GIANCARLO IBARGUEN

GIANCARLO IBÁRGÜEN

Armando de la Torre

Un regalo de Dios a sus padres, y a los privilegiados que pudimos tratarlo en persona, también a Guatemala, y a la entera humanidad.

Como genio científico, amante sin concesiones de la verdad, y de una amplitud de mira renacentista, y de un despego de veras franciscano por los honores y distinciones meramente de este mundo, así has quedado para nosotros por el resto de nuestras vidas.

En cuanto joven Rector universitario, siempre recordaremos tu eficiente y clarificadora manera de conducir los asuntos de la Universidad Francisco Marroquín, y tu tolerancia hacia cualquier otro pensar que no fuera igual al tuyo, casi como si hubieras encerrado en tu corazón, así lo veo yo, ya desde el instante de tu nacimiento lo dones sobrenaturales de la visión profética y de la empatía universal.

En cuanto ciudadano, nos fuiste siempre el caballero “sin miedo y sin tacha”, y promotor excepcional del bien común de todos los guatemaltecos, sobre todo desde los ángulos de tu especialidad de ingeniero eléctrico, y hasta de físico teórico de alcances matemáticos muy superiores al promedio.

Como amigo, modelo fuiste de lealtad, de desprendimiento y de comprensión franca y varonil. 

Pero todo ello, recuérdese, derivado de una educación exquisita a todos los niveles de que fuiste objeto, que arrancó ya desde su cuna dorada en cuanto primogénito de padres muy virtuosos y providentes al largo plazo, con los recursos suficientes para no dejarse desviar del cultivo de sus hijos según sus excelentes parámetros paternos y maternos, es  decir, del prototipo de familia que quisiéramos para todos los hombres y mujeres del mundo.       

Un hombre, te recordaremos todos, siempre risueño, y que nunca tuviste enemigos aunque sí, naturalmente, quienes te envidiaran.

Fuiste para todos nosotros el caballero ejemplar sin pausas, como aquel que cantara Jorge Manrique a la muerte de su propio padre.

Fuiste a tu turno, no menos padre modélico y esposo admirable de una mujer también no menos admirable, cuyos paradigmas pudiste escoger con facilidad de las trayectorias respectivas de tus progenitores.

¡Qué dicha hoy tan rara del hijo que puede enorgullecerse del apellido que le fue heredado! Pues es la misma, Giancarlo, de la de tus hijos y nietos.

Enamorado fuiste del quijote, que en alguna manera supiste encarnar durante todo tu peregrinaje espiritual hacia la máxima libertad conciliable con el más acabado sentido de la obligación moral.

Te recuerdo como un juvenil maestro nato y un alumno a un tiempo de los mejores liberales clásicos de la talla de Acton o Hayek.

Fulgurante destello de humanidad que se nos concede a todos en muy raras ocasiones y en muy apartados rincones a lo largo de los siglos.

Promesa extraordinaria desde una edad extraordinariamente temprana. Y logro igual de temprano.

Juventud permanente, vivencia dilatada a perpetuidad de lo mejor en el ser humano. Doy fé, pues fui a un tiempo tu interlocutor y tu discípulo. 

No te lloraremos, Giancarlo, porque siempre te recordaremos con alegría pues nos has dejado tu amor a la vida, tu pasión por lo bueno y tu invitación a mantenernos siempre libre sin otros mandatos que los de nuestra propia conciencia ética y moral.

Ojalá un día, en otra dimensión más allá del tiempo y del espacio, podamos celebrar eternamente juntos ese relámpago feliz que fuiste para otros muchos “en sombras y en olvido sepultados”. 

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