SECRETOS… ¿DE CONFESIÓN?

 

Por: Armando de la Torre

            Nadie se inquiete, no pienso revelar pormenor alguno.

            El incentivo a esta reflexión me lo proporcionó una interesantísima conversación reciente con alguien bien familiarizado con los “secretos” de la vida pública en Guatemala.

            A manera de introducción, permítaseme hacer una referencia al sociólogo Georg Simmel, que  caracterizó la vida urbana en cuanto tendiente a ser a un tiempo superficial y secretiva. Ello resulta obvio si partimos del hecho de que la mayoría de nuestras interacciones son en realidad demasiado fugaces, y engarzadas en los fríos cálculos cotidianos de nuestra supervivencia. Confidencias hondas que intercambiar y proyectos de largo plazo que maduraron juntos, rara vez, en cambio, nos son asequibles, cuanto menos oídos comprensivos que nos escuchen.

            Por otra parte, en esas grandes aglomeraciones del mundo moderno tampoco nos es posible estar al corriente de todo lo que ocurre a los demás, ni disponemos del suficiente discernimiento sobre las motivaciones ajenas como para atrevernos a suponer en cualquier caso que ya estamos en posesión de la verdad más auténtica y genuina del otro. Por eso tiendo a ser escéptico cuando se me mencionan teorías conspirativas que se pretenden reveladoras de un ángulo hasta ahora ignoto en la interpretación de la historia.

Agréguese la confirmación de que en culturas “subdesarrolladas” como la nuestra, el tenor general de suspicacia recíproca y de un anticipado miedo cerval a todo lo que se nos pueda antojar encubierto nos paraliza a la hora de cooperar disciplinadamente, y nos quedamos empantanados, por  consiguiente, en nuestro atraso.

            Muchas veces me he preguntado el por qué del placer morboso que algunos evidencian al hilvanar sin cesar intrigas y maquinaciones de imaginados grupos clandestinos, ominosos y omnipresentes: masones, por ejemplo, o los templarios, los “Illuminati” del siglo XVIII, los  jesuitas – entre personas de predisposición anticlerical -, judíos sionistas, banqueros internacionales o, a nivel más popular, esas sectas hoy de adolescentes que se autotitulan “satánicas”.

            A los ojos timoratos, la vida pública de los pueblos siempre responde a manejos invisibles de ambiciosos “prestigitadores” del poder, sobre todo en aquellos de estructuras globales (la iglesia, los EE.UU., las Naciones Unidas…) Casi como una abdicación desesperada a su voluntad de forjarse su propio destino.

            He llegado a la conclusión, entonces, de que para muchos tanta suspicacia, como un reflejo automático, responde a una necesidad enfermiza de reemplazar el miedo atávico de antaño a los espíritus malignos que nos recetaban plagas, terremotos y guerras con genios maléficos de carne y hueso: los dioses Shiva y Ahrimán, por ejemplo, o los vampiros al modo de Drácula, o los espíritus posesivos como Mefistófeles, o exterminadores en masa como Atila, Iván el Terrible, Hitler, que así se nos han hecho parte de la mitología universal de lo tenebroso y fascinante. 

            Sobre estos supuestos la literatura inglesa creó la figura bipolar del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, y Dostoievski su miserable “hombre del subsuelo”.

            Los evangelios ofrecen otra perspectiva – ligada al dilema de la salvación o la condenación eternas -, en las figuras de los “poseídos”, o en las de los “sepulcros blanqueados”, hipócritas por antonomasia y ciegos a su propia realidad.

            ¿Quimeras?

            Según mi interlocutor de aquel día, todo lo contrario, verdades de a puño con nombres, apellidos y fechas.

            Me alejé de aquel encuentro y regresé provisionalmente a estas refrescantes celebraciones navideñas, a dejarme penetrar por la inocencia candorosa y sin dobleces de ángeles que cantaron a un rey-niño cuyo reino no era de este mundo, y también de  pastores, ovejas y otras dos figuras adultas que meditan en torno a un pesebre en una de las cuevas de las afueras de Belén.   

            Porque, nos advierte San Mateo, “bástale a cada día su malicia”.

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