Si usted todavía cree que la CICIG nos hace bien…

SI USTED TODAVÍA CREE QUE LA CICIG NOS HACE BIEN…

 

Armando de la Torre

 

            Moisés Galindo es un abogado que se especializa en la defensa de militares injustamente hostigados y encarcelados y en total violación de todo debido proceso penal posible.

            Tan solo tal rasgo de su especialización laboral lo hace blanco favorito para la furia ideológica del exterminador colombiano que nos vino a paralizar a muchos –no ciertamente a mí– incluidos además esos posibles inversionistas que tan urgente y desesperadamente necesitamos aquí para la creación de empleos.

Iván Velázquez, cuya mente enfermiza lo tiene transportado hipnóticamente y fuera de toda realidad a la Venezuela de Nicolas Maduro, también ha arrastrado consigo una vez más a su consorte política local, la por él previamente chantajeada Thelma Aldana.        

            Galindo ahora guarda prisión en silencio junto a otras más de doscientas víctimas de esa vesania obsesiva de Iván. Y todo, una vez más, en repetida violación de la presunción constitucional de inocencia de sus víctimas, como el tan llorado Flavio Montenegro, es decir, sin que todavía hubiese sido comprobada la culpabilidad de cada una de ellas por juez competente.

O sea, según ese extranjero, los constituyente chapines de 1985 se equivocaron de plano: ahora en Guatemala, a priori, todos hemos de ser tenidos por culpables mientras no probemos ser inocentes.  

            Para mí, aberración única en el mundo de hoy, y que nos lleva de regreso a la barbarie de muchos siglos atrás. Inclusive la aquiescencia de las autoridades judiciales guatemaltecas me recuerda las repugnantes acciones de sumisión de Herodes para con sus amos imperiales romanos a costa de su propio pueblo o, peor aún, en días menos remotos a los nuestros, la del noruego Vidkum Quisling, hacia quien simultáneamente le pisoteaba su patria otrora independiente, un tal Adolfo Hitler…

            Iván continúa acumulando pólvora para la explosión que lo expulsará de esta sufrida tierra y, muy de lamentar, junto con él a muchos más, por haberse comportado estúpidamente estos últimos como ciegos que guiaron a otros ciegos.

            Permítanseme otras acotaciones:

A Moisés Galindo no le han podido arrebatar su libertad personal pues se mantiene enteramente firme en sus convicciones. Tan solo lo han despojado por el momento de disponer de sus bienes y de moverse a voluntad. Pues cuatro paredes solo le son límites a su movilidad física, pero no a la digna aserción de los principios morales y jurídicos de su espíritu. Es más, él tiene por un honor el ser visto por Iván como pieza clave en la defensa de tantos otros que sufren injustamente prisión y, mucho más, por su férrea determinación con muchos otros de nosotros a liberar a Guatemala de este oprobioso ensayo neo-colonialista que se llama CICIG.

Encima, se mantiene firme en su caso acerca del respeto incondicional al secreto profesional que ha de regir siempre y sin excepciones entre abogado y cliente, y que le fue violado perversamente por la CICIG en un momento muy sensible: cuando la que había sido pareja sentimental de Byron Lima se presentó a su despacho para pedirle asesoría profesional en un caso de una propiedad discutida de un automóvil. Lo que no sabía él era que la tal posible cliente llevaba consigo una pulsera en la cual la CICIG había insertado ilegalmente una grabadora. Práctica usual del comisionado Iván que arrastra desde su nativa Colombia y sobre la cual nos había prevenido públicamente su connacional, el ex Presidente Álvaro Uribe.

Precisamente por algo similar, a otro Fiscal igual de venenoso, al español Baltasar Garzón, le fue impuesta por la Audiencia Nacional en Madrid una suspensión por once largos años de la práctica de la abogacía. Pero en la Guatemala de Gloria Porras, en cambio, eso le gana a Iván un apoyo incondicional por parte de la inepta y corrupta Corte de Constitucionalidad y de la no menos ídem Corte Suprema de Justicia, habituadas ambas como lo están a no cumplir ni siquiera con los plazos de ley, pésimos ejemplos para toda la judicatura del país. Pero, ¿no fue precisamente para curar tales prácticas infames que se ha  fabricado ese engendro único en el mundo llamado CICIG?

Al margen de esta nueva violación descarada del Derecho, la conversación de esa señora con Moisés Galindo se ciñó al tema de ese automóvil cuya propiedad había sido legítimamente trasladada al capitán Byron Lima en pago de una deuda personal de un tercero.

Esa escucha ilegal de conversaciones privadas, sobre todo entre abogado y cliente, ha sido vicio de siempre de esbirros despreciables. Y hasta hemos oído repetidas veces a Iván aludir en público a sus “escuchas” secretas, lo que se complementa con otro hábito suyo no menos ignominioso: la fabricación de pruebas. Y, aunado a todo esto, también la compra de testigos falsos por medio de promesas de reducción de penas. Tácticas, sea dicho de paso, que de igual manera empleó el Fiscal Yves Bertossa, en el Cantón de Ginebra, contra Erwin Sperisen, y que sumada a otras igual de perversas, le valió por la Corte Federal de Justicia la anulación del entero proceso seguido allá pero urdido aquí.

Entre nosotros, en cambio, parece aceptable o al menos de escasa importancia, a los ojos de nuestros magistrados de la Corte de Constitucionalidad y de la Corte Suprema.

¿Y acaso, precisamente por tanta ineptitud y corrupción evidenciadas tan repetidamente entre las máximas autoridades del “sector justicia” de Guatemala -como se transparentó asímismo en el caso aún no resuelto de otro hombre digno, Max Quirin-, que se pretextó la creación de la CICIG?…

(Continuará)

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