Soldados y…”¿poetas?”

Soldados y… “¿poetas?”

Por: Armando de la Torre

            El lunes 21 de noviembre Juan Luis Font, el joven y talentoso director del diario “El Periódico”, publicó un comentario sobre el que a mi turno no resisto la tentación a referirme.

Su título “de soldados y poetas” le puso  chispa a mi imaginación.

            Me explico: Juan Luis hace un análisis somero de la deprimente esterilidad del conflicto armado que nos asoló por treinta y seis años. Creo que en eso estamos de acuerdo todos los que habitamos esta tierra.

            El enumera, y con razón, algunos de los pretextos aducidos por ambos bandos para justificar el habernos sumido en la violencia fratricida, es decir, a todos los demás,  meros espectadores involuntarios, en la vorágine de secuestros, asesinatos, extorsiones, calumnias y destrucción de lo ajeno que llevaron a cabo. 

            ¿De qué nos libraron?, se pregunta. ¿Hacia cuál justicia social nos llevaron?… O ¿quiénes ordenaron ejecuciones… también en Managua? ¿Qué mejoras nos obsequiaron?… ¿Con cuáles ejemplos iluminan hasta el día de hoy a nuestros jóvenes?… O ¿cuál ha sido la factura contable final?

            Por mi parte, yo añadiría que además nos legaron una “zozobra firme y duradera”… hasta el día de hoy, más pobreza, atraso, ignorancia y prejuicios.

            Juan Luis intentó hacer el equivalente moral de ambos bandos. Difiero.

            Quienes se lanzaron a guerrear con las armas en la mano lo hicieron por su cuenta y riesgo. No ostentaban la representación de nadie, pues “las grandes mayorías destituidas” brillaron en su bando por su ausencia. No hubo mejor evidencia para ello que los novecientos mil patrulleros civiles enrolados por el Ejército. Y los soldados, además, al menos contaban con un aval constitucional para defender no menos con las armas en la mano al Estado constituído. Y, cesados los combates, nunca han excedido el cinco por ciento de votantes a su favor. ¡Hasta en el Quiché les ganó Ríos Montt…!

            Y, por supuesto, los insurgentes no eran “poetas”, aunque hubiese algún que otro inspirado versificador entre ellos.  ¿Acaso causaron casi cinco mil bajas mortales entre las filas militares lanzándoles alegorías y metáforas? ¿O fue, tal vez, con ardorosos piropos que dejaron dos mil inválidos, de por vida, entre los mismos?

            El Ejército luchó en su suelo patrio con escasísimos recursos nacionales; con sus nombres y apellidos, rostros, y rangos identificables y constatables. Los subversivos, en cambio, al amparo de la alevosía, la nocturnidad y la ventaja, ocultos tras pasamontañas y con apodos encubridores; coordinados desde fuera de Guatemala en La Habana, y con plétora de fondos que les llegaban subrepticiamente desde Europa y Norteamérica. El saldo que les fuera adicionalmente necesario lo constituyeron sus cobardes secuestros de inocentes…

            Y el final no pudo ser menos ignominioso. Una capitulación infame, que rubricó oficialmente el principio de que “el fin justifica los medios” y entronizó definitivamente la impunidad entre nosotros en “un aquelarre” de políticos insensatos y mediocres.

            Entonces, ¿“poetas”?…  

Sugerir es el arte”, que dijo Pedro Cue. También “el poeta es un poseso por un genio que dice más de lo que es consciente al hablar”, explicó Platón. La poesía es música porque tiene ritmo, y belleza porque es armonía, como la calificara San Agustín: “splendor veritatis”.

El poeta horada más hondo en lo real que el filósofo o el científico, tal cual lo enfatizó en su momento Martín Heidegger. Y en la línea de lo dicho por Federico Nietzsche en su magistral El Origen de la Tragedia desde el Espíritu de la Música, el poeta es voz emocionada, que le dice al talento “¡Levántate y Anda!” como lo resumió Gustavo Adolfo Becquer…

La poesía también es memoria de noches frías al calor de lumbres nocturnas bajo cielos estrellados; es himno épico a los triunfos de la voluntad; es ternura, no menos, por la que la madre sonríe a su hijo y es por él reconocida, como lo recordó Catulo. Es una intrincada filigrana en el soneto; férreo control de acentos y de metros entre los grandes de la literatura, de Shakespeare a Tagore… La poesía, al fin, es bálsamo, es luz, es verdad, es dominio de sí, es riqueza de vocabulario, es solidaridad implícita con todo lo humano…

Instrumentalizarla, por ello, a nivel de lo cruel, lo odioso, lo repugnante, se me antoja casi una bofetada más al Cristo de la corona de espinas rodeado de los violentos que lo abucheaban…

Por eso, mi querido Juan Luis, seamos más cautos cuando queramos dar lustre a cualquier bando innombrable…

No vale la pena.

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