Sobre ProReforma II

Por: Armando de la Torre

La Licda. Velásquez Nimatuj insiste en que la exposición
de motivos para la reforma parcial de la Constitución propuesta por
más de setenta mil ciudadanos le parece insuficiente.

Cuando los representantes del “Tercer Estado” (“tiers
état”) de Francia se erigieron en Asamblea Constituyente en 1789 sin
el permiso del Rey que los había convocado -más bien en contra de su
voluntad-, sus pocos motivos explícitos se reducían a la contemporánea
situación anárquica que vivía Francia desde la toma de la Bastilla.
Es verdad que un año antes el Abate Sieyés había publicado un muy
sensato y elocuente ensayo con el título Qué es el Tercer Estado que
les sirvió de base argumentativa. Ahí se leían sus célebres preguntas
introductorias “¿Qué es el Estado llano? Todo. ¿Qué ha sido hasta el
presente en el orden político? Nada. ¿Qué pide? Llegar a ser algo”.

Un par de años antes, de este lado del Atlántico, los
delegados de las trece colonias recién independizadas de Inglaterra,
reunidos en Filadelfia supuestamente para mejorar los Artículos de la
Confederación de 1781, decidieron, sin más preámbulo, abolirlos todos,
y en su lugar darse a puertas cerradas una Constitución escrita que
perdura desde el 2 de julio de 1787 (oficialmente se conmemora dos
días después, cuando se hizo pública).

Tanto en estos dos casos paradigmáticos como en muchos
otros que les han sido posteriores, se ha aducido siempre como motivo
la situación del momento.

A nuestro proyecto de reforma lo justifica la historia de
Guatemala del último cuarto de siglo o, si se quiere, de los últimos
cien años.

Siempre bajo las reglas constitucionales vigentes, la
violencia criminal ha aumentado hasta su cota promedio actual de 18
asesinatos por día.

La impunidad se extiende al 98% de esos y otros muchos
hechos delictivos, y mientras tanto los narcotraficantes comodísimos.

Sonoros escándalos por corrupción han empañado a cada uno
de los sucesivos gobiernos desde 1986.

Del analfabetismo aún adolece un cuarto de nuestra
población adulta, 160 años después de haberse decretado la
escolarización obligatoria.

Los índices de desarrollo humano se mantienen
desalentadoramente a la mitad inferior de la media mundial.

La desnutrición infantil, por ejemplo, atenaza a un tercio
de nuestros conciudadanos ya adultos, evidenciada por sus bajísimos
niveles de comprensión.

La calidad de las ofertas de los políticos nunca se acerca
a la altura de las demandas por sus electores de mejor criterio, los
más productivos y los más cultos.

El resultado final es que los tres poderes del Estado
desmoralizan a diario a nuestros jóvenes con su ineptitud y codicia.

Los formalismos jurídicos, encima, asfixian a la entera
administración de la justicia.

Y las fuentes de inversiones se secan.

De ahí que un millón y medio de guatemaltecos haya
emigrado en pos de mejores oportunidades de trabajo en el extranjero.

Y a propósito del extranjero: se nos prometió por su
mediación una “paz firme y duradera”, de la que “gozamos” hoy…

Además, se  nos asegura por los mismos que el fin de la
impunidad está cerca, cuando son nadie menos que el presidente de la
república, su esposa, su secretario privado y cuatro de sus
financistas los acusados públicamente post mortem por una de sus
víctimas de triple asesinato, y todavía nada se ha movido.

¿Conoce usted algún fiscal general que nos haya sido útil…?

El “servicio civil” languidece, convertido en feudo para
parientes y clientes de los gobernantes de turno, y no magneto para
los diestros y honrados.

El despilfarro de los fondos públicos nunca ha sido más
bochornoso y dañino al largo plazo. No hay contralor que valga,
tampoco siquiera para el alivio de nuestra deuda externa por la gracia
de nuestros diputados, mucho menos de esos ochenta y dos millones  que
nos “ahorraron”.

El menosprecio internacional hacia Guatemala es más
punzante que hasta en los tiempos de Estrada Cabrera.

¿Mayor exposición de motivos, licenciada?…

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