sur y al oeste del rio Misisipi hasta el estrecho de Magallanes, resultante de la codicia imperial de los Habsburgos de los siglos XVI y XVII. Pues les interesaba sobremanera a aquellos poderosos colonialistas de entonces la plata y el oro del subsuelo americano, como también hubo de ocurrir más tarde, en plena Belle Époque, con los colonialistas belgas del África bajo Leopoldo II, hambrientos no menos de la enorme riqueza que de pronto supuso la invención del caucho para las fértiles selvas del río Congo. O como había ocurrido también ya en el siglo XVIII con los ingleses y su conocido monopolio forzado del té cosechado en la India y en Ceylán.  

Pero los efectos sociales de esos gigantescos saqueos colonialistas no pudieron ser a la larga peores: la esclavitud de sus pobladores, los despojos crueles y arbitrarios en masa, tortura y mutilaciones hasta de menores de edad y violaciones en proporciones dantescas a los derechos humanos de todo nativo.  

Algo semejante pero en proporciones menos extremas y odiosas, hubo de ocurrir entre nosotros durante los primeros tres siglos de la colonización ibérica en América, resultado de las enfermedades y epidemias que nos trajeron los conquistadores y para lo que las poblaciones indígenas de nuestro tiempo no estaban en lo absoluto preparadas. Todo esto, también, al mismo tiempo, la raíz de nuestro subdesarrollo en el continente al que se ha dado en llamar más recientemente “el continente de la esperanza”.

Y así cada una de nuestras oligarquías nacionales también se ha beneficiado ávidamente por turnos de ese antojo imperial sobre el subsuelo. Más aún, hasta entre ellos creo reconocer esos pseudo revolucionarios del “socialismo del siglo XXI”. Por ejemplo, ese que al momento presente devasta a Venezuela, o el mismo que ya había arruinado a la próspera Cuba medio siglo antes.              

De ahí se sigue que lo más apropiado sería que cada gobierno dependa exclusivamente de los aportes de sus contribuyentes, y no al revés: que los ciudadanos dependan por entero de los aportes del gobierno.

Porque la común premisa de todos estos últimos es aquel mismo del Mussolini nacional socialista: “Todo dentro del Estado; nada fuera del Estado”, la perfecta receta para toda dictadura totalitaria del siglo XX.  

Y de tal manera no se ha dado despotismo alguno a lo largo de la historia de nuestra América latina que no se haya erigido sin su dominio exclusivo del subsuelo, en particular en aquellas áreas semidesérticas poco propicias a la agricultura como en el Perú, Chile, Bolivia o el norte de México, incluida también toda esa franja que fue hispana hasta 1836: California, Texas, Arizona y Nuevo México.  

Y así todos nuestros gobiernos civiles o militares se han aprovechado del monopolio del subsuelo: del níquel cubano, del cobre chileno, del oro del Perú, de la plata y el estaño bolivianos, del petróleo venezolano, del carbón brasileño o del hierro argentino. Todo ello, el verdadero tesoro escondido de tantos dictadores militares o de tantos déspotas civiles, ya fueren conceptualizados  ideológicamente de la “derecha” o de la “izquierda”. Ese es precisamente el modelo que creo nos urge sobremanera romper para siempre.

Porque el resultado inevitable es que los gobernantes, a través del control del subsuelo, se independizan de los impuestos de sus contribuyentes apoyados en la riquezas mucho mayores del subsuelo que ellos han tenido la astucia de monopolizar.

2. Tampoco creo que jamás se deberían aprobar por el Congreso presupuestos anuales deficitarios, salvo en las muy raras ocasiones de catástrofes naturales muy cuantiosas. Porque con tal déficit se contribuye decisivamente al incremento de la deuda externa per cápita de cada nación-Estado, que a su turno termina por tornarse en una deuda impagable y en una amenaza permanente de extorsión por parte de cualquier acreedor poderoso. O como lo supo formular entre nosotros en una ocasión Juan José Arévalo: “Me rehúso a recibir ayuda económica del extranjero porque con una mano la recibo y con la otra entrego nuestra soberanía”.

3. Encima, creo que se debería suprimir de una vez por todas el oneroso impuesto sobre la renta, introducido entre nosotros bajo el gobierno de Peralta Azurdia y por presiones del Departamento de Estado de los Estados Unidos, y que en verdad solo aporta escasamente un 18% para el gasto público, pero que desalienta en proporciones mucho mayores las inversiones privadas generadoras de más empleo y riqueza para todos los guatemaltecos.

4. Estimular la creación por parte de padres de familia de centros educativos privados de los niveles desde el preescolar hasta el posuniversitario. Porque está visto que solo en el sector privado los padres de familia pueden retener una voz determinante, y no los burócratas del Estado o esos sindicalistas corruptos y haraganes hambrientos de poder político y de incrementos salariales. Al fin y al cabo, a los padres de familia habría de reconocérseles la prioridad de las decisiones últimas sobre la educación de sus propios hijos.

5. Suprimir los aranceles y abrir de par en par las puertas a la libre competencia del mercado internacional, aunque todos nuestros demás socios comerciales no lo hagan. Ya sé que ante esta propuesta pondrán el grito en el cielo todos los que históricamente se han parapetado tras las aduanas para poder lucrar al menor esfuerzo y con el menor número de competidores posibles. La raíz de esa propensión proteccionista tan execrable como oligárquica.

6. Llevar a cabo las reformas a la Constitución propuestas en el 2009 con el apoyo por escrito de setenta y tres mil ciudadanos y que el pleno del Congreso, en abierta violación a la Constitución vigente, se negó a discutir.

Ellas incluían, entre otras muchas propuestas sensatas, la de la revocatoria de cualquier funcionario público, incluido hasta el Presidente de la República, tras dos años en el ejercicio de sus funciones, y un sistema bicameral constituido por un Senado y una Cámara Legislativa. El Senado principalmente tendría la responsabilidad de oficializar normas del Derecho Privado, así como la designación de magistrados para las Cortes y el nombramiento de nuestros representantes en el exterior. En tanto que la Cámara de diputados se ocuparía preeminentemente de las normas de Derecho Público incluidas las de la aprobación exclusiva del Presupuesto Nacional.

Pero se me acabó por hoy el espacio. Todavía una exhortación última: Sapere Aude“atrévete a saber”…

Continuará

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