¿Y Europa? Muy nerviosa…

¿Y Europa? Muy nerviosa… 

Por: Armando de la Torre

 

            Hacia la década de los treinta del siglo pasado el continente europeo atravesó una espeluznante etapa de ansiedad colectiva. En la superficie, se disparó con la gran depresión económica que terminó por sacudir al mundo entero. Pero a lo más hondo, era el sobrecogedor avance, aparentemente imparable por aquellos días, de los nacional socialismos que amenazaban sumarse a la terrible dictadura estalinista de Rusia. Presentían que las democracias de veras liberales de Occidente, tan heridas por la primera guerra mundial, entraban en la fase final de su agonía.

            Hoy, el mismo síndrome apocalíptico les es de otra índole. Lo que a sus ojos está a punto de sucumbir es el Estado Benefactor (o “de bienestar”, como lo prefieren los españoles) tan penosamente tejido, y al que todos, o casi todos, se han acostumbrado.

            Lo cual en parte abona a aquella tesis tan discutible de Marx ( y rebatida por Weber) acerca de que la estructura de los medios de producción determina decisivamente las superestructuras del espíritu, es decir, del derecho, del arte, de la filosofía, de la religión…

            La muy reciente derrota electoral de Sarkozy en Francia es un ejemplo más del actual nerviosismo europeo. Que no es de signo ideológico definido, sino un contagio emocional de pánico entre asalariados y pensionistas – la gran mayoría – en torno a sus ahorros, sus empleos y sus jubilaciones. De Tony Blair a Rodríguez Zapatero,  de Berlusconi a Papandreu, ya son diecinueve los “Establishments” nacionales que dan un vuelco de ciento ochenta grados en cada una de las elecciones de los últimos cinco años.

El Estado benefactor se rehúsa a morir.

            Algunos comentaristas europeos prefieren reducirlo todo a la vía demasiado fácil de los personalismos. Es así que Angela Merkel se ha vuelto el genio maligno casi unico de la “malaise” continental. Situación incómoda para ella, y de la que no se le concederá una salida fácil.

            Con ello, Europa disipa su herencia del “milagro económico” de los años sesenta. El bienestar redistribuído por la vía burocrática de los impuestos se ha mostrado al largo plazo inviable. Lección que era de esperar: Pues no se puede vivir “indefinidamente” de la riqueza creada en un momento del pasado. Al fin y al cabo, contra las pretensiones de los utópicos, se confirma de nuevo que nada  en este mundo es gratis. O lo sudamos o lo perdemos.

            El sueño de los expoliadores por la vía de la compasión ha terminado. Ahora sucumben a la pesadilla de lo real. Ya lo había vaticinado muy bien el derrumbe del muro soviético en Berlín hace casi un cuarto de siglo. Pero ahora toca el turno de las social democracias, tan civilizadas y consecuentes del Occidente. Muy probablemente, también mañana hasta a nuestros grandes vecinos prósperos del Norte, incluídos Obama y su “welfare” sanitario.

            Ni tampoco habrá una China voraz para rescatarlos, como sí ha sucedido con la Argentina de los últimos diez años. El realismo, gustemos de él o no, a la larga se impone y barre a quienes busquen refugio en la imaginación. ¿En dónde quedó, por ejemplo, aquel confiado dogma dialéctico de la inevitabilidad de la “sociedad sin clases”?…  

            ¿Habrá salida a corto plazo para la infelicidad hodierna de los europeos? Los partidarios de la austeridad fiscal, como Cameron en Inglaterra, o Merkel (y Schäuble), en Alemania, creen que al final la habrá, los ilusos, en cambio, la gran mayoría restante, parecen aferrarse a una acción dilatoria menos abrupta y más gradual. Ahí sitúo yo la victoria del anodino Francois Hollande en las elecciones francesas del domingo pasado.

El mundo de los ensueños social demócratas se evapora… en el primer mundo. Por supuesto, siempre quedará en reserva nuestro quijotesco tercer mundo, que copiará más tarde los mismos errores de los primermundistas y recurrirá a esas mismas prestidigitaciones.

Por cierto,  ¿no está Suiza en Europa?… Sin embargo, no parece acontecer allí nada dramático. ¿Será que su  “modelo” social es tan diferente?… ¿Acaso le dan todavía al trabajo productivo la importancia que los demás le asignan desde hace décadas a la legislación de privilegios “sociales”?

Valdría la pena investigarlo, amigo Federico…

Mientras tanto, en nuestra América siquiera contamos para nuestros análisis con los triunfos paradigmáticos recientes de Chile, del Perú, ahora de Colombia, y, por último, de Panamá, mientras, nos previenen acerca de la dirección contraria  los completos fracasos de Cuba y Venezuela.

Algo es algo.  

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