Por qué cabría esperar la renuncia de Colom

 

Si nos rigiéramos por un sistema parlamentario, hace rato
que el jefe del Ejecutivo habría contemplado dimitir. Pero estamos en
uno presidencialista, en el que el jefe del gobierno es al mismo
tiempo jefe del Estado, y esto complica lo de su posible renuncia o
destitución. Tanto más cuanto que la Constitución vigente ni las prevé
(curiosamente, las del vice-Presidente sí).
 
Es de recordar, sin embargo, que Jorge Serrano fue forzado
a dimitir bajo esta misma Constitución y no se oyen lamentos de
juristas al respecto.
 
Alguien objetaría que la negligencia o la ineptitud que
pudiera haber mostrado Alvaro Colom no es, ni de lejos, el equivalente
a un  rompimiento del orden constitucional.
 
Pero Colom sí ha incumplido con la descripción de su cargo
recogida en el artículo 182 de la misma: “…representa la unidad
nacional y deberá velar por los intereses de toda la población de la
República.”
 
El haberse parapetado tras el recurso retórico de  la
lucha de clases – “pobres contra ricos”- para invalidar graves
acusaciones en su contra no es sólo un ardid propio de Chávez o de
Ortega sino, peor aún, un desgarrón a la “unidad” nacional que él
debería representar. Y su helada indiferencia ante el dolor de las
víctimas diarias de la delincuencia común, llegada a su paroxismo bajo
su “presidencia”, no constituye menor menoscabo a los intereses de
todos sus conciudadanos.
 
En el artículo constitucional arriba citado también le
está vedado “favorecer a partido político alguno”. ¿Es defendible su
ejecutoria dados el clientelismo y nepotismo rampantes a todos los
niveles de la administración pública en favor de afiliados a la UNE?
¿O son constitucionales sus intromisiones en los Organismos
Legislativo y Judicial?
 
A los jóvenes manifestantes los ha llamado “perros
desestabilizadores”. Al video de Rosenberg “una total falsificación”.
A los manifestantes que se le oponen vestidos de blanco de haber sido
“acarreados por sus empresas”, y ante la comunidad internacional
lloriquea ser víctima de conspiraciones y planes ocultos de fuerzas
tenebrosas… A ese ritmo, pronto clamará contra lo preceptuado en el
artículo 45: “Es legítima la resistencia del pueblo para la protección
y defensa de los derechos y garantías consignados en la Constitución”,
entre los que se encuentran los sagrados derechos a petición (Art.28),
a reunión y manifestación (Art.33), a la libre asociación (Art.34), y
a la libre emisión del pensamiento (Art.35)…
 
Pero el punto a discutir es más moral que jurídico.
 
Un hombre de parámetros de honor mínimos renuncia si se le
cuestiona seriamente, como lo hizo Profumo en Inglaterra, Nixon en los
EE.UU., Alfonsín en la Argentina, o mantiene en su defecto un férreo
silencio herido, como Pétain en Francia, o hasta se suicida, como el
expresidente de Corea del Sur, Roh Moo-hyun.
 
 Cuestión ética.
 
 Hay ciertos cargos que por su naturaleza no pueden ser
ejercidos por cualquiera sino que exigen rasgos muy relativos al
carácter. El sacerdote o el ministro evangélico, por ejemplo, el juez,
el maestro de escuela, el notario, el contador público, el fiscal, no
menos que el Presidente de la República, están llamados a ser
ejemplares en su trabajo y en sus personas.
 
La sociedad ha depositado en ellos una gran cuota de confianza, y
sirven de paradigma de esperanza, en especial para niños, adolescentes
y ciudadanos de medios escasos. Son figuras públicas, cuyas vidas  se
ven sujetas al escrutinio de todos, en especial de los medios masivos
de comunicación. Son “ara, no pedestal”, servidores, no patronos.
 
Cuando el actuar de alguno de ellos da pie a que se empañe su imagen,
él será el primer interesado en que se aclaren los hechos por completo
o, siquiera en procurarse una digna separación voluntaria del cargo
mientras se le investiga.
 
Pero, ¿y si ya no le queda pundonor?
 
Entonces, nos resta resignarnos a la condena de tristes espectadores
de una degradante comedia de Tercer Mundo…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *