… ¿Y Belice?

… ¿Y Belice?

Por: Armando de la Torre

            Discurrió el foro de un debate entre vicepresidenciables en el Canal Antigua como anunciado.  También terminó por transparentar más a través de lo que no se dijo que de lo que sí se dijo. 

            Cuando el moderador, Pedro Trujillo, pasó a preguntar por sus respectivos lineamientos en política exterior, naufragaron todos los presentes.  De los candidatos ausentes porque deliberadamente no habían sido invitados, Carlos Zúñiga, por el PAN, y Alvaro Rodas, del Unionismo – según el patrón fijado por esa curiosa costumbre chapina de tener en cuenta sólo  los candidatos punteros de acuerdo a lo que arrojen las encuestas del momento, –  nos quedamos sin oír sus planteamientos, seguramente inteligentes.

            Guatemala hoy está a punto de enfrentarse en la Corte Suprema Internacional de La Haya a su resolución definitiva en torno al diferendo de dos siglos de antigüedad que mantenemos con Inglaterra sobre Belice.  Nadie lo mencionó. 

            Asímismo se debaten con intensidad casos de extradición muy relevantes en el Derecho Internacional, tales los de Alfonso Portillo y Carlos Vielman, y nadie tuvo que decir.

            Se nos presiona para que nos sumemos a la guerra sin cuartel contra el narcotráfico, con la intensidad de la de Uribe en Colombia y de la de  Calderón en México, y a lo sumo se oyeron balbuceos. 

            Se nos tienta por Hugo Chávez, desde el “Alba” sudamericana, con Petrocaribe y otros compromisos, y nadie se acordó de mencionarlo. 

            Tenemos un vacío inmenso a llenar con CARICOM, y ninguno se inmutó al respecto.

            Siquiera uno hubiera aludido a la profesionalización de nuestro servicio exterior, que tanto nos urge, y a la correspondiente ampliación presupuestaria, se pudiera haber salvado ese foro.  Pero reinó el silencio sepulcral.

            Y sobre el trato a nuestros emigrantes “sin papeles” en México o en los EE.UU., ¿qué? . Ningún ruido.

            Y de la cesión de soberanía a través de innumerables tratados (el 169 o el de San José)  y de la acelerada deuda externa que cargamos injustamente sobre nuestros nietos, ¿tampoco  hay nada que decir?

            Muchos guatemaltecos aparentan flotar en un espacio sin reclamos territoriales, sin fronteras, ni pasaportes, ni aduanas, ni conflictos bélicos, ni trata de blancas, ni epidemias, ni dilemas de derecho internacional privado, ni nacionalismos, ni “dumpings”, ni contrabandos, ni inflación importada, ni alianzas ofensivas y defensivas, ni terrorismo, ni amenazas nucleares, ni aun reciprocidad alguna para las víctimas de desastres naturales… entre las que ciertamente un día nos contaremos. Y desde ese augusto limbo, votan y son votados.

            Me pregunto por qué precisamente la política exterior y nuestro consiguiente derrotismo colectivo ante cualquier cosa que huela a “potencia extranjera”,  casi nunca se eleva a tema importante de preocupación entre nosotros. ¿Guatemala, entonces, cual islote insignificante y a la deriva entre las olas del Pacífico Sur…? 

Figuras de veras nacionales, por ejemplo, como un Alberto Herrarte, que prudente y enérgicamente defendieron nuestros derechos en el concierto de las naciones, yacen en el  olvido.  A la inversa, a la hora de  honrar con un nombre patriótico la biblioteca de nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores, nuestros políticos escogieron el de Mario Monteforte Toledo… Aparte  de sus múltiples méritos literarios, ¿sería porque nos hizo dar a conocer en una Feria, y en la carne, a un grupo de lacandones… o, porque, además, supo presidir durante tres minutos de silencio en el Congreso de la República en homenaje al por esos días fallecido José Stalin?

            Quizás también todo ello puede ser en buena parte atribuible al hecho de que estamos condicionados a creer que todo lo foráneo se ha de suponer mejor que lo autóctono.  Y que para arribar a esta triste persuasión haya jugado un papel adicional el que tantas decisiones muy importantes para nosotros, los habitantes del Itsmo (de guerra o de paz, de mayores o menores impuestos, de mercado libre o centralmente planificado, etc…) hayan sido tomadas desde lejos, pero muy desde lejos, por “poderes” que nos eran, y nos son, muy ajenos aunque sea sólo por la distancia.

            Durante trescientos años Madrid, al otro lado del océano, fue nuestra ciudad capital. Tras la “independencia”, Londres, México y Washington nos moldearon sucesivamente a su antojo y con nuestro consentimiento. Y a partir de la década de los sesenta del siglo pasado, ¡oh  sorpresa!, también La Habana.

            Quizás ningún otro gobierno de estos últimos quinientos años de historia se haya ofrecido a los ojos de todos tan sin rumbo en el revuelto mundo político competitivo de nuestros días como el actual, diz que “de Alvaro Colóm”.

Lo que significa que a partir del 14 de enero habremos de partir otra vez de cero, pero, congruentes con  nuestra tradición, ninguno de los candidatos ni se da, ni se dará, por enterado.    

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