“No esa tonada, Josè Rubèn”

“No esa tonada”, José Rubén

Por: Armando de la Torre

            Leí atentamente tu discurso presentado ante el Wilson Center, Washington, D.C., como siempre, retador y, sobre todo, muy franco.

            Pero difiero del enfoque pesimista de tu perspectiva en varios puntos vitales.

            Primero, en el tono en general.  Al instante me vino a la mente la advertencia cantada por un bajo que introduce Beethoven en su versión coreada del “Himno a la Alegría” de Schiller, en el cuarto movimiento de su célebre Novena Sinfonía, hoy convertida en el himno entusiasta de toda Europa: “No esa tonada”.

            En mi examen de Guatemala a vuelo de pájaro no resaltan necesariamente sus escombros morales ni sus carencias espirituales. Casi todo lo negativo lo dejo al otro panorama, al de lo público, también a ojo de pájaro, de esa lucha incesante por el poder y el dinero a que se reduce entre nosotros la vida política.

Fuera de ese segmento que tanto nos deprime a todos, Guatemala se ofrece a la vista de cualquiera como pueblo joven, repleto de energías, talentos y metas nobles, exuberante de empuje y punteada de muchas realizaciones personales encomiables.  En absoluto se le hace justicia, a mis ojos, cuando se amontona todo lo negativo de un solo sector, el público, en un solo discurso. Releguémoslo mejor a las páginas sensacionalistas de cualquier “peladero” y no lo incorporemos al periodismo serio.

Nuestro sector privado es dinámico, competitivo y modernizante. De ese mismo sector hacen parte las universidades y escuelas privadas: un 90%  del total entre los párvulos, un 23% de los niños en la escuela primaria, casi un 70% de los adolescentes en la secundaria, y un 38% de los universitarios que se gradúan en el país.

Este inmenso aporte, sin paralelo en el resto de América, abarca a muchos padres responsables que están dispuestos a pagar de su bolsillo el aporte extra que hacen a la educación gratuita de los hijos ajenos mediante sus impuestos. 

            El IRTRA, por otra parte, es un modelo ejemplar a nivel continental de entretenimiento sano para las familias de los asalariados de las empresas privadas.  Lo mismo digamos del sector salud, con los múltiples programas de las empresas de seguros que cubren lucrativamente el creciente segmento de la población que la patrocina.

              Más aún, la vida religiosa de una gran mayoría florece entre nosotros y se expande benéficamente, al propiciar una ciudadanía con mejores criterios morales de solidaridad, por una parte, y de acatamiento a la Constitución y a las leyes, por la otra. 

            Pero lo más significativo para mí, a vuelo de pájaro, son tantísimas iniciativas privadas de caridad, las más de ellas llevadas a la práctica diariaen completo silencio, sin ostentación alguna, y que abarcan desde el cuidado amoroso de los sordos y los ciegos hasta el acompañamiento de los ancianos y enfermos necesitados de atención muy costosa, la renal, por ejemplo.

Lo mismo se diga de tantas adopciones de niños inválidos, desnutridos o simplemente desertados por sus padres. Tanta genuina generosidad jamás anda en pos de prensa que la publicite, ni de televisión que la ensalce. El móvil para ella siempre se halla muy adentro de las conciencias, siempre opaca a las miradas indiscretas del sensacionalismo a la Hollywood.

            Tantas iniciativas ecológicas, además, que los más no conocen, tantos esmeros profesionales y científicos dispersos por la geografía nacional e internacional que nunca se reportan, tanto enjugar magnánimo de lágrimas ajenas, que les son indiferentes al gran teatro del mundo, tanto de artísticamente bello que brota a raudales de la sensibilidad nacional y, sobre todo, indígena, ¿inevitablemente invisible para algún miope que sobrevuele nuestro paisaje humano?  

            Guatemala sí ha progresado y progresa, patente en la presencia modesta de los tuc-tucs en los barrios más pobres de Santiago, Atitlán, o en los medios más modernos de locomoción, terrestres y aéreos, ya al alcance de los habitantes de nuestras urbes más importantes, por no hablar de la imponente velocidad con que se propagan entre nosotros, muchas veces también por impulsos caritativos, la tecnología digital y las comunicaciones inalámbricas.

            Incluso algunas municipalidades -sector público- muestran logros impresionantes. Nuestra ciudad capital se ha convertido en el centro urbano más pujante y atractivo de todo ese espacio geográfico que media desde el Distrito Federal, en México, a Santa Fe de Bogotá, en Colombia.

¿Inobservable todo ello a ojo de pájaro?

            Ciertamente hay otros logros, pero que duelen. El frecuente irrespeto a la propiedad privada que ha mostrado con demasiada frecuencia el Ejecutivo, y transparentado en sus derroches presupuestarios, que irresponsablemente ratifica el Legislativo y que consolida, muy para desgracia nuestra, el inepto sector justicia. Esta desalentadora realidad ha hecho que mucha de la riqueza generada en Guatemala, haya emigrado por miles de millones de dólares, mayormente a los Estados Unidos, traducido a inversiones tanto fijas como circulantes,  en busca de una certeza jurídica que la proteja, aquí muy corroída por prejuicios ideológicos. Y que tras tanto capital que se ha fugado, también hayan emigrado los casi dos millones de guatemaltecos que trabajan ejemplarmente para remitir a sus familias parte de lo ganado por ellos a costa de mucho sudor y lágrimas.    

            Incluso, tampoco hemos de perder de vista a esos héroes que persisten en el empeño de servir a su patria honestamente en la seguridad pública, tanto en posiciones directivas como administrativas, al riesgo de perder su buen nombre, y aún la vida.

            Por último, quiero incluir a los hombres y mujeres pundonorosos de las fuerzas armadas que, fieles a su vocación y mal pagados y aún menos respetados por los poderosos, perseveran en su oblación diaria de sí mismos.

            Ellos ya preservaron nuestra independencia y nuestra seguridad personal, aunque precariamente, durante aquellos treinta y seis largos  años de un estéril conflicto armado interno, al costo de cinco mil militares muertos y dos mil quinientos inválidos, y que lo hacen todavía hoy, cuando maleantes remanentes de aquel enfrentamiento insisten en arrojarnos de vuelta a la edad de piedra, con su violencia destructiva y asesina de siempre, ya sea contra hidroeléctricas, ya sea contra minas de oro, o contra cementeras, o contra demás piezas claves de nuestros saltos hacia adelante agrarios, industriales y culturales.  Siempre forrados ellos, eso sí, de euros y dólares que les llegan de los extranjeros que irresponsablemente no se informan bien de lo que aquí acontece.  

            También detectable a vuelo de pájaro.

Me quedan muchas más precisiones que añadir, amigo José Rubén, único empresario de veras en el ambiente de los medios masivos de comunicación, y ciudadano que considero ejemplarmente valiente.

Pero se me agotó el espacio que con tu generosidad me otorgas.

            (Continuará)

 

 

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