El hastìo por lo estatal II

El hastío por lo estatal (II)

Por: Armando de la Torre

            No hemos de olvidar que el fundamento de toda estructura estatal esel monopolio del poder coactivo, es decir, del uso de la fuerza o de su amenaza de usarlo.

            Significa una enorme concentración de poder, lo que ningún hombre ha estado jamás en condiciones de manejar al tiempo de pretender hacer justicia. Valga al punto la conocidísima frase de Lord Acton: “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

            Es lo mismo que estimuló el reclamo encendido de los profetas bíblicos más osados: Amós, Miqueas, Oséas, Ananías,… “Escuchad esto, jefes de la casa de Jacob y dirigentes de la casa de Israel que aborrecéis la justicia y torcéis todo el derecho, que edificáis a Sión con sangre y a Jerusalén con crímenes; cuyos jefes juzgan con soborno, sus sacerdotes enseñan a sueldo, y sus profetas vaticinan por dinero” (Miqueas Cap. 3, 9-11).

            Lo que entraña nuestra insuficiencia humana para juzgar apropiadamente de lo justo o de lo injusto. Lo que ha llevado a algunos teóricos de la ciencia del Derecho a concluir que la justicia de un fallo concreto es siempre debatible; no así, en cambio, su injusticia, que siempre queda patente a todos (Kelsen, Hayek, Popper).

            Como muy bien lo calificó Thomas Hobbes, el Estado ha devenido un Leviatán, un monstruo, que reduce la justicia a lo que quiere el más fuerte.

            A ello, principalmente, apuntó el movimiento constitucionalista: quería fijar límites estrechos al ejercicio del poder mediante condiciones como la división e independencia recíproca de los poderes, el sufragio universal, el sistema bicameral, la revisión judicial de lo actuado y, lo más importante, las declaraciones universales de los derechos individuales de los gobernados.

            La tiranía supone la ausencia de cualquiera de esos condicionamientos. En la práctica, equivale a atribuir a cualquier poder estatal una capacidad mayúscula, que no merece, para el abuso de la fuerza.

En el siglo XVII, en Inglaterra, el objetivo fue la tiranía de los monarcas; en el XVIII, en Francia, la tiranía de los jueces, en el XIX, la de las mayorías electorales; en el XX, y en muchas partes, la tiranía totalitaria de los colectivismos de toda índole, desde el comunismo al fascismo.

            Lo mismo podría hoy formularse como la tiranía de las masas, de lo políticamente correcto, de lo que se juzga inevitable, del populismo simple y llano, porque seamos incapaces de soñar con alternativas…

            Sí se puede y se debe soñar,… pero para ello primero hemos de tener confianza en nosotros mismos, en que podemos enderezar lo torcido, en que está a nuestro alcance hacer algo mejor, en que nos sabernos libres y responsables, aun cuando estemos en minoría.

            Lo que también refleja nuestra capacidad innata para aprender de la experiencia e imaginar alternativas, o, no menos, de decidirnos por opciones diversas y aun opuestas entre sí mientras no nos conste lo contrario.

            Esto sería la fundamentación última para la libertad de expresión en sociedad, y el Estado en cuanto el primer obligado a respetarla, a defenderla, y ampliarla hasta el máximo posible Thomas Jefferson, el redactor del texto de la Independencia de las colonias inglesas que se constituyeron por ese documento en “Estados Unidos de América” (1776), alguna vez dijo: “Entreuna prensa sin gobierno y un gobierno sin prensa, prefiero la prensa sin gobierno”.  

            Por otra parte, Federico Bastiat, con referencia a los órganos legislativos de las democracias modernas, repudió el que la ley positiva se hubiere vuelto el recurso legal para que unos ciudadanos expolien a los demás, como el llamado “Estado benefactor” que tanto facilita el que ciertos parásitos succionen la sangre de los productivos.

            El poder corrompe…

            Y, sin embargo, son muchos quienes, ciegos para el largo plazo, se afanan en alzarse con el poder, cualquiera que sea. Ilusos que se empeñan inconscientemente en exponer a todos su desnudez, llena de costras y deformaciones repugnantes.

            Nuestro colofón último debería consistir en reducir constantemente a dimensiones más humanas, es decir, más pequeñas, al monstruoso Leviatán que nosotros mismos nos hemos obcecadamente construido.

            Es la melancólica lección del contemporáneo hastío por lo estatal, que no se remonta a otra cosa que a nuestra reiterada constatación de lo estéril, de lo vano, de tanta fe simplista, derramada, siguiendo a Rousseau, en la bondad natural del hombre.

            Sobre tal supuesto, reduzcamos el peligrosísimo poder absorbente del Estado en lo público y, más aún, en lo privado. Sobran tantos impuestos, tantos controles, tantas directrices y  reglamentaciones, todos, encima, enormemente costosos y empobrecedores.

            Atrevámonos, por fin, a tomar en serio nuestra condición de ángeles caídos, pero dotados de la libertad de revertir lo mal hecho.

            Démosle una oportunidad a la libertad de las personas.

           

           

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