Por supuesto que reformas a la Constituciòn URGEN…

Por supuesto que reformas a la Constitución URGEN…

Por: Armando de la Torre

 

            … pero no cualesquiera.

            La USAC y la URL, algo tardíamente, han sumado sus voces, por fin, al clamor cívico por reformar ciertas reglas constitucionales del juego político en Guatemala. También han aludido a ellas, aunque superficial y tentativamente, los dos candidatos a la presidencia de la República que competirán en esta segunda vuelta electoral, Otto Pérez Molina y Manuel Baldizón.

No menos hemos oído, de cierto tiempo atrás, propuestas aisladas con el mismo fin, como, por ejemplo, la de reducir el número total de diputados a sólo ochenta, y ahí dejarlo fijo.

            Tales ocurrencias, y algunas más disparatadas, han sido, precisamente, parte del honesto temor manifestado reiteradamente por los integrantes del Centro para la Defensa de la Constitución (CEDECON).

            Por otra parte, ninguno de los ahora tan ansiosos por reformar la Constitución manifestaron interés alguno en torno al bien fundado proyecto de reformas constitucionales, presentado al Congreso el año pasado por 73,000 ciudadanos, con el objeto de que a su turno convocara al respecto a una consulta popular, y en el corto plazo que fija la misma Constitución.

            Nuestra vida pública ha permanecido así sujeta a impulsivos espasmos legalistas (que no jurídicos), productos de la improvisación, la demagogia o el miedo.

            Ya sabemos que los políticos presentes en la Legislatura saliente no prestaron atención a ese legítimo pedido. Ahora, en cambio, parecen súbitamente interesados en prestar atención acelerada a nuevas propuestas de unos pocos de la URL y de la USAC.

            El eterno rasgo del sistema: “Todos somos iguales menos algunos que son más iguales que los demás”.

            La seria propuesta que les precedió fue engavetada por recomendación del diputado Oliverio García Rodas y demás integrantes del comité de Legislación y Puntos Constitucionales. Aquella iniciativa se enderezaba eminentemente a una mejor administración de la justicia y a la eliminación de todos los privilegios legales. Y fue esto último lo que rebotó contra el muro de tantos intereses creados durante siglos. Pues Guatemala ha sido y es un país profundamente reaccionario, tanto a la derecha como a la  izquierda de su espectro ideológico.

            “Aquí nada cambia”, como insiste el Dr. Eduardo Suger, en referencia a la monótona repetición de los contenidos de los cintillos en los diarios, año tras año. Por supuesto, ante todo los privilegios colectivos de gremios, clases sociales y etnias.

            Ello lo atribuyo en buena parte al débil hábito de  la lectura en general, y a la consiguiente ausencia de espíritu crítico y profundo al largo plazo.

            Pero también a lo desastroso de la educación pública a todos los niveles, desde la parvularia a la universitaria. A ello agréguense los residuos, todavía, de tradiciones semifeudales que nos vienen desde la Conquista.

            Por último, al obvio malinchismo que corre por las venas de las grandes mayorías, de nuevo tanto en la izquierda como en la derecha de las posiciones ideológicas.

            Aquí nada vale a menos que venga refrendado desde el extranjero.

            Y esto último, a su vez, lo atribuyo a un hecho sociológico fácilmente demostrable: la independencia de criterio que muestran otros pueblos Iberoamericanos, como el argentino, el mexicano, el cubano o el brasileño, se deriva de la confianza en sí mismos por haberse visto alguna vez al mismo nivel, o a aun a uno más alto, de nuestras respectivas Madres Patrias, España y Portugal. Guatemala, empero, no ha respondido a la esperanza de nuestra América, porque siempre ha estado a la zaga de los demás.

Nuestros vecinos del norte también pueden contar con la misma suficiencia respecto a las antiguas metrópolis europeas de donde emigraron: Francia, Inglaterra, Holanda, Italia, Alemania…

De la misma seguridad triunfante en sí mismos hacen muestra hoy los afroamericanos de Brasil, Cuba, Barbados o Jamaica.

Nuestros indígenas (y nosotros, por contagio, con ellos) todavía hacen cola para llegar a esa meta.

(Continuará)   

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