Una vida sin ideales, ¿digna de ser vivida?

Una vida sin ideales, ¿digna de ser vivida?

Por: Armando de la Torre

            Se dice de Sócrates que en esos mismos términos juzgaba toda vida que no se examinara a sí misma y que, para ello, recurría a la inscripción esculpida al pie del oráculo de Delfos: “Conócete a ti mismo”.

            ¿Cuán lejos nos hallamos de ese ideal, dos mil quinientos años después?

            Acabo de regresar una vez más de la vieja Europa. La encontré vacía de ese y otros ideales más que nunca antes y, por supuesto, me pregunté “¿por qué?”.

            Sinceramente no creo que la presente sea la única ocasión en que esas tierras, que sirvieran de cuna a la cultura occidental, atraviesen por depresión espiritual tan honda como la de  durante los césares de antaño. Sin embargo, estimo que se halla muy cerca de esa reversión mayúscula, tal cual ya lo hizo ver, por ejemplo, Henri de Lubac, en su magistral obra “El Drama del Humanismo Ateo”.

            Entonces, ¿de dónde el “asombro”?

            Porque este bajón de la esperanza que discierno por allá ocurre precisamente luego de dos milenios de aquella otra irrupción milagrosa entre nosotros -hombres entonces del mundo helenístico-, del venero de todos los veneros de toda fe en lo espléndido por venir, envuelto en  la paradoja de la figura del Cristo crucificado y gloriosamente resucitado.

            Desde entonces ha habido ideales, de esos que nunca se nos mueren. En cambio, los de la Atenas clásica, por ejemplo, o los de la Roma republicana, como nos lo recordara bellamente Rodrigo Caro, yacen enterrados para siempre bajo lo que él llamó… “campos de desolación, mustio collado…”    

            ¿Qué sobrevive, se preguntará el lector, de los ideales monásticos benedictinos, o de los caballerescos de los cruzados, o los de aquellos enjutos y ojerosos maestros que se desvelaron en la búsqueda, casi frenética, de la verdad racional y objetiva en las universidades del Medievo?

            Bueno, de ellos sólo nos queda el testimonio de ruinas románicas, o góticas, o de viejos códices empolvados que almacenamos y preservamos para poder ilusionarnos todavía que alguna vez “fuimos”, sabios o lo que fuera, pero hombres de veras, resueltos en pos de lo que nos pudiera  deparar toda exhortación al  sursum corda”.

            Con el caveat, empero, con que lo trasladó Jorge Manrique a sus coplas por la muerte de su padre,    

               Pues si vemos lo presente

               cómo en un punto se es ido

               y acabado,                          

               si juzgamos sabiamente,

               daremos lo no venido

               por pasado.

               No se engañe nadie, no,

               pensando que ha de durar            

               lo que espera,

               más que duró lo que vio

               porque todo ha de pasar

               por tal manera.

 

               Incluso el Renacimiento, pese a Montaigne,  nos legó también pruebas reiteradas, aunque a la moderna, de la muy humana obsesión con lo que pudiera llegar a ser y aún no ha sido, desde las potencialidades infinitas del mármol para un Miguel Angel  hasta las ventajas comerciales inéditas de una nueva ruta hacia el oeste por un proceloso mar océano para Cristóbal Colón

               Y ¿qué decir de la Ilustración, la era de las revoluciones científicas, las exaltaciones políticas, las ambiciones industriales y todo lo que comportaron en sueños individuales, metas y  certezas?

               Pero hoy, tras tres guerras mundiales -dos calientes y una fría-, después de reiteradas  crisis económicas, devastadoras, cual tsunamis, de las instituciones más serias y sólidas, y de  escandalosos holocaustos inauditos, aun de los no nacidos, nos sorprendemos de vuelta a nuestros comienzos, necesitados, una vez más, de “ideales” que entrañen  “nuevas buenas”, como aquellas que tomaron por asalto a la moribunda cultura grecoromana de hace dos milenios.

               Los escépticos y repetidamente chamuscados europeos de hoy se dicen, por eso,  “posmodernos”, es decir, ayunos de certezas, de valores últimos, de objetivos, de esperanzas al largo plazo por los que valga la pena sacrificar realidades gratificantes al corto. Jóvenes avejentados, ignaros de una vida plena que tan sólo les puede ser asequible al cabo de los años a través de dolorosas exigencias íntimas, de frustraciones aceptadas, de renuncias deliberadas, es decir, pues, de sacrificios inspirados en ideales.

               ¿Nos será dado, misericordiosamente, presenciar el inicio de otra vuelta de ciento ochenta grados al reloj de la redención humana?

               Quien sabe, pues “el espíritu sopla donde y cuando quiere”

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