Sed de almas… o de aplausos?

¿Sed de almas… o de aplausos?

Por: Armando de la Torre

            ¡Figura verdaderamente peculiar la que pinta el Obispo Alvaro Ramazzini desde las que él cree han de ser sus prioridades pastorales!

Sobre todo ésa de agitar contra la minería y las hidroeléctricas, que le llevó a fundar, en su Diócesis (entonces de San Marcos) esa Comisión Pastoral “Paz y Ecología” (COPAE), el año 2007.  Comisión que ha llegado a incluir entre sus acciones más “apostólicas” las interrupciones del tráfico vehicular por las carreteras del país en contra de lo preceptuado en el artículo 26 de la Constitución vigente.

Singular personaje que, encima, desvía parte de sus escasas fuerzas de que dispone, para evangelizar con el objetivo de cubrir un espacio en este diario, supuestamente basado en el derecho a respuesta, y con la intención de aclarar, “tanquam auctoritatem habens”, al público ciudadano el contenido de su llamada telefónica privada a la ex-Fiscal, Gilda Aguilar, mujer de veras extraordinaria. En ella le reclamó una hipotética intervención suya para que se elevase a las redes sociales la “noticia” de haber sido él citado a declarar ante el Ministerio Público.

Según la Licda. Aguilar,  ella nada sabía de tal hecho; según Ramazzini, “probablemente” sí. Entonces, uno de los dos miente, aunque el prelado, muy oportunamente, omitió en su “aclaración” aludir al motivo de su llamada telefónica. Me pregunto, pues: Monseñor, ¿para qué la llamó?

Lo más lamentable de todo es que la Fiscal General, Thelma Aldana, muy al estilo de su predecesora, Claudia Paz y Paz, es decir, haciendo caso omiso de la ley, se apresuró a retirarle la citación al Obispo. ¿En qué quedamos, Doña Thelma? ¿Somostodos en Guatemala iguales ante la ley, como lo postula el artículo 4 de nuestra Constitución, o será que “algunos somos más iguales que los demás”? ¿Se ha de acatar o no, a capricho del Fiscal General de turno, el artículo 207 del Código Procesal Penal que establece: “Todo habitante del país o persona que se halle en él tendrá el deber de concurrir a una citación con el fin de prestar declaración testimonial”?

Por otra parte, quienes se declaran verazmente católicos, apostólicos y romanos siempre tienen a su disposición la Carta a los Hebreos (13.20), en la que divinamente se establece que “el Obispo debe manifestar con su vida y ministerio episcopal la paternidad de Dios; la bondad, la solicitud, la misericordia, la dulzura y la autoridad moral de Cristo”.

Y, a su turno, también pueden nuestros dieciséis obispos de Guatemala consular la Congregación de la Santa Sede para los Obispos, que en su Directorio en torno al trabajo pastoral, titulada “Apostolorum successores”, en su capítulo III, añade, bajo el acápite de la prudencia pastoral:

“La prudencia le hará conservar las legítimas tradiciones de su Iglesia particular, pero, al mismo tiempo, lo hará promotor de laudable progreso y celoso buscador de nuevas iniciativas, salvaguardando sin embargo la necesaria unidad. De ese modo, la comunidad diocesana caminará por la vía de una sana continuidad y de una necesaria adaptación a las nuevas y legítimas exigencias.

La prudencia pastoral llevará al Obispo a tener presente la imagen pública que da y la que emerge en los medios de comunicación social; a valorar la oportunidad de su presencia en determinados lugares o reuniones sociales. Consciente de su papel, teniendo presentes las expectativas que suscita y el ejemplo que debe dar, el Obispo usará con todos cortesía, educación, cordialidad, afabilidad y dulzura, como signo de su paternidad y fraternidad.”

¿Se ha visto usted con frecuencia en ese espejo, Monseñor?

Habitualmente, lo que se espera de la actividad episcopal es una supervisión constante del clero de su Diócesis; un celo ejemplar por el aumento de las vocaciones sacerdotales y religiosas en su Diócesis; también por la educación cristiana de los menores de edad; por la celebración la más universal posible de matrimonios entre parejas con la intención  permanente de vivir juntos, y ante el testigo genuino de ese sacramento, el párroco, o el clérigo en quien él delegue tal responsabilidad; la confirmación en la fe de los jóvenes adolescentes; la enseñanza de la religión católica en las escuelas; el apoyo a los movimientos laicos que quieren compartir los gozos y los sufrimientos de la evangelización, y la absolución de los pecadores, sobre todo los más obstinados, una vez que den muestra fehaciente de arrepentimiento y de, sobre todo, propósito de la enmienda, amén de las obras de caridad hacia los pobres, los enfermos, los privados de libertad, hacia los afligidos por cualquier causa y hacia los analfabetas en la propia fe.

La lista es mucho más larga todavía. La Iglesia propone ejemplos humanos, elevados por ella a los altares para la devoción de los fieles, como el santo cura de Ars, por ejemplo, o un san Francisco de Sales, o millares de otros hombres y mujeres de virtudes heroicas.

¿La completará Ud., Monseñor?

 

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