Un manotazo “positivista”

UN MANOTAZO “POSITIVISTA”

 

Por: Armando de la Torre

 

          La última “guizachada”, el divorcio de la pareja presidencial para abrirle el camino “legal” a la presidencia a doña Sandra, trasunta, en el mejor de los casos, el más puro positivismo jurídico; y en el peor, una canallada “social”.

            Es un “fraude de ley”, según el artículo 4° de la Ley del Organismo Judicial, pero desde un ángulo moral ajeno por completo a la lógica del positivismo jurídico. 

Resulta un pésimo ejemplo para nuestros jóvenes de la precariedad de la institución básica de la sociedad: la familia, a pesar de que la Constitución vigente empieza por invocar el nombre de Dios, la raíz última de tal institución, y que en su artículo primero afirma “El Estado de Guatemala se organiza para proteger a la persona y a la familia…”.

Un ardid muy rentable para los hipócritas de la guerrilla  agazapados bajo las enaguas de la doña y, si se quiere, hasta una declaración de guerra a la decencia pacífica del pueblo.

            Es el mismo tipo de pensamiento instrumental que en las latitudes nazis  facilitó  el holocausto de un tercio de la comunidad mundial de los  judíos y, contemporáneamente,  a los muchos millones más  de masacrados por el stalinismo, de Mao y de Pol Pot.

            Es el tejido de torpes argucias de quienes ni idea tienen de lo que es el derecho, mucho menos de lo que es la justicia. 

            Es el atajo típico de todo verdugo ambicioso y la cruz no menos típica de quienes están sujetos a sus dictados.  

            Es la coronación de un largo proceso infame de desarme moral y jurídico. 

            Y, sin embargo, es la “filosofía” bajo la que se enseña entre nosotros el derecho a los futuros magistrados, jueces, fiscales,  abogados y notarios. 

            Un “tercer mundo” jurídico como lo traduce Gadafi para  los libios,…  y la UNE para nosotros desde Melchor de Mencos.

            Coincide con el brutal cinismo que impera en las favelas de Rio de Janeiro, o en las junglas de los mareros, o sea, ecos tardíos de los aullidos de las hordas del Paleolítico.

            Cuatro mil años de penoso ascenso civilizador borrados para nosotros de un cínico plumazo.  Los  Diez Mandamientos enviados de vuelta  al desierto para morir de sed de moral.

El honor, la dignidad, el pudor más elemental, usados de trapeadores para acomodar una orgia de salvajes.

            “Separemos la moral de la política”, sentenció un analfabeta funcional de nombre Orlando Blanco. 

            Ni siquiera a Maquiavelo se le hubiera ocurrido, pues era demasiado inteligente y elegante para rebajarse a tanto.

            Y después de tres años empobrecedores durante una “danzas de millones” extraídos a  mordiscos a la sangre del pueblo trabajador que paga impuestos.

            “La ley es la ley”, diría Acisclo Valladares, pero ¿la ley dictada por quién? ¿Por los jueces  a quienes se permite ser “interpretes” de las leyes naturales? ¿O cuando reconocen  la analogía de planteamientos de hoy con los de casos similares de ayer? ¿O si acuden a lo más concreto de las normas dictadas por Dios?…

El más político de los poderes del Estado, el Congreso, erigido por otro poder igual de político, la Asamblea Constituyente, en ¿única fuente que obliga en conciencia a sus conciudadanos? ¿Aun más allá de “la costumbre inveterada”? ¿Por encima de las regularidades observables de la vida natural? ¿En contradicción, si sus egregias mentes así lo juzgan necesario, de todo “posible” catálogo de deberes revelados en el tiempo y en el espacio por Dios?

Eso es parte de lo que Hayek, poco antes de morir, lo calificó de “la arrogancia fatal”.

Guatemala acaba de tocar fondo.

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