Populismo y Democracia

Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales

Antigua, Guatemala, agosto del 2009

 

“Populismo” y “Democracia”

(PONENCIA)

Por: Armando de la Torre

              Permítaseme una exposición muy breve del contraste que de entrada discierno entre democracia y populismo.

              Una diferencia primera la veo en que democracia, en cuanto sistema para determinar quiénes han de gobernar, se ha probado que funciona sólo si los hombres y mujeres independientemente de los gobernantes ya son capaces de gobernarse a sí mismos.

Lo que se suele identificar como “populismo”, en cambio, se da en la presencia de masas de electores que en lo individual no han sabido, o no han podido, fijarse para su propio desarrollo metas factibles y escoger los medios más idóneos para llegar a ella, en una palabra, que escasa o ninguna experiencia han tenido de autogobierno, como sucedía, por ejemplo, en Roma con los “libertos” o con los campesinos sin tierras que emigraban a la ciudad a la espera de “panem et circensem.

              Ya la democracia ateniense cuatro siglos antes de Cristo hubo de enfrentarse a este fenómeno que hoy llamamos “populismo.

Alcibíades les sirvió de arquetipo.  Genial, carismático, elocuente y hasta galán, pero inescrupuloso y narcisista, repetidas veces traicionó a quienes le habían sido leales. Supo, sin embargo, otras tantas ganarse el perdón de los ofendidos que no podían sustraerse a su encanto personal. Nadie menos que Platón se inspiró en su ejemplo para el diseño de su famoso perfil despectivo del “hombre democrático”.

En Roma, Cicerón hubo de hacer frente a su turno a ese mismo fenómeno populista, esta vez en la persona de un “golpista” en ciernes, Catilina, a mediados del siglo uno antes de Cristo (1)

              El “populismo”, tal como se entiende hoy corrientemente en Iberoamérica –o al menos lo ha sido durante los últimos años- en cuanto halago deliberado de las masas y compraventa de sus votos con la moneda de promesas cuestionables lo considero, al largo plazo, siempre incompatible con la plena vigencia de una democracia republicana constitucional.

              Para este juicio tan negativo parto en primer lugar de la visión normativa griega de la política como la “ciencia regia”, o sea, como la culminación de la vida ética de la comunidad política en su conjunto, del todo opuesta a esa otra maquiavélica a la que estamos más acostumbrados de la justificación moral del poder por el poder mismo.

O sea, que entiendo la política como actividad eminentemente racional y ética a partir de principios éticos igual de racionales.

              Por democracia, a su turno, concibo todo gobierno que cuente con el consentimiento mayoritario de los gobernados, expresado el tal consentimiento en elecciones generales periódicas por el voto igual y secreto de cada uno de los llamados a elegir (la alternabilidad en el poder público tenida por supuesta).   

              Más allá del voto mayoritario para decidir quién gobierna en un sistema democrático representativo entraño en mi concepto de democracia el de republicanismo”, es decir, el de la división y separación de los poderes que gozan del monopolio legal de la coacción, y con delimitación expresa de sus facultades respectivas por una Constitución escrita o consuetudinaria, de tal manera que se reduzcan al mínimo las posibilidades de abuso del poder por cualquiera al transgredir los límites que les están fijados.

De esta manera se ha arribado al logro de gobiernos “de leyes e instituciones”, no de las voluntades arbitrarias de individuos legalmente poderosos.

              Quien primero señaló la importancia de una genuina separación de poderes para el ejercicio republicano fue el historiador griego Polibio (2), quien creyó descubrir en ella una auténtica concordia ordinum, raíz, según él, de la estabilidad triunfante de la Roma de su época.

En aquella concepción de Polibio tal “concordia” equivalía a la presencia simultánea en el poder estatal del elemento monárquico (los cónsules), del elemento aristocrático (los senadores) y del elemento democrático (los tribunos).

              Se anticipó así por muchos siglos a la sabia advertencia producto del estudio de la historia por Lord Acton: “El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente (3).

              El objetivo inmediato de esta interpretación republicana de la democracia se ha resumido desde la segunda guerra mundial crecientemente en la protección y salvaguardia de los derechos humanos (o “civiles” en la tradición anglosajona), cronológicamente primero los de los ciudadanos, hoy los de todos, ciudadanos o no, referidos muy especialmente a quienes integran minorías raciales, religiosas, o políticamente heterodoxas.

Polibio, hijo de su tiempo al fin, compartía la tesis generalmente aceptada entre los griegos de que en el recurrente abuso del poder el mismo empieza por degenerar en un único hombre (el monarca que deviene en tirano), se repite por el conjunto de unos pocos (los aristócratas que se corrompen en oligarcas), y culmina hasta en una mayoría de los ciudadanos (los “demos” de la terminología griega), la “plebs en el caso concreto de Roma (4). Llegado a este punto caótico, las mismas reclaman un salvador (a caballo o en tanqueta) y el ciclo se inicia de nuevo ineluctablemente.

De ahí la originalidad para Polibio de que los diferentes centros independientes del poder se complementaran y fiscalizaran recíprocamente al mismo tiempo, la clave, para él, de un republicanismo logrado.

Los jueces y pretores, así como sus respectivos jurisconsultos, no sobresalían en este horizonte republicano con un adicional poder independiente simplemente porque la misma tradición republicana lo daba por supuesto.

Todos sabemos que esa admirable república de los romanos empezó a ser erosionada con la reforma agraria de los hermanos Gracco el 133 antes de Cristo, y que a ella siguieron otras más violentas que hubieron de dar al traste, tras un siglo de guerras civiles, hasta con la misma república (5).

Al final quedaron concentrados en unas mismas manos esos poderes independientes antes dispersos, las de la persona del emperador Augusto (en el 31 antes de Cristo). La ulterior eliminación definitiva del Senado romano del proceso de sucesión imperial a la muerte de Tiberio (en el 37 A.D.) selló para siempre la decadencia y muerte de la república.

Cuando poco más de tres siglos después fue asesinado el último emperador a manos de los bárbaros (A.D. 476), parafraseando a Sir John Hicks, “lo que murió fue un fantasma”.

Durante los mil años subsiguientes a las invasiones de los bárbaros germánicos, de entre los jirones de lo que pudiéramos llamar residuos” medievales de un pasado democrático romano (y que cimentaron la Europa que hoy conocemos), sólo podrían ser rescatados como muy modestamente equiparables la institución del jurado en la impartición de la justicia, los respectivos derechos imprescriptibles a la tierra de señores y siervos de acuerdo al derecho consuetudinario (parte esencial del “ius communeeuropeo), y el reemplazo de la “virtud” patriótica, también en nuestra tradición hispánica, por la defensa de los “fueros” o “libertades” de las comunidades ante las autoridades feudales (6).

              Con el redescubrimiento del derecho positivo romano en Bolonia, a principios del siglo XII, y su paulatina recepción por casi todo el continente hasta el XVI, aquellos últimos vestigios democráticos apenas fueron retenidos en ciertos “Parlamentos” (Inglaterra, Islandia, Hungría, Polonia…), de índole inevitablemente más aristocrática que popular.

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