Una visita a un purgatorio del tercer mundo

Una visita a un purgatorio

del tercer mundo

 

Por: Armando de la Torre

            He visitado varias veces el Preventivo (en la zona 18), pero esta última visita fue de película.

            En primer lugar, el visitante ha de buscar estacionamiento en la naturaleza salvaje que rodea el lugar.  Una nube de “acomodadores” te asalta para facilitarte algún rincón lleno de baches, al margen de la carretera, pero previo pago, por supuesto, de una “propina”.

            Las autoridades de Gobernación han dictado para ello una distancia prudencial, pero empinada, a partir de unos ciento cincuenta metros cuesta arriba.  Tal ascenso se hace a través de un camino mal oliente y rebosante de toda clase de inmundicias.  Esto último me extrañó, porque tengo entendido que el aseo del exterior es atribución de la Municipalidad que, por lo general mantiene los accesos públicos en buena forma en el resto de la ciudad.

            Quizás porque quienes están fuera de nuestra vista también lo están fuera de nuestros corazones.

            No existe nada que facilite el paso para ancianos, inválidos o enfermos. Los visitantes, casi todas personas humildes, son “acogidos” con brutal igualdad, en contra de la doctrina penal que estatuye que la pena del reo no ha de tener consecuencias dolorosas adicionales para sus familiares, y que el Estado ha de minimizarlas en lo posible.

            ¿Habrá visitado esos lares el actual Procurador de los Derechos Humanos, como se lo requiere el Art. 2 de la Ley del Régimen Penitenciario?  ¿Por qué Doña Carmen Aida Ibarra no ha organizado una visita junto a los usuales agitadores en pro de los derechos humanos?

            Los controles para ingresar familiares y amigos resultan repetitivos y humillantes.  Al final, quedan con marcas de sellos sobre su piel, cual piezas de ganado.  El trato personal de los guardias es correcto, pero insensible y distante. Y a esos infelices visitantes ya se les ha hecho aguantar durante horas haciendo filas bajo el sol. 

            Y una vez dentro, tienes un largo descenso por una escalera irregular y sin barandas. 

            Fui a ver a un amigo banquero que hace veintiún meses espera ser llamado a juicio, demora en violación del debido proceso.  Porque parece que en Guatemala todo el mundo es culpable mientras no haya demostrado su inocencia, al contrario de lo que preceptúa el Art. 14  de la Constitución.

            Las instalaciones, feas y descascaradas, fueron diseñadas, se me informa, para 1200 detenidos, y, en caso de urgente necesidad, precariamente para otros trescientos. Pero allí se encuentran mezclados más de cuatro mil hombres, unos con sentencia firme, otros en proceso penal, y todo en contra del Art. 10 de la Constitución.

            La severidad en el trato varía con el sector.  He de confesar que las veces que he acudido a ese antro siempre ha sido para visitar distinguidos “huéspedes” en el sector mejor, de Acisclo Valladares a Eduardo González, pasando por el Padre Orantes, Jorge Mario Nufio, Eduardo Weymann, y otras personalidades más que tuvieron la mala suerte de que algún “juez”, por instigación del Ministerio Público, los creyera capaces de fugarse antes de su juicio en los casos en que la ley ha previsto medidas sustitutivas.

            En el reservado para jóvenes “mareros”  el trato es más inhumano.  Hay dos reos, a veces tres, por cada “cama” disponible, eufemismo para planchas de hormigón.  Toman turnos, por ello, para “dormir”. Propongo “mezclarlos” con los jueces de primera instancia y los jueces de ejecución, obligados a velar por un trato humano según la ley lo establece…  y reservar la cama más dura para el Director General del Sistema Penitenciario.

            La “alimentación”, magra,  y para el paladar de todos, como hecha de sobrantes. Cualquier “amenidad” extra (un refresco, un caramelo, hasta una servilleta) corre por cuenta del recluso.

            Hay seis servicios sanitarios… para cuatrocientos usuarios, y con el agua restringida a turnos de ocho.  Pero no hay ninguno para los visitantes.

            Las luces mortecinas (¿será que no quieren que lean?…),  racionadas hasta las 9:00 p.m. 

            Y los tales “mareros”, una vez tras las rejas, que se despidan de la luz del sol y, por supuesto, de intento de rehabilitación alguna. 

Los recluidos en el sector 12, el de los aún no vencidos en juicio, y, por tanto, teóricamente inocentes, sí disponen en común de un minúsculo patiecito para recibir, en días y  horas prefijadas, a familiares y amigos.  

Y, por lo visto, nuestras actuales “autoridades”, de Otto Pérez Molina abajo, parecen haber olvidado ya que ése es el recinto donde bajo la “autoridad” de Alfonso Portillo, hace pocos años, unos presos asesinaron a Obdulio Villanueva y jugaron al fútbol con su cabeza.

¿Tercer o… cuarto mundo, Don Mauricio?

 

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