Realpolitik en torno a Belice

Realpolitik en torno a Belice
Por: Armando de la Torre
            A la mayoría de la abigarrada población de Belice  -menor que la de Escuintla- no parece importarle bajo cuál bandera gestionen sus afanes diarios. Pero a una minoría enquistada allí en los privilegios del monopolio político ciertamente sí.  Casi como en Guatemala…
            Con una importante diferencia, sin embargo: a quienes nos preocupa de este lado del diferendo el estado de la cuestión nos mueven principios de largo plazo que hacen posible la convivencia ciudadana y la prosperidad de todos. Allá, empero, a falta de una identidad nacional arraigada, preponderan los intereses de corto plazo de un grupo minúsculo. Pues les resulta más lucrativo jactarse de su condición de “súbditos” de la Reina de Inglaterra que de hallarse bajo la jurisdicción de los poco admirables, lo reconozco, presidentes de la República de Guatemala.
            Amén de ello, nuestro pueblo, ni siquiera los diputados de nuestro Congreso, han sido informados de lo que en su nombre se gestiona por la Cancillería guatemalteca,  o qué se reclama y por qué. La excusa, cuando se han dignado darla, nos remite al secreto o a la seguridad del Estado. Y así vamos…
            Entretanto, viajes van y viáticos vienen para un grupúsculo de funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores ¡desde los tiempos del Presidente Arévalo!
            En términos realistas, de esa recuperación de todo el territorio beliceño (incluídos 370 kilómetros de costas) depende la salida libre de Guatemala hacia el mar Caribe. Aun el pasado maya común a ambos sería de valor supremo.
            Guatemala ha sido repetidas veces cercenada y pocos de sus habitantes parecen deducir de esa triste historia conclusiones valederas. Los kekchíes que han descendido desde las Verapaces se encuentran de pronto en territorio propio pero hostil.
            Si retrocedemos al siglo XIX, encontramos que todas estas incongruencias nada tienen que ver con la población original que habitaba y habita Belice. Durante ese siglo, por ejemplo, hubo tensiones profundas entre Inglaterra y los Estados Unidos por el control estratégico del Caribe. Pero, a nosotros, por qué nos habría de importar. Sospecho que por la consuetudinaria falta de carácter en nuestros “dirigentes”, heredado del señoritismo español de la España decadente, hemos sido zarandeados al antojo de ambas potencias.
            Hemos de tener el valor de reclamar con hombría lo legítimamente nuestro, más ahora que la virilidad tradicional del hombre libre está en todas partes crecientemente bajo acoso. Es éste nuestro momento postrero para las definiciones, nuestra “finest hour”, si se quiere, como lo reiteró en su día Winston Churchill en una de las tantas coyunturas en que su orgulloso pueblo se jugó su destino y al que sólo ofreció “sangre, sudor y lágrimas”.
            Acisclo Valladares publicó unos comentarios el 15 de agosto del 2007 que temo todavía sean actuales: “Algunas autoridades se proponen consumar la traición que se ha venido gestando en el caso de Belice y encubrirla y disfrazarla, ¡increíble pero cierto!, con un fallo judicial… … Veo el caso de Belice y me preocupa, puesto que no he visto que se haya dado la necesaria preparación jurídica para someter el asunto a la Corte Internacional de Justicia,….
            No me refiero a las sempiternas cantaletas o silencios de los pontífices de siempre – buenos tan solo para consumo interno- sino al planteamiento concreto que habría de llevarse a juicio,…  y que será conocido por terceros,…. El planteamiento concreto, con sus argumentos y sus pruebas… Teniéndose la claridad más absoluta en cuanto a aquello que se pide… y, fundamental, ¿en qué forma… nuestras pretensiones habrán de sustentarse…?
            Tiene la palabra el Ministerio de Relaciones Exteriores.
            De no haber claridad en su respuesta, el Congreso debería abstenerse de la aprobación de una consulta popular que equivaldría a un cheque en blanco más para ésta, la última mutilación de Guatemala por sus propios hijos.
 
         

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